Decir Bórgeres
Algunos errores son torpes y otros son fértiles, es decir no llevan a ningún lado, interrumpen el lento progreso de las cosas, o van más allá. El de Leonardo Cifelli –ese “Bórgeres” que cayó como una moneda falsa en la alcancía solemne de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires– pertenece a la segunda especie. No porque el ministro haya querido homenajear a Jorge Luis Borges con una variante fonética, una especie de Borges pasado por agua, sino porque en política cultural el desliz suele ser una herramienta, un pequeño artefacto de relojería: se lo deja caer, se lo oye sonar, y después uno mira quién levanta la cabeza.
“Bórgeres” es, en ese sentido, una palabra performativa. No nombra: produce. Produce indignación en los que creen que algunos nombres propios son un templo; produce memes en los que creen que el lenguaje es una plaza; produce, sobre todo, conversación. Y la conversación –esto lo sabe cualquier ministro con ambición de permanencia– es el oxígeno de la gestión. No importa demasiado de qué se hable mientras se hable de uno. La cultura, desde hace tiempo, dejó de ser un conjunto de obras para convertirse en una coreografía de atención.
Se dirá que exagero, que un error es un error. Pero el error, cuando ocurre en un escenario con micrófonos y cámaras, deja de ser inocente. Es una piedra en el estanque: los círculos concéntricos son previsibles. El primero, el de la corrección. El segundo, el de la burla. El tercero, el de la interpretación: ¿fue adrede? Y en ese tercer círculo es donde el ministro pesca con mosca. Porque la duda es más rentable que la certeza: nos obliga a volver sobre la escena, a reproducirla, a citarla. El error se vuelve un loop.
Hay otra utilidad más sutil. Desplazar el eje. Un discurso de inauguración es, por definición, un objeto pesado: cifras, programas, promesas, ese léxico administrativo que nadie recuerda. Un tropiezo bien colocado aligera la pieza, la vuelve narrable. Nadie habla del presupuesto para bibliotecas o del desfalleciente proyecto Sur, pero todos recuerdan “Bórgeres”. Es la versión ministerial del truco de magia: mientras una mano escribe políticas y recorta presupuestos, la otra deja caer una sílaba mal puesta. Miramos la sílaba.
También está el gesto de irreverencia controlada. Decir mal a Borges es tocar un nervio nacional con la punta del dedo. No es una blasfemia abierta, sino una torsión mínima. Como si se probara el límite de lo tolerable en el campo literario: hasta dónde se puede estirar el nombre sin que se rompa. Y el nombre no se rompe, claro; se multiplica. Borges sobrevivió a peores pronunciaciones que la de un ministro. Sobrevive incluso a sus lectores.
No descartaría, incluso, una lectura más doméstica. El error como contraseña. En ciertos círculos, equivocarse a propósito es una forma de guiñar el ojo: “Estoy con ustedes, no tomo esto tan en serio”. La cultura oficial, siempre acusada de solemnidad, necesita a veces un poco de desparpajo administrado. “Bórgeres” podría ser ese guiño, esa mueca que humaniza al funcionario sin obligarlo a renunciar al traje y a la corbata.
Y, finalmente, el error como espejo. Nos devuelve la imagen de lo que creemos que somos: custodios de un canon, policías del acento, devotos de un apellido que también es una construcción. ¿Cuántas veces Borges escribió mal el apellido de otros? ¿Cuántas veces jugó con los nombres, los reflejó, los deformó? Hay en su obra una ética del desvío que tal vez el ministro, sin saberlo, invocó. “Bórgeres” sería entonces una mala cita, sí, pero una cita al fin.
Que haya sido adrede o no es, en el fondo, lo de menos. Lo importante es que funcionó. Hablamos de eso, no de lo demás. Y en ese corrimiento se cifra una pequeña victoria. El error, como una llave, abrió una puerta lateral por la que entró el ruido. Y el ruido, en tiempos de silencio programático, es una forma de presencia. Cifelli dijo “Borgeres” y todos levantamos la cabeza. A veces alcanza con eso.