Trump le dio a Lula un mes para justificar la reciprocidad que su país aplica a EE.UU.
Aunque la cumbre bilateral encabezada por los presidentes Donald Trump y Luiz Inácio Lula da Silva que sesionó días atrás por espacio de tres horas en la Casa Blanca no parece haber caído en terreno pantanoso, las partes se levantaron de la mesa sin siquiera producir la síntesis oficial de estilo. El riesgo de apelar al silencio es que los relatos alternativos suelen terminar en notables y no siempre certeros ejercicios de deducción política.
En otros tiempos Itamaraty, la cancillería brasileña, solía buscar un contexto preferencial con ciertos interlocutores para obtener un trato más benevolente, fluido y políticamente rentable.
Bajo esa mirada, el ex Canciller Celso Amorín hizo lo posible por categorizar a su país como potencia emergente, lo que en la práctica significó una renuncia voluntaria al trato especial y diferenciado que suelen recibir las naciones en desarrollo. Nunca fue claro si el aumento de las obligaciones que conlleva la vocación de ser potencia, sirve para aumentar tangiblemente los derechos especiales de las naciones que creen valioso emplear este recurso para aumentar su protagonismo.
De hecho, en 2007 Brasil logró definir como “relación estratégica” los vínculos de su país con la Unión Europea (UE) y tiempo después logró alcanzar la categoría de Asociación Estratégica para el vínculo de Brasilia con Washington, pero en este punto de la historia no es fácil entender si tal jerarquía operativa está en vigor y si rige con sentido práctico los actuales vínculos con la Casa Blanca, dado el protagonismo BRICS de la diplomacia brasileña.
Mi primera impresión es que el diálogo blue del pasado 7 de mayo, sólo fue un éxito si los partícipes del ejercicio querían postergar decisiones poco saludables y tantear a su contraparte.
Por lo pronto, la gente del oficio no ignora que el presente inquilino de la Oficina Oval está bastante golpeado con el jaque legal que le impusieron la Corte Suprema de Justicia y, posteriormente, hace pocos días, un juzgado federal especializado de su país, cuyas resoluciones redujeron sustancialmente el margen que tiene la gestión Trump para imponer tan absurdos enfoques como los anunciados el “Día de la Liberación” (abril de 2025) o los planteados caso por caso a los gobiernos que decidieron suscribir un acuerdo bilateral o regional de comercio para borrar “el tono de afrenta” que es ser competitivo y tener superávit en el intercambio con los Estados Unidos, un status que no caracteriza a Brasil.
De hecho, los importadores estadounidenses ya están recibiendo un reintegro por el aumento ilegal de los aranceles de importación que modificó y aplicó el Poder Ejecutivo que encabeza el actual primer mandatario de la Oficina Oval, quien carece de facultades para adoptar reformas fiscales, ya que, como expliqué reiteradamente, esa es un área de exclusiva responsabilidad del poder legislativo.
Tampoco es fácil medir el futuro de las reglas asimétricas, ilegales, sin mecanismo de aplicación (enforcement) ni fecha de terminación, que caracterizan a los acuerdos o a los proyectos de acuerdo concebidos por los diecisiete gobiernos que dieron su asentimiento a la doctrina Trump tema que, por ahora, no tengo claro. Entiendo que sería prudente estudiar esta realidad con gran urgencia y seriedad profesional, virtudes harto escasas en el planeta, antes de renegociar o ponerle el gancho a los modelos de exigencia que propone la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos (el USTR).
Según declaraciones públicas, Lula quería y supongo que aún desea bajar un cambio a los chispazos que tuvo al comienzo del mandato Trump con la Oficina Oval y que ello tiene un costo que su gobierno dice estar dispuesto a pagar, inclusive si ello supone producir una baja razonable de sus aranceles de importación. Lo que no se ve en forma tan prístina, es cuan realista es semejante política de acercamiento.
Los cuatro objetivos prioritarios que llevó in pectore la gente de Planalto a la Casa Blanca eran: a) evitar, si ello les resultara posible, el acuerdo tarifario que Estados Unidos enarboló con las diecisiete contrapartes que se sometieron a la noción de apostar al “mal menor”; b) desarrollar una cooperación más intensa con Estados Unidos para frenar la actividad y presencia del terrorismo organizado; c) asegurar a la Casa Blanca de que Brasil está dispuesto a explotar y aceptar con criterio racional la producción de minerales críticos en pie de igualdad con las ayudas que ofrecen, en paralelo, naciones como Alemania, Francia, Japón, China y otros países bajo el criterio del “derecho al rechazo”.
Por otra parte, el gobierno de Brasil reconoce que hasta ahora el país sólo logró mapear el 30 por ciento de su inmenso territorio con la vista puesta en detectar la existencia de minerales críticos.
En adición a todo ello, una de las inquietudes prioritarias que llevó Planalto a Washington, es evitar la aplicación de restricciones comerciales bajo las reglas de carácter unilateral de la sección 301 de la Ley de Comercio de 1974 de los Estados Unidos, la que fue objetada por la reciente decisión del Juzgado Federal específico. Al respecto, es prudente recordar que el deseo de neutralizar el empleo de esa clase de disciplinas recibió un contundente rechazo por parte de quienes participamos en las negociaciones de la Ronda Uruguay del GATT, una vocación que se refleja en el deseo de eliminar y sustituir por mecanismos unilaterales de defensa nacionales o regionales, los mecanismos multilaterales incluidos en el Acuerdo de Marrakech y sus anexos.
El Artículo XVI:4 de ese Acuerdo dice con meridiana claridad que los miembros de la OMC deben adaptar de inmediato sus legislaciones a lo estipulado por sus enunciados y por las disciplinas de tales anexos, en el que figura de modo prominente el Entendimiento obligatorio sobre Solución de Diferencias, el arma contractual concebida para apagar el unilateralismo de las grandes potencias.
Tras la deliberación de Washington, las delegaciones presidenciales habrían acordado negociar, a nivel ministerial, dentro de los próximos treinta días a partir del 7 de mayo, las siguientes orientaciones:
a) constatar que Brasil tiene un déficit en el comercio bilateral con Estados Unidos de unos 20.000 millones de dólares anuales (cifras del 2025) si se toman las estadísticas de su gobierno y de 30.000 millones si se computan las cifras estadounidenses para el mismo período;
b) verificar técnicamente la afirmación de que el promedio de los aranceles de importación que Brasil aplica a las importaciones de los Estados Unidos es del 2,7 por ciento;
c) ratificar las condiciones que de hecho desea aplicar Brasil a los capitales de Estados Unidos que deseen competir, en un marco de igualdad de oportunidades, en los proyectos configurados para explorar y explotar la oferta de minerales críticos, como ya lo hace con ese país y con las ofertas de naciones como las antes mencionadas; y
d) adoptar un eficiente mecanismo de cooperación con Estados Unidos para mejorar los resultados de la lucha contra el terrorismo organizado.
Brasil también estaría interesado en ser parte de una batalla criteriosa contra la expansión de la sobreoferta de bienes industriales subsidiados como la que se libra desde hace tiempo, sin buenos resultados, contra la amplia crisis que hace años distorsionan la producción y el comercio de productos como el acero, el aluminio, el cobre, los paneles fotovoltaicos y otros sectores aplastados por la incidencia de este fenómeno.
El estreno oficial de estas nuevas recetas de dudoso paladar capitalista, se estaría por llevar a cabo con las juntas (boards) de comercio administrado como las que habilitaron China y Estados Unidos para equilibrar su intercambio bilateral, a lo que se agregaría otra junta para fiscalizar con reglas específicas los procesos de inversión.
Con los aludidos mecanismos, China y Estados Unidos acaban de decidir como una forma cierta de alcanzar el equilibrio mercantilista de comercio, la noción de establecer un nuevo compromiso de compra por parte de Beijing a Washington de productos agrícolas, 200 aviones de la empresa Boeing y un fuerte aumento del suministro de productos energéticos no renovables.
Lo que resulta inconsistente en este riesgoso andar de la política internacional, son los intentos de militar, por un lado, en el sano multilateralismo y de pactar, al mismo tiempo, con la casa matriz del más insano unilateralismo.
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