El milagro del fuego en la hornalla
Esta mañana viví un milagro; un hecho único que había estado esperando durante largos meses. Entré a la cocina, giré una perilla del horno y escuché el inconfundible sonido de materia gaseosa diseminándose por el aire. Pulsé la rosca de mi encendedor, acerqué la llama al perímetro de la hornalla y la magia se produjo. Alrededor de ese círculo de puntos apagados, que llevaban casi un año en fría quietud, se formó una candente llamarada, como una ronda de bailarines azules agitando pañuelos anaranjados para celebrar el regreso de la vida.
Si ustedes no se emocionan tanto cuando prenden una hornalla, quizás no tuvieron los desencuentros que tuve yo con la empresa que gentilmente nos brinda el suministro de gas a los argentinos. Una empresa que, en su noble misión de protegernos de fugas, acrecienta cada vez más los requerimientos técnicos para proveerlo. Y si tenés la mala suerte de que te caiga una inspección cuando no la esperabas, preparate, porque vas a pasar frío. No quiero entrar en el detalle de la bronca, las negociaciones, las pruebas de hermeticidad, la feroz voracidad de algunos gasistas que te piden un ojo de la cara y a tu primogénito para empezar a conversar, ni en cómo el consorcio de mi edificio se convirtió o una película de Alex de la Iglesia.
De lo que sí quiero hablar hoy es de lo bendecida que me siento de tocar una perilla y tener fuego. Solemos dar por sentadas comodidades que a nuestra especie le ha costado milenios desarrollar y repartir. El fuego, sin ir más lejos, se descubrió hace aproximadamente un millón y medio de años y se considera uno de los hallazgos más importantes de la humanidad. Fue lo que permitió a los primeros homínidos cocinar carne, alejar depredadores y más tarde forjar armas. Pero el gas como combustible no se utilizó hasta el año 500 AC, en la antigua China, dónde se distribuía por cañerías de bambú. Y su uso doméstico no se generalizó hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Nuestros abuelos y bisabuelos todavía se reunían cerca de la chimenea, cocinaban con hogueras de leña, calentaban el agua en calderas sobre estufas de carbón y leían a la luz de las velas. Tenían que trabajar duro para encender y sostener cada valiosa llamita.
Por eso, si de trabajar duro se trata, creo que mis antepasados estarían orgullosos de ver cómo me deslomé laburando para pagar el arreglo de cañerías, la salida a los cuatro vientos, las adecuaciones internas, y la ridícula cantidad de rejillas que tuve que poner por toda la casa para que me devolvieran el suministro. Un esfuerzo que me permite valorar de otra manera el confort que a veces, de puro malcriados, damos por garantizado. Y si bien no quedaría muy elegante ponerme a tocar tambores ni bailar en taparrabos alrededor de la hornalla, que es lo que realmente deseo en este momento, me conformo con agradecer para adentro y observar, en ritual y sagrado silencio, el maravilloso e hipnótico milagro del fuego.
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