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lanacion.com.ar · hace 8 horas · Héctor Masoero

Más allá del diploma: una universidad al servicio del país

LA NACION

Hoy en día, el debate sobre la educación suele quedarse atrapado en los números. Los datos y las estadísticas importan, y mucho, pero es necesario reconocer cuando estos no muestran el panorama completo. Días atrás, una nota de opinión de Néstor Scibona encendió las alarmas con cifras preocupantes de la OCDE: Argentina está entre los países con menos adultos con título universitario. Además, mientras en Brasil se reciben 123 alumnos por cada mil y en Chile 194, en nuestro país apenas llegamos a 44. Con este escenario, es lógico que vuelva a discutirse si el presupuesto público se está usando bien.

Nadie duda de que el Estado debe administrar los fondos de forma transparente y eficiente, como planteó en una reciente entrevista Alberto Taquini, presidente de Honor de la Academia Nacional de Educación. Sin embargo, mirar solo cuántos alumnos ingresan y cuántos se gradúan es una visión limitada que ignora el impacto real de la universidad y nos desvía de un análisis profundo.

Las universidades no son fábricas de diplomas; son motores para que las personas y el país progresen

Partamos de una premisa central: un estudiante que pasa varios años por la universidad y no llega a recibirse no es necesariamente un “gasto inútil” para el país. En ese tiempo, esa persona incorporó técnicas, desarrolló pensamiento crítico y ganó herramientas que ya usa o usará en su trabajo. El verdadero problema es que el sistema no reconoce ni certifica oficialmente esos conocimientos. Si un alumno abandona a la mitad, no recibe ningún documento que valide lo aprendido. Esa formación queda oculta e invisible para quienes deciden las políticas públicas.

Ciudad Universitaria

La universidad pública, sobre todo, tiene un problema de base: lo que dice el plan de estudio regular no refleja lo que pasa en la realidad. Las carreras se diseñan para completarse en 5 años, pero en promedio los estudiantes demoran casi el doble, según datos oficiales de la Secretaría de Políticas Universitarias.

Este retraso no ocurre porque los alumnos no tengan ganas de estudiar. Es la consecuencia directa de planes de estudio rígidos, poco adaptados al mundo actual, y de un modelo que no acompaña a quien trabaja. Diseñar carreras pensadas para estudiantes de dedicación exclusiva es una trampa institucional. El verdadero “embudo” no está solo en el ingreso - un debate que también debemos dar-, sino en la incapacidad de adaptar las propuestas académicas a las vidas reales de los estudiantes y de los propios docentes. El modelo tradicional de las universidades nacionales rara vez atrae a profesionales en actividad; suele cerrarse en el académico “puro”.

El verdadero embudo no está solo en el ingreso, sino en la incapacidad de adaptar las propuestas académicas a las vidas reales de los estudiantes”

Las universidades no son fábricas de diplomas; son motores para que las personas y el país progresen. Para que esto funcione bien, el sistema debe transformarse radicalmente.

Primero, hay que promover un sistema que contemple la posibilidad de otorgar títulos intermedios. Es decir, un esquema diseñado no solo para otorgar títulos de grado, sino para emitir certificados oficiales por tramos cortos que el mundo laboral reconozca y legitime. Si un alumno completa dos o tres años, debe recibir un título de pregrado que valide su esfuerzo y mejore su inserción laboral, sin tener que esperar una década por el título final.

En segundo lugar, debemos terminar con las carreras eternas. Necesitamos planes que se adapten a los cambios tecnológicos, especialmente con la llegada de la Inteligencia Artificial.

Por último, es indispensable conectar la academia con la producción. La universidad no puede vivir aislada ni de espaldas al sector productivo. Lo que se enseña debe ser un puente directo hacia lo que el país necesita para crecer.

Una universidad eficiente es la que entiende la vida real de sus alumnos y pone el conocimiento al servicio del futuro del país”

Frente a esto, cabe hacerse una pregunta incómoda: ¿por qué no priorizamos el ingreso y los incentivos según lo que el país necesita?

No se trata de cerrar carreras de humanidades, sino de volcar más fuerza y recursos en las áreas estratégicas que mueven la economía: el campo, la energía, la minería, el transporte y la tecnología. En disciplinas donde el mercado laboral ya está saturado, el Estado debería ser mucho más cuidadoso con la inversión de los recursos públicos.

Una universidad eficiente es la que entiende la vida real de sus alumnos y pone el conocimiento al servicio del futuro del país.

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