Maltrato infantil: la urgencia de aprender a prevenir
La sociedad argentina se enfrenta hoy a un espejo que devuelve una imagen tan dolorosa como urgente. Sucesos que han conmocionado al país y no son episodios aislados. Son, en esencia, los síntomas críticos de una infancia desamparada, ya sea en la intimidad del hogar, en el seno de instituciones desbordadas o ante la desidia de una pantalla.
Cada uno de estos casos (un adolescente que ingresa armado a su escuela, un niño de apenas cuatro años cuya vida se apaga por una negligencia que nadie supo detener y una joven que se despide del mundo alentada por la crueldad digital) comparte un hilo conductor invisible pero persistente: la violencia intrafamiliar y la ausencia de redes de contención eficaces y, sobre todo, preventivas.
Detrás de esta recurrencia subyace una falla crítica en la mirada técnica. La prevención del maltrato infantil y de la violencia intrafamiliar no puede quedar librada a la intuición o al voluntarismo; exige una formación académica rigurosa, interdisciplinaria y actualizada.
El abordaje de estas problemáticas ha dejado de ser una tarea meramente administrativa para convertirse en una verdadera ciencia del cuidado. Los profesionales de la salud, el derecho, la psicología, el trabajo social y la orientación familiar enfrentan desafíos que requieren no solo conocimientos teóricos, sino capacidades concretas: detectar tempranamente indicadores de riesgo —incluso los más sutiles—, comprender el marco legal aplicable, trabajar de manera interdisciplinaria, intervenir con criterio preventivo y sostener prácticas profesionales articuladas en equipo.
Cuando esta formación falta, lo que aparece no es solo una limitación técnica, sino un riesgo real: la posibilidad de fallar en la empatía, de errar en el procedimiento o de no dimensionar la gravedad de una señal de alerta. En esos vacíos, muchas veces, se juegan consecuencias irreversibles.
Por eso, la formación académica constante no es un complemento, sino una condición indispensable. Es la única garantía de que, ante la próxima señal, el sistema —y cada uno de sus profesionales— no solo escuche, sino que sepa exactamente cómo actuar.
La prevención de la violencia intrafamiliar no puede seguir siendo una promesa de agenda política; debe asumirse como un compromiso social ineludible. No se trata de un conflicto ideológico, sino de un problema estructural cuyas consecuencias son profundas y duraderas. El maltrato infantil no solo compromete la salud física: impacta en el desarrollo neurológico y en la estructura psíquica, alimentando una espiral de violencia que, con el tiempo, se proyecta sobre toda la sociedad.
En este escenario, la lucha contra las violencias requiere profesionales que trasciendan la intuición y se apoyen en una formación sólida y especializada. El sistema necesita expertos capaces de identificar riesgos invisibles, diseñar intervenciones eficaces y actuar en cada crisis con la precisión que solo el conocimiento especializado puede ofrecer.
Mientras la violencia intrafamiliar prospera en la sombra, la responsabilidad es colectiva: arrojar luz sobre lo que permanece oculto, intervenir antes de que el daño sea irreversible y comprender, de una vez por todas, que la integridad de un niño no es un asunto privado, sino un imperativo ético que nos concierne a todos.
Marilyn Aylén Lozano es Coordinadora de la Maestría en Prevención y abordaje en Violencia de Género y maltrato en la Niñez del Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad Austral.
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