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perfil.com · hace 11 horas · Eduardo Reina

La política cambió y el peronismo no lo entendió

Eduardo Reina

El peronismo vive una de las crisis más profundas de su historia tras la derrota electoral del gobierno de Alberto Fernández y de Sergio Massa.

La discusión ya no pasa solamente por un liderazgo, una elección o una interna. El problema del peronismo es existencial, perdió credibilidad. Y cuando la credibilidad se rompe, no se recupera con discursos, marchas ni actos partidarios. Se recupera con coherencia, renovación y tiempo.

La sociedad ya no debate únicamente si el peronismo tiene buenas o malas ideas, lo que cuestiona es quiénes las representan. Durante años el movimiento habló en nombre de los trabajadores mientras muchos de sus dirigentes y sindicalistas acumulaban fortunas, privilegios y estructuras de poder eternizadas. Esa contradicción erosionó el vínculo emocional histórico entre el peronismo y sectores populares que antes lo defendían casi por identidad cultural, “a muerte”.

Cuando un espacio político pierde autoridad moral, también pierde la capacidad de interpretar el malestar social. La inflación del último gobierno peronista destruyó salarios, jubilaciones y ahorro. Ahí empezó a quebrarse la idea de representación.

Hoy muchos argentinos escuchan hablar de “justicia social” y automáticamente se preguntan:¿Justicia social para quién? ¿Para la gente o para la estructura política?

Javier Milei tiene el mérito de haber transformado la bronca contra la decadencia económica en un rechazo frontal hacia toda una dirigencia asociada al statu quo, incluyendo buena parte del peronismo y del sindicalismo tradicional.

La sociedad generalmente puede tolerar errores. Lo que le cuesta tolerar es la sensación de hipocresía.

Guerra de egos y poder: el mapa de las fracturas internas en el gabinete de Javier Milei

Un sindicalismo que habla de pobreza mientras algunos de sus líderes viven como empresarios de élite pierde legitimidad frente a trabajadores que no llegan a fin de mes. Del mismo modo, dirigentes que hablan de “defender al pueblo” mientras el país acumula inflación crónica terminan generando descreimiento incluso entre antiguos votantes propios.

El peronismo actual perdió el monopolio simbólico de representar a los sectores castigados.

La reconstrucción, si alguna vez llega, probablemente no dependa de recuperar viejas consignas ni de repetir relatos emocionales del pasado. Dependerá de construir una nueva dirigencia: menos contaminada por décadas de poder, más transparente, vinculada a la producción, compatible con la meritocracia moderna y sostenida por una ética pública creíble.

El peronismo atraviesa una crisis cultural y generacional, y gran parte de su dirigencia parece negarse a aceptar esa realidad.

Para millones de jóvenes, buena parte de la liturgia peronista ya no significa absolutamente nada.

Las nuevas generaciones crecieron en un mundo completamente distinto. Hablan de innovación, tecnología, inteligencia artificial, libertad, medio ambiente, emprendedurismo, globalización y futuro. Consumen información en tiempo real, viven conectadas a plataformas globales y desconfían de las estructuras rígidas, verticales y eternizadas.

En ese contexto, muchos de los rituales del viejo peronismo, el bombo, las marchitas, los cantos de “Perón, Perón”, son actos nostálgicos que ya parecen piezas de museo más que herramientas de transformación política moderna.

El mundo discute startups, economía del conocimiento, productividad y nuevas formas de trabajo, gran parte del peronismo continúa refugiándose en símbolos del siglo pasado, creyendo que la mística puede reemplazar a las ideas.

Muchos jóvenes con sensibilidad de izquierda, inclinaciones socialdemócratas o posiciones progresistas ya no sienten identificación automática con el peronismo tradicional. Defender la justicia social, la educación pública, la igualdad de oportunidades o el feminismo, pero no quieren quedar atrapados dentro de estructuras envejecidas, sindicalismos cerrados ni liderazgos eternos.

Javier Milei logró conectar con una generación desencantada no solamente por sus ideas económicas, sino porque entendió el lenguaje emocional de la ruptura, la irreverencia y el anti sistema que gran parte de la política tradicional jamás supo interpretar.

Mientras el peronismo seguía apelando a símbolos históricos, Milei hablaba el idioma emocional de una juventud cansada de sentir que heredó decadencia, inflación y frustración.

La política cambió. Y la autoridad ya no nace solamente de la historia. Nace de la capacidad de interpretar el presente y proyectar el futuro.

Por eso el desafío del peronismo no pasa únicamente por cambiar dirigentes. Pasa por redefinir completamente su identidad cultural. Entender que la justicia social del siglo XXI probablemente ya no se construya con bombos y consignas setentistas, sino con ética política, educación moderna, estabilidad económica, acceso tecnológico, empleo privado de calidad y movilidad social real. Las nuevas generaciones no quieren épica vacía. Quieren oportunidades.

Cuando un movimiento político necesita mirar permanentemente hacia atrás para recordar quién fue, es porque ya empezó a perder claridad sobre quién puede volver a ser.

Ramón Puerta