Por qué ir a la Feria del Libro en Buenos Aires
Pertenecer, sentir que todavía se está dentro de la cultura, oler la tinta nueva y tocar el papel, escuchar a un autor en vivo, mirar tapas y diseños, caminar entre ideas ajenas, buscar en la Feria del Libro una frase que explique algo que todavía no sabemos nombrar.
También se va por costumbre, tradición, nostalgia, curiosidad o incluso por miedo a quedarse afuera de una convención cultural que se repite todos los años como un ritual colectivo y al que muchos sienten que deben asistir aunque ya no sepan exactamente por qué.
Encontrarse con un escritor admirado, un amigo, una editorial. Perderse entre mapas de colores y pabellones gigantescos buscando un número exacto puede parecerse, por momentos, a aquellos mapas del tesoro que seguíamos cuando éramos niños.
Hay quienes recorren la feria buscando filosofía, poesía, novelas policiales o libros de autoayuda. Otros simplemente avanzan mirando títulos al azar, esperando que alguna palabra produzca una pequeña detonación interna.
Entre la celebración y el desgaste, el mundo del libro se sostiene muy a pesar de la crisis
En mi caso, ya no voy a la Feria del Libro buscando mis propios libros. Tampoco quiero saber demasiado si todavía quedan ejemplares escondidos entre novedades, descuentos y mesas de saldo. Hace unos años que no publico y, quizás por eso mismo, mi relación con los libros cambió.
Viví gran parte de mi infancia y adolescencia entre libros. Bibliotecas dobles, de esas que se corrían y escondían más libros detrás de otros libros. Aprendí a reconocer el olor del papel nuevo y también el de las páginas envejecidas por el tiempo. Quizás por eso hoy miro las ferias desde otro lugar.
Dentro de la Feria aparecen cubiertas nuevas, brillantes, minimalistas, diseñadas para seducir desde la novedad"
Voy para acompañar a alguien. A un amigo, a un familiar, a una persona que todavía siente esa necesidad casi ritual de atravesar las puertas de la Feria. El último año terminé comprando apenas un libro, uno de Byung-Chul Han, y aun así, al salir con él bajo el brazo, sentí un peso extraño en el pecho.
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Este año ni siquiera llegamos a entrar. Penúltimo día. La cantidad de gente avanzando en todas direcciones resultaba abrumadora. Tropeles de personas entrando y saliendo al mismo tiempo, como si la Feria ya no fuera solamente un espacio para libros sino una especie de manifestación colectiva difícil de explicar.
Y ahí apareció otra pregunta: si hoy cualquiera puede encontrar un libro puntual en internet o entrar a una librería tranquila a recorrer estantes en silencio, ¿qué es exactamente lo que buscan miles de personas cuando van a la Feria del Libro?
Sin embargo, lo que más me atrae ya no está dentro de la Feria. Está enfrente.
Afuera aparece otra feria del libro urbana. Mesas largas llenas de reliquias, colecciones olvidadas y libros que parecen haber sobrevivido varias vidas. Libros que ya tuvieron lectores, mudanzas, marcas de café, humedad, noches de insomnio y páginas subrayadas con furia o entusiasmo.
Si hoy cualquiera puede encontrar un libro puntual en internet o entrar a una librería tranquila a recorrer estantes en silencio, por qué va tanta gente a la Feria del Libro?
Mientras dentro de la Feria todo parece avanzar hacia el futuro —pantallas, novedades, firmas y pabellones gigantescos—, enfrente sobrevive otra escena mucho más silenciosa: vendedores tomando frío, sosteniendo un café caliente o un mate, esperando vender ejemplares envueltos prolijamente en nylon, a precios casi absurdos frente al valor de muchos libros nuevos.
Y aun atravesando esa transición casi cinematográfica entre la Feria del Libro y esa feria urbana de historias olvidadas, hasta las tapas parecen hablar idiomas distintos.
Dentro de la Feria aparecen cubiertas nuevas, brillantes, minimalistas, diseñadas para seducir desde la novedad. Todo parece construido alrededor de lo recién llegado, de aquello que todavía huele a impresión reciente y a lanzamiento editorial.
Pero al salir y cruzar hacia las mesas de enfrente, el paisaje cambia por completo. Aparecen los cueros gastados, las letras doradas, los repujados hechos a mano, las hojas amarillentas y las encuadernaciones pesadas que parecen haber sobrevivido más de una vida.
Mesas enteras dedicadas a escritores latinoamericanos, libros en inglés, colecciones antiguas y hasta un ejemplar de Charles Baudelaire en francés perdido entre montañas de papel envejecido.
Cada libro parece traer no solo una historia escrita, sino también la historia física de haber existido: manos que lo sostuvieron, casas donde descansó, lectores que quizá ya no están. Y sin embargo, incluso en medio de esa fascinación, aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto sufrimiento contienen también esos libros?
Porque detrás de la belleza de ciertos ejemplares aparecen animales convertidos en cuero, bosques transformados en papel, horas de trabajo silencioso y objetos construidos para sobrevivir al tiempo mientras quienes los hicieron desaparecen.
Tal vez por eso algunos libros generan una emoción extraña: alegría y culpa al mismo tiempo. Como si el objeto más asociado a la sensibilidad y al pensamiento también cargara, silenciosamente, con el peso material de todo lo que fue necesario para que pudiera existir.
Entre tantas preguntas, encontré un libro que, de alguna manera extraña, me agarró la mano. Se llamaba Detrás de la puerta. No recuerdo exactamente de qué trataba. Lo que me atrapó fue otra cosa: la tapa blanca, mínima, casi silenciosa, y apenas una puerta roja dibujada en el centro. Nada más. Pero alcanzó.
Porque detrás de esa puerta empezaron a aparecer preguntas. Qué hay del otro lado. Qué incógnitas somos capaces de imaginar frente a una puerta cerrada. Qué historias podrían comenzar ahí. Qué canciones, qué poemas o qué escenas inventa la mente cuando algo apenas se insinúa en lugar de explicarse.
El libro me había encontrado. Y, sin embargo, no lo compré. Tal vez porque lo más importante ya había ocurrido. La creatividad había despertado antes de abrir la primera página. El objeto había funcionado como detonador, como chispa, como una pequeña grieta en la rutina mental.
Era un libro sencillo, pequeño, cómodo de sostener. Pero dejó una pregunta enorme detrás de esa puerta: ¿por qué, si la Feria del Libro logra convocar multitudes todos los años, las librerías suelen estar vacías el resto del tiempo?
Tal vez porque no siempre se busca lectura. Tal vez muchas veces se busca otra cosa: el ritual, el acontecimiento, la sensación de pertenecer a un momento cultural compartido. La feria se parece, por momentos, más a un recital colectivo de ideas que al acto íntimo y silencioso de leer.
Entrar solo a una librería implica tiempo, calma y una conversación privada con uno mismo. La Feria del Libro, en cambio, ofrece movimiento, ruido, encuentros, fotos, charlas y la ilusión de haber participado de algo importante.
Quizá por eso las librerías vacías y la Feria del Libro repleta no sean una contradicción. Quizá sean, simplemente, dos maneras completamente distintas de relacionarnos con los libros.