Cómo ganar amigos
Que la política es el arte de lo posible, que el debate enaltece, que al otro hay que respetarlo, que… ¿Dónde leyó esas y otras máximas similares, querido lector? Probablemente, en muchas publicaciones sobre vínculos humanos y comportamiento social o, sencillamente, se lo inculcaron de chico. ¿Dónde las vio reflejadas por última vez? En el Congreso, seguro que no.
“Chau kukas”, se despidió el presidente Milei al retirarse con otro saludo especial a los periodistas que le preguntaron si eran suficientes las explicaciones de Adorni. “Suficiente, chorros, corruptos”, les dijo. En la oposición no se quedaron atrás. “Delincuente”, “asesino”, “genocida”, gritaban desde las bancas.
Todos sabemos que entre el deber ser y el ser hay una distancia considerable, marcada generalmente por el carácter. Hay gente que no puede dominar la lengua, aunque la mente se lo ordene. Otros que tienen una mente tan pobre que la lengua hace lo que puede a la hora de expresar una idea o transmitir un sentimiento. Y hay una tercera categoría -poco científica, pero muy visible por estos días-, conformada por gente que usa la lengua como si fuera una Glock 9 milímetros, por lo que sería conveniente que, antes de dispararla, pidiera habilitación a la Agencia Nacional de Materiales Controlados, el organismo encargado de otorgar los permisos para la tenencia y portación de armas de fuego en nuestro país.
Podríamos aventurar que muchos de quienes así se comportan, lo harían distinto de tener el asesoramiento y contención adecuados. Quien nos marca un error no siempre es un enemigo y hay muchas maneras de seguir siendo sinceros sin estar siempre con el dedito acariciando el gatillo.
No le vengo a contar nada nuevo si le digo que existe un libro de 1936, titulado Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, escrito por Dale Carnegie. Es un best seller que ha vendido millones de copias, muchas, incluso, tras la muerte de su autor, ya que el texto siguió actualizándose.
“Si quieres recoger miel, no des puntapiés a la colmena”, dice eufemísticamente. “Cuando tratamos con la gente debemos recordar que no tratamos con criaturas lógicas [sino] emotivas, erizadas de prejuicios e impulsadas por el orgullo y la vanidad”, sigue. Y recuerda un viejo proverbio chino que asegura que “quien pisa con suavidad, va lejos”.
El libro, aún hoy referido en algunos media trainings o releído como forma de autoayuda, no evade la existencia de personas difíciles de encarrilar.
En uno de los capítulos relata como ejemplo que Mark Twain solía perder la paciencia y que escribía cartas flamígeras. “Lo que usted necesita es un permiso de entierro. No tiene más que decirlo y le conseguiré uno”, respondió una vez. En otra oportunidad, el autor de Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, entre otras obras, envió este mensaje al corrector que le sugirió mejorar la ortografía y la puntuación: “Imprima de acuerdo con la copia que le envío y que el corrector hunda sus sugerencias en las gachas de su cerebro podrido”.
Mark Twain -cuenta Carnegie- se sentía mejor después de descargar esas cosas hirientes. El punto es que tales cartas nunca llegaron a destino porque su esposa jamás las despachó. Deliberadamente, lo protegió. ¿No hay nadie que aconseje y resguarde a nuestros maledicentes contemporáneos?
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