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clarin.com · hace 2 horas · Clarin.com - Home

La Argentina se prepara como plataforma de la inteligencia artificial

La Argentina se prepara como plataforma de la inteligencia artificial

El mundo demanda cada vez más energía y la inteligencia artificial es uno de los principales motores de esa voracidad. La versión más grande de los centros de datos previstos consumirá la electricidad equivalente a 2 millones de hogares promedio al año, sólo como un ejemplo de esa creciente demanda. Esto abre para la Argentina oportunidades económicas atractivas pero, al mismo tiempo, desafíos regulatorios y ambientales.

La masificación de Internet y el implacable avance de la IA, la “cuarta revolución” desde la industrial, son un hecho irrefutable. Pero el intensivo desarrollo de modelos y procesamientos de datos demanda enormes y crecientes cantidades de energía , tanto para la puesta a punto de modelos como para su funcionamiento, e implican mayor contaminación.

Estudios recientes del Massachuset Institute of Technology y la Agencia Internacional de Energía (AIE) proporcionan datos ilustrativos de esa demanda que parece insaciable: según la AIE, para 2030 el consumo energético de los data centers en el mundo representará un poco más que el de todo Japón, alrededor de 945 teravatios/hora.

En el mundo hay un tsunami inversor en el rubro, alentado por esa compra segura. El gasto de capital de cinco grandes empresas tecnológicas superó los 400.000 millones de dólares en 2025 y ese monto crecería un 75% este año. Más infraestructura, más electricidad para alimentarla.

Un ejemplo: el entrenamiento del chat GPT-3 demandó 1.287 megawatt hora, equivalente a lo que consumen 120 hogares estadounidenses promedio en un mes. Eso significó la emisión de carbono igual a la que genera un vuelo que une ida y vuelta Buenos Aires con la brasileña San Pablo.

Los equipos que integran un centro de datos necesitan energía para funcionar y también para ser refrigerados, función que requiere importantes cantidades de agua dulce: 2,5 millones de litros por cada megawatt de potencia instalada.

Sobre esta base, el proyecto el Open IA y Sur Energy para construir en algún lugar aún no precisado de la Patagonia un centro de procesamiento con 500 mega demandaría más de 1.200 millones de litros para bajar la temperatura de máquinas con actividad febril. Los ríos del sur dejan a mano un buen recurso.

En todo el proceso de la IA también impactan las demandas de los usuarios de esta extraordinaria herramienta, en vías de masificación. Según detalla un trabajo del ex interventor del Enargas y consultor Carlos Casares el uso masivo tiene impacto medible y contundente: 1 millón de consultas necesitan 200 kilowatt para ser atendidas.

A medida que la herramienta para tomar decisiones, modelizar actividades complejas y reemplazar a los humanos en tareas mecánicas y repetitivas se perfecciona, necesita más y más potentes máquinas para entrenar modelos y procesar datos. Y, por lo tanto, más electricidad.

Según la AIE, la demanda de electricidad de los centros de datos creció 17% el año pasado, con mayor ritmo en aquellos que están centrados en IA, cuyo requerimiento se triplicará hacia fin de la década.

Los análisis citados coinciden en un punto paradójico. La inteligencia artificial consume mucha energía y a la vez puede hacer más eficientes los modos de producirla y de consumirla. Una especie de toma y daca para el balance futuro.

En lo inmediato, sin embargo, hay que resolver cómo alimentar a esos corazones de la revolucionaria tecnología, cuya localización también es un problema.

En Estados Unidos se espera que representen la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica en los próximos cuatro años y en Japón más de la mitad en ese mismo período. A veces con el agravante que muchos proyectos tienen localización concentrada en zonas que podrían estresar las redes eléctricas.

De ahí que los diseños más ambiciosos prevén su propia generación de energía, como la iniciativa anunciada a fin de octubre por el CEO de Open AI, Sam Altman, para instalar un mega centro en la Argentina. Según sostienen sus socios locales de Sur Energy hay cartas de intención rubricadas con Central Puerto y Genneia, las principales generadoras de electricidad del país, para que abastezcan a ese proyecto.

Que en la otra punta de la cadena esté Open AI, un monstruo tecnológico como cliente, ayudaría a conseguir financiamiento para la propuesta aún en estado germinal.

Argentina está muy bien parada ante un mundo que requiere cada vez más energía y en proceso de transición hacia fuentes más verdes. Puede ser gran surtidor de gas y albergar nuevos centros de gran porte, escalando en el ranking regional que lideran Brasil y Chile.

A través de lo explotación de hidrocarburos no convencionales, se encamina a ser un importante proveedor internacional de gas, que es el combustible fósil menos lesivo del ambiente y, por lo tanto, clave para promover el suministro energético sin promover el cambio climático.

Las proyecciones locales son de lo más optimistas. Hay en curso un proceso de inversiones millonarias y posibilidades de que la producción local aumente 75% hasta el fin de la década.

Argentina empezó a tener más gas del que necesita y eso da impulso a grandes proyectos exportadores de gas licuado, como el que se ejecuta bajo el liderazgo de Pan American Energy, Southern Energy, o el que comanda YPF, Argentina LNG, entre otros.

La otra ventaja comparativa que ofrece el país es tener condiciones propicias para concretar la idea acariciada por el gobierno de Javier Milei de generar una especie de hub tecnológico, con la instalación de nuevos centros de datos de gran envergadura, posiblemente alimentados con energía renovable.

La región patagónica se avizora como un escenario ideal. Hay vientos con la fortaleza necesaria para sostener campos eólicos y bajas temperaturas que facilitarían la refrigeración de los equipos.

En este momento también existe un vacío que puede ser tentador para un potencial inversor. Como la mayoría de los países, Argentina no tiene regulaciones específicas sobre esta infraestructura cibernética ni sobre el cuidado ambiental que es necesario garantizar.

Lo que para un ambientalista puede ser un sacrilegio para las empresas que se embarquen en estos emprendimientos, una facilidad. Aunque no todos los procesadores de información a gran escala tienen que ser necesariamente lesivos para la salud del planeta.

Unblock opera un pequeño data center que usa gas de venteo de Tecpetrol y Pluspetrol para minar bitcoins en Vaca Muerta. De ese modo, esta joven empresa captura al menos una parte del carburante fósil que de otro modo iría directo a perforar la capa de ozono.

Tomás Ocampo, CEO de esa start up, se refirió ante el portal Chequeado a otro costado auspicioso de la dupla tecnología-energía, que no compensa el posible daño por falta de regulaciones pero siembra esperanzas de prosperidad. “Los países que logren producir energía barata, tendrán ventajas competitivas en el desarrollo tecnológico”, sentenció. Un reto para la industria y el gobierno local.

Según estudios de Harvard, de aquí a 2030 la demanda energética de los centros de datos crecería a razón de 15% anual y, de acuerdo a Vijay Gadepalli, científico senior del MIT Lincoln Laboratory, la potencia necesaria para sostener algunos de los grandes modelos de procesamiento de datos “se duplica casi cada tres meses”.

Las proyecciones pueden resultar imprecisas. Pero no hay dudas del fenómeno vislumbrado: es necesario generar más electricidad para alimentar a los centros de datos con capacidad creciente.

Tan así es que la decisión que tomó esta semana Emiratos Arabes Unidos de abandonar la OPEP (Organización de Países Productores de Petróleo) para ganar mayor independencia en la comercialización de hidrocarburos está en parte inspirada en reconocer su oportunidad como país petrolero para atender aquella necesidad.

Suhail Al Mazrouei, ministro de Energía de EAU, fue claro. “El mundo necesita más energía” y entre los motores de esa demanda reconoció explícitamente a la “expansión de los centros de datos e inteligencia artificial”.

El país árabe, tercero en la OPEP por la envergadura de sus exportaciones, tiene un perfil diferenciado en su región, en parte por sostener una cosmovisión más próxima a los Estados Unidos que a Arabia Saudita. Quiere subir su producción de petróleo pero también apuesta a lo nuclear y renovable: los negocios valen más que el rédito político de trabajar con sus vecinos en estrategias para regular los precios de los hidrocarburos ajustando producción.

Lejos de Oriente Medio, el Presidente argentino anota algunas coincidencias: también suele desmarcarse, no prioriza la coordinación regional, ve con interés comercial la voracidad energética de la informática y minimiza el cambio climático. Cuidar el ambiente es casi un pecado del wokismo, que no debe interferir en las inversiones para procesar datos en territorio argentino y surtirlas de electricidad. Sin más.

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