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infobae.com · hace 4 horas · Melisa Machuca

Escribir el amor: por qué seguimos necesitando finales felices en un mundo caótico

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Durante mucho tiempo se instaló una idea que todavía circula con cierta superioridad intelectual: que los finales felices son ingenuos, que pertenecen a otra forma de narrar, más simple, menos consciente, casi infantil. En un mundo donde las relaciones se rompen con facilidad, donde el tiempo parece ir más rápido que los vínculos y donde todo puede reemplazarse con un gesto mínimo, apostar por una historia que termina bien parece, para algunos, una forma de negarse a ver la realidad.

Porque mientras se discute si el final feliz es creíble o no, lo que sigue pasando —en silencio, sin teorías que lo sostengan— es que las personas continúan buscándolo. Aunque no exista certeza que justifique el recorrido.

Nadie entra a una historia deseando que termine mal. Nadie ama pensando en el fracaso como destino. Incluso los más escépticos, o quienes aprendieron a desconfiar, guardan una mínima expectativa de que, esta vez, pueda ser distinto. Ahí es donde el final feliz deja de ser una fantasía y empieza a ser otra cosa.

No es una promesa de perfección, no es una historia sin conflictos ni heridas, no es una vida sin pérdidas. Es, en todo caso, la posibilidad de que, atravesando todo eso, algo logre sostenerse. Y sostenerse no significa permanecer intacto, sino seguir eligiéndose aun después de haber visto lo que no siempre es fácil de aceptar.

Se suele decir que escribir es reflejar lo que sucede, que la literatura tiene que ser honesta con su tiempo. Y es cierto, pero hay una diferencia entre reflejar y limitarse a repetir. Si escribir fuera únicamente registrar lo que ya existe, entonces no habría espacio para lo que todavía no entendemos, para lo que todavía no pasó, para lo que todavía no sabemos si es posible.

Escribir el amor, hoy, implica hacerlo en un contexto donde todo parece empujar en sentido contrario. La inmediatez reemplaza la construcción, la abundancia de opciones vuelve descartable lo que antes se intentaba sostener y la idea de permanencia empieza a verse como una carga, más que como un deseo. En ese escenario, imaginar un final feliz no es ingenuo. Es, muchas veces, una forma de resistirse a la lógica de lo reemplazable.

Porque el final feliz no niega el caos, convive con él, sabe que hay rupturas, distancias, desencuentros, tiempos que no coinciden. Sabe que amar no alcanza siempre, que elegir no garantiza, que el esfuerzo no asegura nada, pero aun así, insiste en la posibilidad de que algo funcione, no por magia, no por destino, sino por decisión.

Hay quienes prefieren los finales abiertos, los que dejan preguntas sin responder, los que se parecen más a la vida tal como es. Y tienen razón en algo: no todo cierra, no todo se resuelve, no todo encuentra un lugar claro. Pero incluso en esas historias hay una búsqueda, una forma de no cerrar del todo la puerta porque el problema nunca fue el final feliz en sí, sino la idea de que la felicidad es estática, definitiva, incuestionable.

Nada de eso es real. Un final feliz no es un punto de llegada donde todo queda resuelto para siempre. Es un momento en el que dos personas, con todo lo que traen, deciden quedarse, aún sabiendo que eso implica trabajo, incomodidad, cambios. Aún sabiendo que el tiempo no se detiene y que lo que hoy funciona mañana tendrá que volver a elegirse.

Porque en un mundo donde todo puede romperse, imaginar que algo se sostiene no es ingenuo, es necesario. Es una forma de no ceder del todo al desencanto, de no aceptar que lo único posible es lo que termina mal o lo que no termina nunca.

Escribir el amor con finales felices no es cerrar los ojos, es mirar de frente todo lo que puede salir mal y, aun así, decidir que vale la pena contar una historia donde algo sale bien. No perfecto. No eterno. Simplemente, bien. Y eso, en este contexto, no es poco.

Tal vez el final feliz no sea una mentira que nos contamos para sentirnos mejor. Tal vez sea una forma de recordar que el amor no está condenado a fracasar solo porque el mundo es incierto. Que, incluso en medio del ruido, del cansancio, de las dudas, hay vínculos que encuentran una manera de sostenerse.

Porque el amor no funciona como una ecuación ni responde a probabilidades. No se organiza en porcentajes de éxito ni en estadísticas que lo vuelvan predecible. Se construye en decisiones pequeñas, en coincidencias que no siempre se explican, en formas de mirar el mundo que, por algún motivo, encajan.

Y cuando eso pasa, cuando dos personas logran encontrarse en ese nivel más profundo, el final deja de ser un cierre para convertirse en una continuidad.

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