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clarin.com · hace 21 horas · Clarin.com - Home

La abdicación de lo humano

La abdicación
de lo humano

La especie humana ha vivido crudamente atemorizada en no pocos momentos de su larga historia por la posibilidad distópica de que su mundo habitado en común fuese destruido por completo por algo sobrehumano, tal vez por otra civilización mucho más inteligente que la nuestra, pero, en especial, mucho más poderosa, hostil y agresiva.

La ciencia ficción más seria, original, documentada y persuasiva ha obtenido ingentes réditos económicos cinematográficos, pero sobre todo simbólicos, de anticipar esa posibilidad de modos aterradores y cada vez más plausibles.

En el extremo opuesto de ese infierno tan temido, pero del mismo modo terrible, se nos ha presentado la posibilidad de sucumbir ante un mundo infrahumano, un caos de enfermedades imprevistas, virulentas, atroces e incurables, incluso artificiales algunas de ellas, todas descontroladas y capaces de disolver en la nada en apenas días lo que tardó siglos y hasta milenios en construirse.

Sin embargo, ni los más avezados pronosticadores profesionales, ni gurú futurólogo alguno fue capaz de prever lo que ahora ocurre de manera tan terrorífica como eficaz, silenciosa y apenas perceptible: que fuésemos nosotros, la propia especie humana, los protagonistas únicos -y en principio libres- de la abdicación y claudicación absoluta de nosotros mismos.

Una abdicación vertiginosa, pero no en dirección irreversible hacia el abstracto e impersonal complejo sistémico en el que ahora se sintetizan tecnología y ciencia, sino hacia el “tecnologismo”, que no es sino la tecnología en su desnudo estado inflacionario y creciente, metástasis del vivir en su modo y versión salvaje y pura.

Es cierto que no son ya los tiempos de la “obsolescencia programada” de los productos de antaño, y de la que hablaron tanto Vance Packard como Herbert Marcuse, sino los de la obsolescencia “acelerada” de la vida —en sus tiempos—, “desinhibida” —en sus temas— y “fatalmente destructiva”, en sus objetivos.

Lo que caduca y se desvanece hoy no son solo los objetos y su quebradiza materialidad, sino nosotros, las personas, nuestras palabras y silencios, los vínculos, las convicciones, la atención, la hospitalidad, el cuidado y toda forma de compasión imaginable, desde enjugar levemente las lágrimas de los niños hasta sostener en una caricia y con ternura infinita las manos de los moribundos, es decir, todo lo que nos identifica como humanos, que es al mismo tiempo todo lo que permite que seamos reconocidos inequívocamente como tales.

Byung-Chul Han ha sabido nombrar con precisión quirúrgica el mecanismo íntimo de esta secreta rendición incondicional: la sociedad del rendimiento devora al sujeto sin coerción externa visible, sustituyendo al amo que prohíbe por el yo que se autoexplota hasta el cansancio sin fin: no más dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

Hoy, y mañana más que hoy, la cultura como conversación se interrumpe no por censura -como siempre ha ocurrido en forma temible-, sino por indiferencia -en forma irrelevante-, que es un modo de barbarie llena de insidia y más peligrosa porque no se reconoce como tal y no genera resistencia, y mucho menos rebeldía.

En este escenario, la abdicación de lo humano no es el fin del mundo. Es algo bastante más inquietante: es el fin autoprocurado por y para la persona que podría haberlo habitado con dignidad y ojos abiertos y encendidos hacia la maravilla de lo que existe.

Sin embargo, nos quedará siempre, aun en penumbras, esa esperanza insistente, tenaz, humilde, modesta, y que incluso herida y frágil todavía nos hace señales lejanas para sentir, con Hölderlin, que “donde está el peligro, allí nace lo que salva”, y para recordar que solo a nosotros nos ha sido conferida la milagrosa potestad de tener y poder y querer decir la última palabra. Y no será abdicar.

Carlos Alvarez Teijeiro

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