Fuerza, autoridad y guerra en el desorden del mundo actual
No cabe duda de que la fuerza es un elemento primordial del poder político, pero con una importante salvedad: es más eficaz cuanto más se logra mantenerla a raya y utilizar sólo su amenaza (es la historia del famoso semáforo que sustituye al policía).
La eficacia de esta amenaza no depende únicamente del miedo al calabozo o al policía. Este puede que frene a algunos viciosos del crimen; pero la mayoría, en democracia por lo menos, no se conforma por temor a las penas, sino que lo hace por reconocer la Autoridad de quien impone cierto orden social y por coincidir con los valores que este expresa.
Todo el pensamiento moderno ha tratado de encontrar una respuesta al ocaso de la Iglesia, que daba un respaldo sobrenatural a la Autoridad de los monarcas, al favorecer un canje simbólico entre salvación y obediencia. A medida que se perfeccionaban ideas ingeniosas para legitimar al soberano (el pacto primigenio entre ciudadanos, el carácter abstracto y universal de las leyes, etc.), se afinaban también sus modalidades prácticas de coerción sin violencia abierta, sobre las cuales nos iluminó Michel Foucault.
La senda liberal del pensamiento constitucionalista moderno cortó por lo sano al introducir cartas constitucionales constitutivas de una polis común, conformada por soberanos y pueblo en un mismo plano, donde los individuos, al recibir derechos civiles y políticos, se volvían ciudadanos libres y iguales (teóricamente por lo menos).
Eran ellos, y no una entidad abstracta (ni Dios ni pueblo), quienes otorgaban autoridad a los gobiernos, reconociendo la legitimidad de sus acciones en la medida en que les parecieran apropiadas para responder a sus anhelos.
Cuando no estaban conformes, tenían garantizada la posibilidad de expresar su disenso y, en las siguientes elecciones, cambiar el rumbo del gobierno.
¿Y qué pasa a nivel internacional? Hay semáforos sin policía, pero, allá termina la analogía. En particular, a diferencia de un estado, no es fácil entender quién otorga Autoridad al entramado de normas e instituciones internacionales que cotidianamente tratan de poner orden en el caos del mundo.
Lo que sí es patente, mirando atrás, es su capacidad para haber ordenado categorías cruciales del vivir social, como el tiempo y el espacio (¡nada menos!): basta pensar en la importancia de los acuerdos internacionales sobre husos horarios y unidades de medida (la Convención del Metro de 1875 fue todo un logro francés).
Hay innumerables ejemplos de sectores más específicos, como los transportes y las comunicaciones, que necesitan reglas internacionales para existir y prosperar. Sus éxitos, estratificados en el tiempo, conforman nuestra vida y permiten referirnos a la existencia de un sistema internacional y no sólo a una arena anárquica.
Pero el uso de la violencia nunca pudo ser encauzado con éxito dentro del marco internacional, pese a haber estado en el centro del interés de quienes, en tiempos de estados nacionales y capitalismo industrial, consideraban desmesurado el poder destructivo de las armas frente a los fines políticos que podían perseguirse con ellas.
La guerra ha resultado ser un hecho social, destinado a sufrir modificaciones y, tal vez, a desaparecer (tal como sucedió con la esclavitud). Sin embargo, muchos le atribuyen todavía la calidad de hecho natural, vinculado a la naturaleza del hombre y del entorno en el cual se colocan los estados: una jungla habitada por cavernícolas con clavas.
De hecho, no son cavernícolas con clavas, pero tampoco son individuos dotados de humanidad, racionalidad y memoria quienes recurren hoy a las armas. Falta humanidad en quienes piensan que el uso de bombardeos —sean de aviones, misiles o drones— los ponga al amparo del deber de piedad, consustancial al hombre como ser moral, y que, aun cuando los llamen guerras, matan, mutilan y atormentan con hambre, sed y frío a los inermes.
Pero les falta también racionalidad, por no tener en consideración ni a sus militares, a quienes obligan a actuar fuera de toda ética profesional, ni a sus ciudadanos, cuyos representantes no consultan, sea por tratarse de estados autoritarios, como Rusia, o de democracias deficientes, como las de Israel y de los Estados Unidos.
Sólo consultan a unos pocos parroquianos que les tributan obediencia supina, mientras, con su propaganda, tratan de moldear las mentes de sus ciudadanos y crear las premisas para un regreso de todos a las cavernas.
Finalmente, carecen de memoria: si la tuvieran, recordarían que las guerras, salvo cuando se combaten contra un enemigo abismalmente más débil, siempre son apuestas inciertas, con consecuencias y ramificaciones inesperadas. El caso de Irán es paradigmático al respecto.
Lo único cierto son las frustraciones, los deseos de venganza y la inestabilidad que generará el conflicto, así como lo difícil que será, después de todo eso, encontrar valores básicos compartidos para reconstruir una sociedad internacional pacificada y para que los responsables de la guerra recuperen su legitimidad perdida.
El uso de las armas, una vez más, no acompañará ni vertebrará el poder político de quienes las utilizan; por el contrario, contribuirá a la corrosión de su propia Autoridad, además de la del derecho internacional.
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