Qué hacer
Hace un mes, me hicieron un electrocardiograma y descubrieron que tengo una arritmia cardíaca (técnicamente, una fibrilación auricular). El cardiólogo dijo que lo primero era tomar un anticoagulante porque la probabilidad anual de tener un ACV para quienes padecen de arritmia es de 1,5% entre los que están anticoagulados y entre un 2% y 3% entre quienes no lo están. La diferencia no es enorme pero además los anticoagulantes tienen sus riesgos ya que aumentan las probabilidades de tener una hemorragia severa y hay que cuidarse de los golpes y las lastimaduras. Me pareció que el riesgo no aumentaba tanto si no hacía nada y, por otra parte, mi calidad de vida no iba a pasar a ser la de un enfermo crónico.
De todos modos, resolví consultar otro cardiólogo a mi llegada a Buenos Aires. Pero antes decidí pasar por lo del homeópata que me atiende hace cincuenta años y también atendió a mi madre, que a su vez era médica psiquiatra y se acercó a la homeopatía por influencia de Florencio Escardó, en su tiempo famoso pediatra y también escritor. Hace unos quince años, yo ya había tenido una fibrilación auricular, aunque no era permanente sino paroxísitica (intermitente). Entonces estuve a punto de operarme en la Clínica Favaloro, con un sistema llamado de “medicina nuclear”, que consistía en una intervención quirúrgica más o menos benigna, pero que requería de la presencia de un ingeniero en el quirófano. Me asusté y desistí, seguí tomando las gotitas y los glóbulos homeopáticos. La arritmia se me pasó, para volver ahora (en realidad, no sé cuándo volvió exactamente, ya que hacerme controles frecuentes no es lo mío).
Hablé con el homeópata que es también médico clínico y me dijo que era una decisión mía pero que no le parecía mal que no hiciera nada drástico, aunque no estaría mal consultar a otro cardiólogo. El problema, le dije, era que necesitaba un cardiólogo (también me pasa con otros especialistas) al que le pudiera decir: “vengo porque me manda el homeópata” y no se escandalizara, no me soltara un discurso contra el curanderismo ni me considerara un ser humano inferior, que es lo que piensan la mayoría de los médicos (y de muchos que no son médicos) de quienes vamos al homeópata. Yo no tengo ningún discurso alternativo que ofrecer, ni podría hacer una defensa de la homeopatía unicista ni de sus paradójicos, antiintuitivos e inofensivos principios empíricos, que tienen la ventaja de evitar la dependencia de los fármacos que produce la medicina convencional. Solo quiero agregar que no creo en la astrología ni en ningún arte adivinatorio, aunque sí me parece que algunas terapias alternativas (como la acupuntura y la quiropraxia) pueden dar resultados.
Casualmente, después de consultar al homeópata, caí en cama víctima de un estado gripal que me hizo pasar la semana tomando gotas cada dos horas y del que recién estoy saliendo.
No tengo mucho que agregar a este informe, salvo una inquietud de índole ético-filosófica. Así como los médicos tienen la obligación de mantener la confidencialidad de la relación con sus pacientes, ¿es cierta la recíproca? ¿Podemos contar los pacientes lo que hacen los médicos? Lo pregunto porque nunca pensé en ello y ahora me parece que habría que discutir algunas cosas al respecto. Es que los pacientes somos una minoría desprotegida.