Un error silencioso que se paga caro
Dicen que los errores nos hacen crecer. Y es cierto. Pero también es verdad que hay ciertos errores, que es mejor evitar. Entre esos, hay uno que veo todos los días en mi práctica profesional: afecta a profesionales, empresarios, familias con patrimonios grandes y pequeños. Es un error que termina saliendo caro: no planificar.
Sucede que, en América Latina, la estructuración patrimonial, y especialmente la planificación sucesoria, siguen siendo prácticas minoritarias. No porque sean complejas o inaccesibles sino, sobre todo, porque culturalmente nos cuesta hablar de dinero, de patrimonio y, más aún, de lo que va a pasar cuando no estemos.
Preferimos postergar. Asumir que “ya habrá tiempo”. O, peor aún, creer que como no tenemos una gran fortuna, esto no aplica para nosotros. Ese es el primer gran error.
La planificación patrimonial no es un tema exclusivo de los ricos. Por eso, pensar que “no es para nosotros” es un error.
La planificación patrimonial es un tema de cualquier persona que tenga algo que no piensa consumir en el corto plazo. Un inmueble, una inversión, una empresa, incluso una cuenta en el exterior. Todo eso, sin planificación, puede convertirse en un problema.
He visto familias perder activos simplemente porque los herederos no sabían que existían. He visto patrimonios erosionar significativamente por no haber considerado el impacto de impuestos sucesorios en distintas jurisdicciones. He visto procesos que se extienden durante años, con costos legales altísimos y exposición pública innecesaria. Y, quizás lo más frecuente, he visto hermanos convertirse en “socios forzados” de bienes que ninguno quiere administrar en conjunto.
El segundo gran error es creer que alcanza con hacer algo una vez y olvidarse. La planificación no es algo estático. Es dinámico. Cambian las familias —nacimientos, divorcios, mudanzas— y cambian las reglas del juego. No actualizar una estructura puede ser tan problemático como no tener ninguna.
Una planificación técnicamente impecable puede fallar si no está acompañada de una conversación clara dentro de la familia. El silencio, en estos casos, no protege: complica.
Porque, en definitiva, el objetivo de la planificación patrimonial no es solo optimizar impuestos ni estructurar activos —aunque también lo sea—. El objetivo es mucho más simple y, si se quiere, más humano: no agregar dolor al dolor.
Cuando una familia atraviesa un fallecimiento, una incapacidad o incluso una ruptura, ya hay suficiente carga emocional. Si a eso le sumamos incertidumbre, conflictos y costos evitables, estamos generando un daño que podría haberse prevenido.
Planificar es cuidar a quienes quedan. Y, en una región donde tanto se habla de familia, es llamativo lo poco que hacemos, en la práctica, para protegerla.