John Maynard Keynes: el sicario de la política
Hace ochenta años dejaba este mundo John Maynard Keynes, sin dudas, uno de los economistas (matemático/estadístico de formación) más famosos en la historia del mundo. A su vez, es de público conocimiento que su obra más citada y, desde mi punto de vista, menos leída La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero publicada en 1936, no es de mi agrado. De hecho, considero que el libro en cuestión es un panfleto económico de pésima calidad escrito en favor de políticos ladrones, mesiánicos y corruptos. Sin embargo, ello no me impide reconocer a Keynes la genialidad de crear una verdadera obra maestra, una obra maestra del mal. Una obra que distrajo al análisis económico por 37 años y que en el medio causó enormes daños a la humanidad.
Entiendo que era un hombre de acción y que la situación en los años ‘30s era desesperante, pero, desde mi perspectiva, el remedio terminó siendo infinitamente peor que la enfermedad. Y para decirlo sin rodeos, en el prólogo de la edición en alemán, mientras desprecia al liberalismo hace una oda al totalitarismo nazi/fascista, mientras que en el segundo capítulo dedicado a la inversión romantizaba con el socialismo en la visión de Oskar Lange (aplicado en la Polonia comunista). Algo muy interesante porque deja en claro que el nazismo, el fascismo y el comunismo son variantes del mismo tema: el colectivismo / estatismo (ver Axel Kaiser).
Previo a La teoría general de Keynes, lo que hoy conocemos como análisis macroeconómico estaba dominado por los esquemas ahorro-inversión a la Wicksell. Si bien esta familia de modelos tenía un único bien, al menos estaba microfundamentado e incorporaba de modo explícito el tiempo, esto es, eran modelos intertemporales. Bajo este esquema, en el mercado de bienes se determinaba la tasa de interés real dada por la interacción entre el ahorro y la inversión, mientras que en el mercado de dinero se determinaba el poder adquisitivo del dinero (recíproca del nivel de precios). Nótese que esto último deja de manifiesto la naturaleza monetaria de la inflación.
Respecto al mercado de bienes, resulta clave comprender qué es la tasa de interés real, ya que uno de los daños conceptuales más grande que generó la ignorancia de Keynes (sólo tomó un curso de economía con Marshall –rey del equilibrio parcial-) en temas monetarios fue la creencia de que la tasa de interés era el precio del dinero. Aquí la clave es comprender que la tasa real de interés existe porque existe el tiempo y ello ocurre exista o no dinero. En este sentido, resulta clave comprender que el ahorro no es ni más ni menos que el consumo futuro, mientras que la inversión es una forma bajo la cual los empresarios arbitran la producción en el tiempo (o trasladan en el tiempo). Por lo tanto, resulta de vital importancia el modo en el cual la tasa de interés real permite coordinar a la economía intertemporalmente.
Dado lo anterior, en primer lugar, deberíamos definir la tasa de interés real. Así, debería resultar claro que, si estamos trabajando en el mercado de bienes y el mismo contempla bienes presentes y bienes futuros, un sistema de equilibrio general debería determinar el precio relativo de los bienes presentes respectos de los bienes futuros. De este modo, en un modelo de equilibrio general, donde las funciones de exceso de demanda dependen de los precios relativos y donde sólo existe efecto sustitución fruto de que la existencia de efecto ingreso se compensa entre agentes (lo que gana uno, lo pierde otro), cuando la tasa de interés sube, significa que los precios de los bienes presentes se encarecen respecto de los precios de los bienes futuros. Ello hace que la demanda de bienes presente caiga en favor de una suba de demanda de los bienes futuros. En otras palabras, cuando la tasa de interés real sube, el ahorro aumenta. Del mismo modo, y, en segundo lugar, cuando la tasa de interés real cae, significa que los bienes futuros se están encareciendo respecto de los precios presentes y eso hace que los empresarios arbitren la oferta de bienes en el tiempo, pasando producción del presente al futuro. Esto es, cuando la tasa de interés real cae, la inversión aumenta. Nótese que todo el análisis anterior fue realizado sin la presencia de dinero.
Es más, existen presentaciones en los que se separa la cuestión del ocio para derivar el mercado de trabajo y determinar el salario. Mientras que en versiones aún más sofisticadas del análisis se contempla la posibilidad de una estructura de capital más amplia y la apertura analítica de sus respectivos mercados de trabajo. Un ejemplo de ello es el modelo standard de la Escuela Austríaca de Economía que incorpora el triángulo de Hayek describiendo la estructura de capital según su distancia a los bienes de consumo final con sus respectivas demandas de trabajo.
Si hay algo que debería quedar claro luego de leer La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, a la luz del debate monetario previo, es que Keynes era un genio. Un genio al servicio del mal, pero al final de cuentas, un genio. Keynes, desde mi punto de vista, no era alguien que estuviera particularmente interesado por la teoría económica sino más bien que lo motivaba la acción. Así, en el contexto de una Inglaterra que venía golpeada por la salida de la Primera Guerra Mundial, sumado a la llegada de la Gran Depresión, más una mezcla de ignorancia y osadía en economía ante una persona talentosa con profundos conocimientos matemáticos, resultó ser un combo explosivo para la gestión de uno de los libros más siniestros del Siglo XX y la historia de la humanidad, sólo superado por El Capital de Carlos Marx.
La teoría general buscaba dar fundamentos para el uso de ciertas herramientas para la política económica para enfrentar circunstancias como las de la Gran Depresión. Pero mientras la Gran Depresión transcurrió entre 1929 y 1933 (como registraron Milton Friedman y Anna Schwartz en el capítulo 7 La gran contracción 1929-1933 de su Historia monetaria de los Estados Unidos 1867-1960), la publicación del afamado libro data de 1936. Esto es, resulta un absoluto disparate adjudicar la salida de la Gran Depresión a una otra que se publicó tres años después de terminada la crisis.
La obra de Keynes es un ejercicio sincronizado de la construcción de un nuevo marco analítico al tiempo que se destruye el marco wickselliano. Su primer ataque lo lanza sobre el mercado de bienes. El consumo, cuya determinación respondía a una base de equilibrio general intertemporal, es sustituido por una función precaria que omite tanto los precios presentes como futuros (por lo cual borra también la idea de tasa de interés) y que suma como argumento el ingreso. Conceptualmente este formato tiene dos aristas. Por un lado, si bien puede ser asimilado en una función de demanda de equilibrio parcial, en equilibrio general el ingreso no entra de modo directo, sino que lo hace por la vía de la venta de las dotaciones en el mercado (regularmente, el ocio) y la participación en los beneficios de las empresas, por lo que toda la información está capturada en los precios y cantidades transadas. En el fondo, dicha construcción deja en clara evidencia la insolvencia técnica de Keynes, quien había tomado un solo curso de economía con Marshall (el campeón del equilibrio parcial). Al mismo tiempo, permite a Keynes una estructura matemática que, dado el gasto autónomo (porción exógena del mismo), derivar el multiplicador, el que a la postre, será usado de modo abusivo para violar la restricción presupuestaria. A su vez, la inversión pasa a estar determinada por los animal spirits, una forma ‘elegante’ para borrar de la función a la tasa de interés y declararla totalmente autónoma. Así, desaparece la tasa de interés en la determinación del equilibrio en el mercado de bienes y ahora se pasa a determinar el ingreso. En este sentido, Keynes logra destruir la intertemporalidad del modelo wickselliano y con ello los precios basados en la teoría subjetiva del valor.
La destrucción de la lógica del mercado de bienes, el cual incorporaba el ocio y por ende el trabajo, para ponerlo en forma de ingreso (PIB) pretende dar sustento al primero de los componentes del título del libro: la ocupación. De este modo, a partir de la determinación del ingreso se determina la demanda de trabajo que frente a una oferta de trabajo (la cual puede ser o no exógena) permite determinar el salario nominal de la economía. Nótese que, la estructura emergente implica un único bien y trabajo homogéneo, tema que traerá consecuencias no menores cuando a fines de la década del ’50 tome lugar el debate sobre la relación de intercambio (trade-off) entre la inflación y el desempleo, esto es, la llamada Curva de Phillips.
Por otra parte, los componentes restantes del título de la obra, el interés y el dinero, serán resueltos en el mercado monetario. De este modo, Keynes desarrolla una función de demanda dinero cuyos argumentos finales son la tasa de interés y el ingreso que ante una oferta de dinero exógena permite determinar la tasa de interés.
El punto es que la tasa de interés así determinada es un verdadero sin sentido. En primer lugar, porque en el mercado de dinero se debería determinar el poder adquisitivo del mismo, esto es, a nadie en su sano juicio se le ocurriría determinar el precio de las sandías en el mercado de peras. Por otra parte, al borrarse el tiempo del mercado de bienes, la tasa de interés pierde su propósito. ¿Qué sentido tiene acumular capital en una economía de un solo período? Por lo tanto, estamos frente a un verdadero engendro que puede, y efectivamente así lo hará, avalar todo tipo de estropicio monetario con consecuencias a futuro muy negativas reflejadas en una tasa de inflación creciente en el tiempo. Un tiempo que no forma parte del modelo y los políticos populistas agradecidos…
Nótese que hasta ahora, el modelo determina el ingreso, el salario la ocupación según se especifique la oferta de trabajo y la tasa de interés, por lo que aún resta la determinación del nivel de precios. Para solucionar el tema, Keynes decide retomar a una suerte teoría del valor trabajo y con ello, determinar el nivel de precios como un mark-up sobre los salarios, el cual contempla los beneficios netos de productividad.
El resultado de esto es muy simple. Un aumento del gasto autónomo en inversión por la vía del Estado genera un aumento del ingreso. A su vez, este mayor ingreso aumenta la demanda de trabajo y que según sea la situación de la oferta podrá crecer el empleo y/o el salario, con su consecuente impacto en precios dado el mark-up. Por otra parte, a mayor ingreso, mayor demanda de dinero y eso hará subir la tasa de interés, lo cual será inocuo, salvo que los componentes privados de la demanda agregada (consumo e inversión) dependan de la tasa de interés, lo cual habilitará a expandir la oferta de dinero. Nótese que la política económica expansiva, algo que los políticos, en general, adoran, trae todo lo bueno que se pueda esperar mientras que los resultados desagradables como la suba de precios será por culpa de empresarios y trabajadores codiciosos.
Desafortunadamente, Hayek, quien se negó a criticar el libro, no pudo anticipar los efectos siniestros que tendría esta obra, ya que, con criterio acertado, le parecía una pérdida de tiempo ocuparse de un trabajo tan espantoso. Sin embargo, dado que no era más que un panfleto armado para el beneplácito de políticos ladrones, mesiánicos y corruptos, esto es, la gran mayoría de los políticos populistas demagogos, el libro se convirtió en un éxito rotundo. En definitiva, John Maynard Keynes es a la economía lo que Nicolás Maquiavelo a la política. Es decir, Maquiavelo es todo lo que está mal en política y Keynes su letal herramienta.
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