La conexión italiana de Hemingway
Después de sus comienzos como un joven periodista en un diario local, el Kansas City Star, y conmovido por las noticias que llegaban de la guerra en Europa, el joven Hemingway finalmente consiguió viajar. Lo aceptaron como voluntario de la Cruz Roja y se movía entre las filas del ejército estadounidense que auxiliaban a los italianos: conducía ambulancias y llevaba correspondencia.
Era junio de 1918 y enseguida cayó herido de gravedad, le extrajeron un centenar de esquirlas del cuerpo después de una explosión. En uno de los hospitales se enamora de su enfermera, Agnes von Kurowsky, siete años mayor. Un amor imposible hasta que ella lo despide, fueron múltiples encuentros y desafíos a los peligros de la guerra.
Años de aventura, en los cuales Hemingway también se vinculó a Italia. Lo podría sintetizar una de las cartas a su amigo James Gamble: “Tengo tanta nostalgia de Italia que cuando escribo sobre ella surge eso especial que solo se puede poner en las cartas de amor”. De aquel período surgiría la primera de sus obras maestras: “Adiós a las armas”. Y pese a que atravesó casi toda la geografía de Italia durante los años '20, recién retornaría dos décadas después.
“El mar era una pizarra azul surcada por las velas de doce barcas navegando, a favor del viento, hacia Venecia”.
Así escribe Hemingway en “Al otro lado del río y entre los árboles”, una novela surgida de su nueva experiencia en Italia. En 1948 se establece en su adorada Venecia junto a su cuarta mujer, Mary Walsh. La novela narra la historia de Richard Cantwell, un coronel del ejército estadounidense que había combatido en Italia durante la Segunda Guerra Mundial, y su romance con Renata, una joven de familia noble venida a menos.
Como sintetizó uno de sus críticos “es un relato agridulce y profundo, un homenaje a ese amor que desafía la razón, a la resiliencia del espíritu humano y a la cosmopolita belleza y majestad de Venecia, como un último intento del gran escritor por resistir a las atrocidades deshumanizantes de guerra”.
Hemingway disfrutó aquella época veneciana, especialmente en las tardes del Harry’s Bar, que le reservaba una mesa con su Martini, o el alojamiento en el Gritti Palace Hotel. Ya era una celebridad como otras que frecuentaban esos lugares, desde Onassis y el príncipe de Edimburgo, hasta Truman Capote o el Aga Khan.
Como se iba a revelar mucho después, el retrato de Renata pudo inspirarse en Adriana Ivancich, una joven aristócrata, a quien Hemingway también conoció en aquella etapa. Y cuyos detalles surgen de “Otoño en Venecia: Hemingway y su última musa”, de Andrea Di Robilant.
Las imágenes de Hemingway y Adriana, así como la correspondencia entre ellos, se conserva en las bibliotecas de Boston y Austin, que preservan y difunden la documentación del escritor.
Sin embargo, Hemingway le dedicó el libro a su esposa Mary: “Te quiero; eres mi único, mi mejor y último y exclusivo y verdadero amor”.
La novela de Hemingway tuvo hace tres años su versión cinematográfica, dirigida por la española Paula Ortiz, quien poco después lanzaría su obra más ambiciosa sobre la vida de Santa Teresa de Jesús. Filmada durante el período de pandemia “Al otro lado del río…”, ofrece fidelidad al título y una serena descripción de la ciudad de los canales. La protagonizan Liev Schreiber como el coronel Cantwell y Matilda de Angelis como la joven condesa Renata. Captó, en sus diálogos y actuaciones, el mismo ambiente de melancolía y desesperanza de la novela.
Para la directora, el libro y la película “narran el encuentro de un hombre herido con una mujer joven que se ayudan a aceptarse a sí mismos conectando de nuevo con el centro de la vida y volviendo a ser profundamente humanos de nuevo”. Consideró que “ha sido un verdadero privilegio, como mujer del siglo XXI, poder trabajar y buscar en el texto de Hemingway y sus grietas, luces y sombras».
“Al otro lado del río…” no recibió buenas críticas. Pero en septiembre de 1952 se editó “El viejo y el mar”, la obra que terminaría por impulsarlo al Premio Nobel.
Hemingway viajó por última vez a Italia en 1959 junto al antropólogo John Friedman y visitaron distintos pueblos, algunos en las Dolomitas. Dejó un manuscrito como supuesta muestra de última voluntad: “Quiero que me sepulten allí, junto al Brenta, donde se levantan las grandes villas con prados, jardines, plátanos, cipreses”.
Sin embargo, la prioridad hasta esa época era su residencia en Cuba, hasta que retorna a su país y –entre sus problemas de salud y su depresión- toma su fusil y se suicida en Idaho el 2 de julio de 1961, sus restos reposan en el cementerio de Ketchum.
Adriana Ivancich, casada con un conde alemán, Rudolph von Rex, también se mató pero en Italia, dos décadas más tarde.
Mario Vargas Llosa hizo una dura crítica de “Al otro lado del río…” pero –en su “retorno” a Hemingway consideró que “El viejo y el mar es una obra maestra, una de las parábolas literarias que reflejan lo mejor de la condición humana, a la altura de Moby Dick o Cumbres borrascosas”.
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