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perfil.com · hace 6 horas · Sergio Sinay

Mientras la responsabilidad retrocede

Sergio Sinay

La libertad avanza mientras la responsabilidad retrocede. Es un fenómeno anómalo, puesto que libertad y responsabilidad son hermanas siamesas imposibles de separar. Quizás la explicación se encuentre en el hecho de que lo que en realidad avanza, al menos según el peculiar vocabulario y la curiosa concepción de quienes así lo proclaman, no es la libertad, sino una mediocre simulación de ella. Sólo una idea infantil, arbitraria o autoritaria de la libertad puede reducir este preciado valor al capricho de quien usa ese eslogan a su antojo. La noción de libertad nace a partir de la comprobación de que existen los límites, de que, entre el deseo, la voluntad, la pretensión o la imposición y la realidad hay distancia y existen imposibilidades.

Esto es algo que la creencia infantil de libertad se resiste a aceptar. Es lo que grandes pensadores y psicoterapeutas existenciales, como Rollo May y Víktor Frankl, llamaban la libertad primera, la del bebé que empieza a caminar y ahora cree que todo aquello que puede alcanzar le pertenece. Entonces topa por primera vez con la palabra no. Y patalea. Si madura, aprenderá a lo largo de la vida y de las experiencias, muchas de ellas dolorosas, que no se tiene todo lo que se quiere ni se puede tener todo siempre. Por supuesto, hay quienes no maduran jamás, a pesar de su edad cronológica, y siguen creyendo que no hay limites y que si estos aparecen (sean de orden físico, natural, jurídico o moral) no deben respetarse. Esa idea de la libertad, cuando permanece enquistada en la mente de alguien con poder, lleva a la arbitrariedad, a la injusticia, a la prepotencia, a la violencia simbólica o física. Esa libertad avanza sin mirar y sin importarle a quién avasalla, a quién hiere, qué daños provoca. Es la libertad sin responsabilidad.

Debido a algo que saben por consciencia y experiencia las personas maduras y con una mirada normal de la realidad, no todo lo deseable es posible. El límite es parte natural de la existencia. La misma vida es limitada, incluye la finitud como eje esencial. Y como no se puede todo es necesario elegir. Toda elección es resignación. Se opta por algo a cambio de lo que se deja. Y cada elección, cada decisión, cada palabra, cada acción tienen una consecuencia, igual que cada inacción, cada indecisión (que es un modo de decidir) y cada silencio. Quien lo entiende ejerce su libertad, en el sentido profundo de la palabra, al decidir, elegir y actuar tras resignar. Y debe responder por las consecuencias. La palabra responsabilidad deriva del verbo responder. Quien es verdaderamente libre elige y responde. Cuando responde es, además, moralmente libre. La verdadera libertad comprende la restricción, y eso hace más valiosas la elección que se efectúa, la decisión que se toma y la acción que se ejecuta.

Desde el poder hacia abajo en nuestra sociedad y en nuestro tiempo avanza la libertad infantil y prepotente mientras retrocede la responsabilidad. No hay respuesta por las consecuencias de actos corruptos, de insultos, de malas praxis en todos los órdenes (ejercicio del gobierno, de una profesión, de un cargo), de faltas a las leyes y a las normas de convivencia. Los errores propios se achacan a otros o a cualquier cosa, esto se ve en la política, en el deporte, en las empresas, en las familias, en los vecindarios. Esa cultura de la irresponsabilidad, en la que naufragan penosamente la idea y la práctica de la libertad real, es el modelo en el que se forjan las nuevas generaciones. Tan lejos de aquello que los mencionados May y Frankl llamaban la libertad última. La de quien elige en coherencia con sus valores y con respeto a los demás. La única libertad a la que se debe aspirar.

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