Sin futuro no hay sacrificio
Tanto las creencias religiosas, como las que implican cambios más mundanos de nuestra vida social o económica, implican el ideal de un tiempo mejor. Una idea del futuro que va a orientar nuestros sentimientos y nuestra mirada del mundo. Por eso toda creencia incorpora de alguna manera, una promesa, implícita o explícita. Creer o dejar de creer no es algo que se decida con la razón, sino con el corazón.
La misma palabra "creer" proviene del latín credĕre, que a su vez deriva de una raíz reconstruida del protoindoeuropeo: *kerd-dheh₁-. Esta raíz combina elementos que significan "corazón" (*kerd) y "poner/hacer" (*dheh₁-), por lo que etimológicamente significa "poner el corazón" o "depositar la confianza".
Creer nos hace sentirnos mejor para hacer frente a las angustias y sufrimientos que surgen en la vida individual, en la de una comunidad o en un país. Se pueden sobrellevar malos momentos con esperanza si sentimos que vale “la pena”. Es un sacrificio que puede “tener sentido”.
Creer hace al bienestar personal, y atacar la creencia del otro, que no es lo mismo que disentir, es dañar su sistema defensivo. A veces para sostener esas creencias se deposita en el que piensa diferente todo el peso del mal. La polarización sirve entonces para evitar que nuestra propia forma de creer entre en crisis.
Pero las creencias no entran en crisis porque alguien las ataque, sino cuando su propia coherencia interna cruje. Cuando algún elemento importante de esa promesa de un futuro mejor se desmorona por sí mismo. Los tiempos en que las promesas se caen y las creencias entran en crisis son épocas de sufrimiento, porque a las dificultades de la realidad económica y social personal, se suman los temores de un futuro incierto.
Esta es una época, y este es un país donde mantener las creencias en los proyectos sociales y políticos no ha sido fácil. Quizás esto tampoco escape a una época del mundo, donde la capacidad para construir futuros sólidos está cada vez más ausente. El mundo mismo está entrando en una etapa conflictiva, donde pocos modelos de sociedades democráticas subsisten sin demasiado daño, frente a las inclemencias de autócratas y tiranos de distintos signos.
Argentina vive hace ya muchos años, una espiral de malestar económico y político que conduce a la destrucción periódica de proyectos y de identidades. La polarización “tóxica” (como la denomina el último informe de la PNUD, “Democracias bajo presión”), el avance de proyectos autoritarios, la distancia cada vez mayor entre el lenguaje de la política y la gente, entre la macroeconomía y la vida cotidiana, hace cada vez más necesaria la construcción de un proyecto colectivo que sostenga consistentemente la promesa de una vida mejor.
Necesitamos un país en el cual no se considere al que piensa distinto como un enemigo, diálogo entre los que piensen diferente. Instituciones sólidas, que se sostengan en un proyecto de estado que no dependa únicamente de quienes estén en el poder, olvidando que después pueden venir otros de signo contrario.
Necesitamos un proyecto de desarrollo, con resultados tangibles, que no deje de lado una parte del país. No necesitamos líderes salvadores, sino empresas comunes más grandes que quienes las sostienen. Y necesitamos creer en un proyecto colectivo, cuando la salvación individual sola no funciona.
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