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perfil.com · hace 5 horas · Alejandro Bellotti

Capas de sentido

Alejandro Bellotti

En el margen incierto donde el camino deja de ser promesa para volverse hábito, la tarde cae con una lentitud apenas perceptible, como si la luz fuera regulada desde un sitio remoto. No hay señalización ni apuro. Solo una hilera desordenada de vehículos que se estira junto al terraplén y un murmullo que crece a medida que se avanza, la respiración colectiva que sostiene el aire.

cansancio— el paisaje se desarma en capas. Hay puestos improvisados, estructuras de madera que crujen, telas tensadas que filtran una claridad lechosa. Todo dispuesto con una lógica que no se declara pero se entiende: el tránsito de los cuerpos, la deriva de las miradas, la detención súbita frente a un detalle mínimo. El suelo, barrido con esmero, conserva sin embargo una memoria de polvo y hojas trituradas. Entre los árboles, altos, compactos, la luz se desgrana en fragmentos que no alcanzan a tocar del todo la tierra.

A un costado, cerca de un módulo sanitario que exhala olor agrio y constante, se agrupan varias casetas. En una de ellas, detrás de un mostrador angosto, aparece Sabrina. Tiene las manos curtidas, el pelo recogido con una cinta deshilachada, y una forma de mirar que obliga a sostenerle la vista más de lo previsto. Se apoya en una banqueta inestable, como si el equilibrio fuera un gesto aprendido y no una condición dada. Sobre la cabeza, una tira de luces dicroicas tiembla con cada ráfaga leve.

Sin decir demasiado, me alcanza una copa. El líquido se abre en el aire con una acidez limpia, casi filosa. Lo dejo girar, observo cómo se aferra al vidrio, cómo desciende en líneas irregulares que se recomponen. Anoto palabras sueltas en el cuaderno, para fijar la experiencia: el suelo calcáreo, la amplitud térmica, la obstinación de las raíces. Sabrina respira hondo, con cada pausa pareciera exigir una reconstrucción interna. Por un momento cierra los ojos, presiona las palmas contra el rostro. Hay un temblor mínimo que no termina de volverse seña. Después sonríe, o algo parecido, y pregunta si seguimos con el torrontés.

El ruido del sector de comidas llega en ráfagas. Risas, voces superpuestas, el chasquido de algo que se quema. Una brisa baja arrastra olores dulces y grasos que se mezclan sin jerarquía. Bebo despacio. Siento el cansancio en las piernas, una especie de saturación que no es desagradable pero sí intensa. El sol, ya inclinado, rueda sobre las superficies con una torpeza deliberada, como si ensayara su propia desaparición. Todo parece dispuesto para ese tránsito: la acumulación de estímulos, la conciencia difusa de estar participando en algo que no termina de nombrarse. El aire es tibio, con una aspereza leve que se pega en la garganta.

Dejo la cata por un instante y camino un poco más allá, hacia donde el terreno se vuelve irregular y el sonido se atenúa. Encuentro un sendero estrecho que se interna entre árboles jóvenes. Lo sigo. El suelo cambia: hojas secas, humedad, un barro blando que amortigua los pasos. La luz llega filtrada, en jirones. Un estanque pequeño recoge la luz que queda. Una chica —no sabría decir la edad— se inclina sobre el agua, toca la superficie con la punta de los dedos y espera. No hay prisa en ese movimiento.

Permanezco a distancia. Tomo nota de lo innecesario. Hay algo en esa insistencia que empieza a resultar incómodo, como si la mirada, al prolongarse, dejara de ser inocente. Entonces entiendo —tarde, pero con claridad— que el desplazamiento correcto no es avanzar sino retroceder. Desandar. Volver sobre la huella antes de que se fije.

Cuando regreso, Sabrina sigue ahí. La luz artificial ha ganado terreno y le recorta el rostro con una precisión casi cruel. La copa está vacía. El aire, más frío, parece ordenar las cosas en otro registro. Pago por el servicio en este rincón de Chilecito y nos despedimos sin énfasis.

Al salir, la hilera de vehículos es ahora una sombra compacta. El cielo ha cerrado como una superficie sin fisuras. Camino unos metros y me detengo. Por un instante breve —apenas un pliegue en la continuidad— tengo la sensación de que todo lo ocurrido podría disolverse sin dejar rastro.

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