El amor en los tiempos de apps
Quiero hacerles una foto y no me atrevo. Pienso en los que creen que la foto puede robarte el alma y no quisiera que eso les pase justo a ellos. Vienen seguido al bar donde escribo. El, de unos noventa. Debe llamarse Julián. Ella, unos años menos. Elsita, imagino. Julián entra encorvado, empujando la silla en la que ella viaja entregada a la confianza de sus brazos. Se acomodan en una mesa central, de esas que no me gustan. Elsa no escucha bien así que él dice todo doble. El bis siempre en un tono más alto. Me llega su voz en la segunda vuelta forzando las cuerdas: “¿así?”, “¿querés más?”, “¿les pido que lo calienten?”, “¿tenés frío?”.
Estira un brazo con una servilleta y le limpia un resto de té en la mejilla. Tiene un celular nada moderno, con una grabación de un festejo. Una filmación mal hecha. Entonces se para y da la vuelta a la mesa driblando entre sillas. Le acomoda la bufanda y sostiene la pantalla con equilibrio precario frente a los ojos de ella. Mantiene el aparato vertical. Allí alcanzo a reconocer a sus nietos, estirados como figuras de Modigliani. El va traduciendo todo en un subtítulo innecesario que - como un guión malo - remarca cada acción. Estoy segura de que no disfruta tanto la escena en sí como el disfrute de ella mirándola. Esa parece su propia filmación; la de sus retinas: corroborar el placer de Elsa. “Qué cosa hermosa”, pienso, que alguien busque por un rato sólo el placer del otro. Don Julián ríe algo sobreactuado. Remarca también la risa intentando arengar la de ella. Qué cosa hermosa. Ellos son la filmación que yo disfruto. Una película que quiero que no acabe.
En tiempos de amor líquido, evaporable, de cyberamor, de touch and goes, de poliamor, de amor monotributista, de soledad compartida, de apps para encontrarse o perderse más, los veo y pienso que ese índice borrando una miga alrededor del labio es lo más parecido al AMOR que vi en el último tiempo. Y es que parece tan fácil... Si es sólo estar atento al otro, me digo. No debería ser complicado. Ya sé que quizá tienda a romantizarlos. Tal vez en la casa se odien. Pero la verdad me importa poco, porque aun así pienso que vale este rato por lo que vino a recordarme.
De pronto permanecen en silencio (¿qué les quedará por decirse a estas alturas?).
“Estar atentos” (hago un “rec” de esa frase por dentro) “SI ESTAS CANSADA”, repite.
Entonces Julián, que a duras penas logra agacharse, se acuclilla frente a ella cual príncipe a punto de probar el zapato en Cenicienta y le levanta tembloroso una pierna para acomodarle el pie en el estribo. La silla se tambalea, igual que él.
Le cuesta un par de intentos y al fin lo logra. Hace lo mismo con el otro pie. Lo afirma bien. Después la abriga a ella. Le sube el cierre de la campera hasta el cuello y así, despacio, desaparecen…
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