Japón y la Argentina: la batalla que dio origen a una amistad
Dos fotos antiguas me revelaron parte de la trama; la primera, colgada en una oficina de la sede del Centro Naval en Florida y Córdoba, muestra al almirante japonés Tōgō Heihachirō, luciendo su uniforme de gala con espada, tras su implacable victoria sobre la flota rusa en el Mar de Japón. La segunda es más enigmática y forma parte de la colección del Museo Mitre; ataviado con un kimono colorido de mangas amplias (y con un bigote imperial), el capitán Manuel Tomás Domecq García sonríe desde Nagasaki, sosteniendo algo en su mano izquierda que no alcanzo a descifrar. El rostro impasible de Tōgō contrasta con la simpatía de Manuel, pero ambos trasuntan la seguridad de quienes sostuvieron su promesa en la adversidad. Las fotos fueron tomadas durante 1905, poco después de la batalla naval de Tsushima, en la que ambos combatieron. Ninguno lo supo entonces, pero quizás sean el símbolo que marcó la génesis de la amistad entre la Argentina y Japón.
De algún modo tuvieron vidas paralelas. Tōgō nació en una casa rodeada de bambú, en Kagoshima, y provenía de una familia de larga tradición samurái en el clan Shimazu. Cuando cumplió 14 años, acompañó a su padre a la guerra por primera vez, sin deshonrar las siete virtudes que exige el código Bushido. Poco después se enroló en la Marina imperial y los combates ya no cesaron en su vida. Manuel nació en Paraguay, en las serranías de Tobatí, y nada sabemos sobre su casa; sí que antes de cumplir diez años, la guerra de la Triple Alianza lo convirtió en huérfano y en soldado, y que combatió en el enfrentamiento de Acosta Ñu, trágicamente conocido como la batalla de los niños. Amilde Alcaraz, un historiador paraguayo, lo señala entre los cuatro niños héroes de aquella jornada, junto a Emilio Aceval, Juan Pio Prieto y Lisandro Amarilla. Un curioso camino (acaso todos los caminos lo sean) condujo a Manuel a enrolarse en la incipiente marina argentina. Fue el mar el que unió el destino de los dos hombres.
Hacia comienzos del siglo XX, Tōgō (conocido como El afortunado) fue nombrado comandante de la flota imperial y Manuel, responsable de supervisar la construcción de dos acorazados argentinos en Génova. Como el nuestro, el suyo fue un siglo pródigo en guerras; a nosotros nos interesa el arduo conflicto entre Rusia y Japón. Una trama secreta (donde no faltaron espías, marinos y diplomáticos) llevó a que la Argentina cediera los acorazados Moreno y Rivadavia a la flota del sol naciente, donde fueron rebautizados Nisshin y Kasuga. A Manuel le fue ordenado acompañar a los buques hasta Japón, donde se convirtió en Gaijin-san; el que viene de afuera. Aquí comienza la historia.
La mañana del 21 de mayo de 1904, el estrecho de Tsushima vio enfrentarse a Tōgō Heihachirō con Zinovi Petróvich Rozhéstvenski, un almirante ruso cuyos barcos habían navegado medio mundo para llegar, exhaustos, al Mar de Japón. Tōgō entró en la batalla embarcado en su buque insignia, que era el acorazado Mikasa; Manuel siguió su estela, a bordo del Nisshin. Fueron la vanguardia de la flota japonesa y los severos cañones del zar no les dieron tregua. En ese trance, el capitán del Nisshin y su segundo (que luego sería el almirante Yamamoto, quien comandó el ataque a Pearl Harbor) cayeron heridos y Manuel tomó momentáneamente el mando. El hecho ocupa una escueta nota de coraje en los márgenes de la historia, pero fue un hito para Manuel; esa jornada dejó de ser Gaijin-san. Nada más diremos de la batalla que devastó a la escuadra rusa y ocupó tantos libros de historia, excepto que sus símbolos perdurables fueron la bandera Zulu (izada a bordo del Mikasa) y el famoso giro Tōgō, con que los acorazados japoneses cruzaron la T de la flota enemiga y le dieron la necesaria victoria al emperador y la justa gloria a su almirante.
Un año después, sus caminos se separaron. Nada me impide imaginar esa despedida; están brindando con sake, en una sala privada, con suelo de tatami, en el célebre Ryotei Komatsu. En una sala contigua alguien puntea delicadamente un shamisen, mientras ellos reviven el sabor áspero de la batalla, y quizás de algún puerto. La conversación se da en inglés, fusionado con palabras japonesas, y quizás con alguna exclamación en español, pero lo esencial es el respeto (Rei, la cuarta virtud del Bushido) que los vincula. Al partir se permiten un sobrio abrazo. No necesitan más. Poco después, Manuel regresó a Buenos Aires, a modernizar una Armada que entonces se contaba entre las primeras del mundo y a escribir su largo informe sobre Japón. No volverían a verse.
Pasaron los años, y las guerras, y en 1967 el príncipe heredero Akihito, junto con la princesa Michiko, llegaron a nuestro país para reafirmar la amistad entre los argentinos y la comunidad nikkei. Como símbolo eligieron inaugurar el maravilloso Jardín Japonés, cuyos cerezos y estatuas nos trasladan a Oriente. Un viejo noticiero de Sucesos argentinos los muestra llegando al Palacio de Justicia; los recibió la banda de música de la Armada; me gusta pensar que ese gesto no fue casual. Una delegación concurrió al Centro Naval a entregar el retrato de Tōgō, junto a una traducción al japonés de aquel informe de Domecq García. Otro intercambio de símbolos.
La comunidad japonesa en la Argentina está formada por decenas de miles de inmigrantes que fueron bienvenidos a nuestro país; la mayoría, luego de la segunda gran guerra. No es imposible que un antepasado de alguno de ellos haya combatido en Tsushima, junto a Manuel y Tōgō. Aquel que vierte su sangre conmigo será mi hermano, escribió alguna vez un poeta. El vínculo genuino entre los pueblos comienza por el respeto, solo después vienen los tratados. Rei. Entiendo que no son necesarias más palabras.
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