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perfil.com · hace 4 horas · Julián Grinblat

Fenómeno global: los líderes jóvenes socialistas desafían el poder de los partidos de ultraderecha

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El debate presidencial de 2023 quedará en la memoria argentina no por los cruces técnicos o las propuestas económicas, sino por una imagen que una candidata logró plantar en el imaginario colectivo como un clavo ardiente. Javier Milei rugía desde su escaño, seguro de sí mismo, repitiendo hasta el hartazgo su autodefinición como un “león” dispuesto a destrozar la casta. Fue Myriam Bregman, entonces candidata del Frente de Izquierda, quien con una sonrisa y una precisión quirúrgica respondió: “Milei se define como un león, pero es más un gatito mimoso del poder económico”. El golpe fue certero, y la frase se viralizó. Ahora, tres años después, la anécdota ha cobrado una nueva dimensión, hasta el punto de que “en la calle, niñas y niños me paran para decirme ‘era un gatito mimoso’”, relata hoy la propia Bregman.

Pero la actualidad de la diputada del FIT va mucho más allá de un ingenioso eslogan electoral. Según la última encuesta de la consultora brasileña Atlas-Intel, Bregman se ha convertido en la figura política con mejor imagen positiva de toda la Argentina: 47 puntos, por encima de los 46 de Axel Kicillof, los 41 de Cristina Kirchner y los 36 de Javier Milei. En un contexto donde el 63% de los argentinos desaprueba la gestión presidencial y el 59% califica la situación económica como mala o muy mala, Bregman es la única dirigente relevada que cosecha más aprobación que rechazo. La izquierda más ortodoxa, la que propone romper con el FMI y nacionalizar el comercio exterior, ha logrado algo que muchos partidos del establishment no consiguen: salir indemne del descrédito generalizado de la dirigencia.

Este fenómeno no es un espejismo local. En cuatro continentes, el avance de la ultraderecha ha generado una poderosa reacción: el nacimiento de nuevas alternativas políticas que, sin renegar de la justicia social, renuevan su lenguaje y su estilo para llegar a quienes la izquierda tradicional había abandonado. Zohran Mamdani, de 34 años, hijo del intelectual ugandés Mahmood Mamdani, se convirtió en 2025 en el alcalde socialista democrático de Nueva York, demostrando que se puede ganar en el corazón del capitalismo global con un discurso radical y una estrategia de comunicación viral dirigida a los jóvenes. Su triunfo ha sido interpretado como un “giro alarmante hacia la izquierda” por el oficialismo en Estados Unidos.

Al mismo tiempo, en Italia, Silvia Salis –exlanzadora de martillo olímpica y actual alcaldesa de Génova– emerge como la gran esperanza de la izquierda para enfrentar a Giorgia Meloni en 2027. Con 40 años, sin afiliación partidaria previa, Salis construyó su campaña municipal con un “estilo fresco”, organizando raves de música tecno para ganarse a los jóvenes en una de las ciudades más envejecidas del país. Su fórmula es tan simple como eficaz: introdujo un salario mínimo para los contratos municipales, creó una oficina contra la discriminación LGBTI+, y apoyó a los trabajadores portuarios que boicotearon el envío de armas a Israel. La prensa internacional ya la apoda “la anti-Meloni”, y ella misma no descarta postularse si la centroizquierda se lo pide.

Tres casos –Bregman, Mamdani, Salis–, tres modelos de izquierda. La primera es la continuidad de una tradición obrerista e internacionalista, fiel a los principios clásicos del marxismo. Los otros dos representan una izquierda más moderna, pragmática y comunicativa, que no tiene miedo de mezclar la denuncia de la desigualdad con el baile tecno o el meme de TikTok. Y sin embargo, los tres comparten un mismo diagnóstico ante un mundo que gira a la derecha: la vieja socialdemocracia gestionó el malestar durante demasiado tiempo, y ahora es la hora de los outsiders, de los que construyen desde abajo, de los que entienden que la política es también afecto, cercanía y batalla cultural.

Precisamente de batalla cultural también se trata: quizás la derrota más importante de propuestas como las de Trump, Meloni, Orbán o Milei en la Argentina fue no haber generado un entorno en el que sus ideas sean tomadas como verdaderas –y únicas posibles– por amplios sectores de la población. A la izquierda le caben otros desafíos: cercanía y resultados, por ejemplo.

El anarcocapitalismo y el trotskismo comparten un rasgo central: no buscan corregir el sistema vigente, sino reemplazarlo. Los primeros aspiran a sustituir al Estado por el mercado; los segundos, a superarlo en una sociedad sin clases. Coinciden en la crítica radical, pero divergen en casi todo lo demás.

El anarcocapitalismo coloca al individuo en el centro y considera inviolable la propiedad privada. Confía en que la sociedad puede organizarse mediante contratos voluntarios y competencia. El trotskismo, en cambio, ubica como sujeto histórico a la clase trabajadora, promueve la socialización de los medios de producción y defiende formas de planificación económica.

También difieren en su idea de libertad. Para unos, significa ausencia de coerción estatal. Para otros, emancipación frente a la explotación económica.

Sin embargo, existen vasos comunicantes. Ambas corrientes tienen una mirada anti-establishment. El anarcocapitalismo cuestiona impuestos, regulaciones e intervención pública. El trotskismo combate al capitalismo, a las burocracias reformistas y a las dirigencias que administran el orden existente. En ambos casos hay una impugnación del statu quo.

Otra coincidencia es su vocación internacionalista. Los libertarios imaginan mercados abiertos y fronteras débiles. Los trotskistas sostienen que la emancipación solo puede ser global, bajo la idea de revolución permanente. Ninguno piensa la política encerrada en el Estado nación.

También comparten la desconfianza hacia las burocracias y cierto horizonte utópico: sociedades regidas por un principio dominante, sea el intercambio voluntario o la igualdad social. Aunque marchen en direcciones opuestas, ambos expresan el mismo malestar con las soluciones moderadas.

En tiempos de crisis de representación, avance de derechas radicales y desgaste de los oficialismos progresistas, dos libros recientes vuelven sobre una misma pregunta: cómo reconstruir una alternativa política de izquierda capaz de disputar poder. Desde perspectivas distintas, ¡Progres del mundo!, de Nicolás Tereschuk; y Manifiesto Socialista, de Bhaskar Sunkara, ensayan respuestas.

Tereschuk pone el foco en las fuerzas progresistas democráticas que gobernaron o incidieron en buena parte de Occidente durante las últimas décadas. Su tesis central es: “Nuestra crisis no es ideológica, sino organizacional”, es decir que no faltan valores ni diagnósticos, sino herramientas políticas para canalizarlos. Según su mirada, el progresismo quedó atrapado entre agendas particulares, dificultades para representar al mundo del trabajo y una moderación que muchas veces se percibe como debilidad.

El autor define un “triángulo mínimo” del progresismo contemporáneo: “Son partidos políticos o fuerzas políticas que intersectan tres cosas mínimas. Quieren un capitalismo; quieren democracia; y quieren algo de justicia social. Consideran que hay que equiparar algo de ese capitalismo”.

El problema, sostiene, aparece cuando ese equilibrio deja de ofrecer expectativas de futuro. Allí irrumpen nuevas derechas que organizan malestares no solo económicos, sino también culturales e identitarios. Más que certezas cerradas, Tereschuk propone preguntas: cómo enfrentar a la ultraderecha, cómo reconstruir mayorías y cómo volver a ofrecer una idea de abundancia posible.

Sunkara parte de otro lugar. Fundador de la revista Jacobin, reivindica la tradición socialista democrática y sostiene que el capitalismo conserva una tendencia estructural a la crisis y a la desigualdad. “Para los socialistas, hoy en día el dilema consiste en imaginar cómo tomar la ira suscitada por los resultados injustos del capitalismo y hacer que se convierta en un desafío al sistema mismo”, escribe.

Lejos de la nostalgia, recuerda que buena parte de los derechos laborales y sociales surgieron de luchas obreras: “el movimiento obrero nos dio el descanso del sexto”, afirma, en alusión a la conquista del fin de semana, junto con jornadas limitadas, regulaciones sindicales y otras reformas. También destaca la experiencia de los Democratic Socialists of America, fortalecidos al calor de Bernie Sanders y el rechazo a Donald Trump.

Uno habla de recomponer al progresismo; el otro, de reconstruir el socialismo. Pero ambos coinciden en algo esencial: sin organización, sin narrativa y sin horizonte, ninguna fuerza logra convertir el malestar en mayoría.

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