Noches tristes del periodismo argentino
Una relación demasiado próxima entre el periodista y la fuente convierte al periodista en un transmisor de propaganda en lugar de entrevistador. Pero Fantino fue sincero al decir que no era un reportaje, sino una conversación la que mantenía el jueves con Manuel Adorni. También Trebucq, al pedirle disculpas al Presidente y encogerse de hombros cuando Milei lo regañaba en vivo. Majul, en cambio, como Patricia Bullrich, sabe salir a tiempo, aunque probablemente la repetición de la táctica la vuelva ineficaz al hacerla obvia.
¿Es periodismo eso que hacen? ¿Es propaganda, que también es una rama de la comunicación? ¿Es entretenimiento, con el que también se producen mensajes y se construye subjetividad? Probablemente sea una combinación de géneros, resultado del imperativo de la técnica, que, junto con las condiciones de posibilidad que permite la existencia de siete canales de noticias al mismo tiempo, genera la condición de exigibilidad, que es llamar la atención.
Debate: ¿puede ser presidente quien no esté en condiciones de responder preguntas de verdad?
Una de las formas de lograrlo es garantizarles a los entrevistados codiciados un tránsito sin zozobras durante las entrevistas, ser garante de un trato dócil para recibir a cambio el privilegio de exclusivas. Vivimos la época de la tiranía de las fuentes, donde los sujetos noticiosos más relevantes hasta pueden crear su propia red social: Truth Social, propiedad de Trump Media & Technology Group. Y sin llegar a tanto, facilitar la emergencia o el crecimiento de un medio de comunicación concediéndole solo a ese puñado de privilegiados la palabra oficial o a un periodista, si tal término correspondiera.
Comprendo a los periodistas que concentran todos los reportajes del Presidente, su jefe de Gabinete, ministros de Economía y de Seguridad, ahora senadora en jefe. Comprendo a los medios que los cobijan. Es difícil llenar todas esas horas diarias con contenidos llamativos en una dura competencia por la atención sobreofertada del público.
Vale preguntarse si sucederá lo mismo con estos entrevistadores de Milei y sus principales colaboradores qué les pasó a otros comunicadores oficiales del pasado: José Gómez Fuentes durante la monopólica televisión estatal durante la dictadura, Bernardo Neustadt durante el menemismo, o los panelistas de 6, 7, 8 durante el kirchnerismo.
Hay ejemplos de lo contrario: en los años 90, Mariano Grondona logró separarse a tiempo de Bernardo Neustadt y terminar siendo uno de los principales críticos de la última época de Menem. Parecieran tener esa habilidad Eduardo Feinmann, quien ya tomó distancia; y Luis Majul, que se encamina en esa dirección.
En cualquiera de los casos, noches tristes del periodismo argentino nos deparan los canales de noticias en estos años de Milei presidente. Qué distintos eran los reportajes a Javier Milei candidato antes de noviembre de 2023, como por ejemplo el de Luciana Geuna, preguntando y repreguntando si creía en la democracia, desnudando el sentimiento antidemocrático que habita el interior de quien hoy nos gobierna.
Un debate epistémico atraviesa a las organizaciones de periodistas. ¿Alcanza con exponer el decálogo de buenas prácticas profesionales o hay que denunciar públicamente la mala praxis periodística? ¿Hay que decir que eso no es periodismo? ¿Y señalar con nombre y apellido a los cultores de esas prácticas?
Nadie tiene el medidor de periodismo que divide exactamente la frontera que lo separa del entretenimiento. Los programas de chismes de la tarde de la televisión, que dieron origen al género que luego se trasladó a la noche con la espectacularización de los políticos, ¿hacen periodismo? ¿Son distintos los chismes de los famosos que los de los políticos que llegaron a su cenit en las célebres Charlas de Quincho de los lunes de Julio Ramos en Ámbito Financiero?
Es más, la ficción y el humor construyen muchas veces más agudamente la opinión pública que el periodismo tradicional. Y cada género contribuye desde su perspectiva a la realidad. El problema entonces no está en los periodistas que tienen el monopolio de las entrevistas al Presidente ni en los medios que los contratan, sino en la cultura política. De la misma forma que la ley electoral propone la obligatoriedad de los debates electorales presidenciales, los presidentes podrían estar obligados periódicamente a conferencias de prensa donde pudieran preguntar periodistas de todos los medios.
Sentí pena porTrebucq y pudor por Fantino. Majul –como Bullrich– sabe girar a tiempo
Lo que se vio el miércoles a la noche con un Javier Milei interpelando él a sus entrevistadores y no al revés fue una clara demostración de que el Presidente no está en condiciones de responder verdaderas preguntas. Abriendo la pregunta más compleja de todas: ¿puede ser presidente aquel que no esté en condiciones de responder preguntas?
Confieso que sentí pena por Trebucq y pudor por Fantino. De ambos valoro sus esfuerzos por cultivarse y exhibirlo. Por su parte, Majul, como Patricia Bullrich, tiene el cuero duro y, al igual que ella, ha dado demostraciones de resiliencia y sabrá cómo sobreponerse.
Finalmente, el problema no son los periodistas, sino la relación del Presidente con la prensa, que no es otra cosa que la relación de Milei con la verdad; el periodismo no la tiene como no la tiene nadie, pero lo verdadero es el método dialéctico a través del cual nos acercamos lo más humanamente posible a ella.