‘La teoría general’ de Keynes, el libro de economía más influyente del siglo XX
Cuando cursé la licenciatura en Economía, el plan de estudios, como el de casi todas las universidades argentinas y extranjeras, se encuadraba en la llamada síntesis neoclásica. La síntesis se había convertido durante la segunda posguerra en la corriente principal de la teoría económica y, pese a los numerosos desafíos, cuestionamientos y convulsiones que atravesó desde entonces, puede decirse que conserva ese lugar de predominio hasta nuestros días. En pocas palabras, es una corriente que nació como un intento de combinar las ideas de la escuela “neoclásica marginalista”, que hasta entonces era dominante, con las contribuciones conceptuales y las recomendaciones de política económica del libro La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero que John Maynard Keynes publicó originalmente en 1936, hace ya 90 años.
Las carreras de economía inspiradas en esta síntesis dividen su tronco principal en dos ramas: la micro y la macroeconomía. Por más que se intenta presentar esa separación como algo “natural y obvio”, desde el punto de vista conceptual, incluso un estudiante puede percibir que la micro y la macro están separadas por un profundo abismo. A simple vista se comprueba que las mismas categorías o “variables” como el precio, los salarios, las ganancias y la tasa de interés significan y se determinan cuantitativamente de manera completamente distinta en una y otra esfera. Ni hablar de la doble vida del concepto de dinero. Estas flagrantes contradicciones despertaron en mí una gran curiosidad por el libro de Keynes, al que se le reconocía una fabulosa importancia y, sin embargo, extrañamente, no se lo incluía en la bibliografía de ninguna de las materias de la carrera. ¿Cómo era posible que el libro de teoría más influyente del siglo XX, que transformó la política económica para siempre, ni siquiera se discutiera en las carreras de economía?
Empujado por este extraño enigma, dediqué mi tesis de doctorado al estudio crítico de La teoría general. Indudablemente el libro le depara notables sorpresas a quien cree conocer el pensamiento y los aportes de Keynes, habiendo accedido a ellos solamente a través de las versiones de otros autores, exégetas, seguidores y críticos. Voy a referirme brevemente a algunos de esos rasgos originales y poco conocidos.
En primer lugar, desde sus primeras páginas, el libro contiene una despiadada crítica a la que conocemos hoy como teoría neoclásica, y que aún se enseña en las asignaturas y en los manuales de microeconomía. En efecto, Keynes rechaza el mercado de trabajo con su determinación del salario y el empleo, el mercado de capital con la determinación del ahorro, la inversión y la tasa de interés, el mercado de dinero, la teoría de los precios, etc. Al entrar en contacto con estos aportes de Keynes puede comprenderse mejor el motivo del ocultamiento de su obra por parte de la síntesis. Los aportes de Keynes no buscan complementar a la escuela neoclásica sino descartarla y sustituirla por completo. Es por eso que la micro y la macroeconomía contienen explicaciones contradictorias e incompatibles entre sí. Tal vez por eso tantos economistas, aun los que se consideran keynesianos, afirman que La teoría general es un libro poco claro, mal escrito, plagado de errores o publicado prematuramente y que su autor ignoraba hasta las teorías que criticó.
En segundo lugar, en varias de sus obras, así como en La teoría general, Keynes describe e incorpora las profundas transformaciones sufridas por el sistema capitalista desde su período clásico. Señalo aquí tres de ellas: el fortalecimiento de los sindicatos, la conformación de grandes empresas en las que la gestión se separa de la propiedad y sus acciones se negocian en la bolsa, y los cambios en el sistema monetario, en particular, el abandono del patrón oro. Keynes busca reflejar esas transformaciones del capitalismo en sus teorías. A diferencia de otras escuelas de pensamiento económico, la contribución de Keynes está situada históricamente y, por tanto, más allá de falencias lógicas o empíricas que atribuye a sus predecesores, los acusa de representar una sociedad que ya no existe, porque sus teorías son anacrónicas.
En tercer lugar, Keynes ofrece una novedosa explicación de un fenómeno para el que el pensamiento económico de su época no tenía respuestas y que, sin lugar a dudas, estaba entre las principales preocupaciones: la desocupación persistente. En Gran Bretaña, por ejemplo, la tasa de desempleo se mantuvo elevada, por encima del 10%, desde 1930. Para la ortodoxia de la época, los mecanismos del mercado debían en principio conducir “automáticamente” a la ocupación plena. Dice Keynes: “Tal optimismo es el causante de que se mire a los economistas como cándidos que, habiéndose apartado de este mundo para cultivar sus jardines, predican que todo pasa del mejor modo en el más perfecto posible de los mundos, a condición de que dejemos las cosas en libertad”. Si había desempleo debía responsabilizarse a los trabajadores: “La respuesta ortodoxa consiste en echarle la culpa al obrero, por trabajar demasiado poco y ganar demasiado”.
¿Cuál es para Keynes la causa de la desocupación duradera? La respuesta es bien compleja para ser justos con el autor, pero puede decirse que la insuficiencia de la demanda, en particular de inversión privada, es un desencadenante de la desocupación. Cada decisión de inversión exige una estimación de los beneficios proyectados y, según Keynes, “nuestro conocimiento de los factores que regirán el rendimiento de una inversión en los años venideros próximos es frecuentemente muy ligero y a menudo desdeñable”. Por lo tanto, la incertidumbre, la especulación y el pesimismo juegan, a través de la inversión, un papel determinante en el nivel de producción y de empleo. Cuando la demanda es insuficiente para garantizar la ocupación, la inversión pública puede cerrar esa brecha y sacar a la economía del desempleo. Esta es, sin duda, una de las conclusiones más discutidas de una obra plagada de numerosos aportes, discusiones y controversias que revolucionaron el pensamiento económico contemporáneo. Reducir la dilatada contribución teórica de Keynes a un supuesto fanatismo por la emisión y el gasto público es poco menos que una estupidez obtusa y reduccionista.
Hablando de esto último, en su ensayo Keynes, el hombre, Murray Rothbard ofrece a los libertarios un decálogo de improperios dirigidos al autor de La teoría general. Lo acusa –entre otras cosas incluso peores- de ser un “Maquiavelo estatista encantador por hambriento de poder” y “Un hombre que pensaba y actuaba en términos de poder y dominación brutal, que despreciaba el concepto de principio moral, que era un enemigo eterno y jurado de la burguesía, de los acreedores y de la ahorradora clase media, que era un mentiroso sistemático que distorsionaba la verdad para adaptarla a sus propios intereses, que era fascista y antisemita, Keynes, sin embargo, era capaz de persuadir a oponentes y competidores.” De más está decir que cada vez que opina sobre el economista más influyente del siglo XX, Milei, además de lanzar una ensalada de relaciones de causalidad incoherentes, tiene poco más para ofrecer que un compendio plagiario de los insultos acuñados por Rothbard.
Esta columna cierra una serie de artículos sobre John Maynard Keynes que se publicaron en Clarín en las últimas dos semanas.
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