El curro de los medios
En estas más de dos mil columnas de sábados y domingos, por primera vez estoy usando la misma foto para ilustrar la contratapa de PERFIL dos días seguidos, la de ayer y esta de hoy. Me detengo ante ella como frente a esas grandes imágenes –sean fotos o pinturas– que tienen el poder de atrapar en un instante la síntesis de una época o de un proceso.
La cara de Javier Milei frente a los periodistas al llamarlos chorros a la salida del Congreso este jueves refleja rechazo, desagrado, disgusto, irritación, fastidio, desdén, incomodidad. Y produce en el observador contagio emocional, o sea, la misma repulsión que siente Milei por los periodistas, pero hacia él mismo.
Pero Milei es solo un cuerpo más que usa la historia para cumplir sus fines y luego descarta; lo importante no es comprender el significante, sino lo que significa de nosotros los ciudadanos de nuestro país. Palabra como casta y curro riman en su esencia peyorativa de toda forma de mediación. Los gerentes de la pobreza, el curro de los derechos humanos, los periodistas ensobrados, las ratas del Congreso. Hasta el Vaticano, luego retractado, llegó a estar habitado por el representante del Maligno en la Tierra.
A Milei, al igual que otros tecnopopulistas como él, lo que le molesta es cualquier forma de representación, porque quiere el monopolio de la representación, que no haya ningún intermediario, nada en el medio entre él y los ciudadanos, entre su idea y la ley, entre su palabra y la ejecución. Y cómo no iban a resultar en su imaginario un curro justo los medios de comunicación, que llevan en su denominación la palabra medios y –peor– de comunicación, autopercibiéndose Milei con Aarón, el gran divulgador del mensaje, el mejor comunicador. Pero Milei no es original en eso solo, es más bufonesco; el odio a cualquier forma de mediación caracteriza a todos los líderes tecnopopulistas.
Lo explica magistralmente en el reportaje largo de PERFIL de hoy Carlo Invernizzi Accetti, uno de los teóricos más influyentes de la democracia contemporánea, profesor de Ciencia Política en el City College de Nueva York, donde trabaja sobre teoría política contemporánea y filosofía política. Y lo hace con el sincretismo de un italiano graduado en Francia, Inglaterra y Estados Unidos: doctorado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía por la Universidad de Oxford, en Historia y Teoría de la Política en el Institut d’Études Politiques de París y en Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia de Nueva York, autor de dos libros fundamentales: Tecnopopulismo: la nueva lógica de política democrática y Veinte años de rabia.
● “Es interesante que los enemigos de los populistas y de los tecnócratas sean los mismos: los partidos políticos, es decir, los políticos profesionales, los periodistas, los medios de comunicación y todas las demás formas de mediación social entre la sociedad y el Estado. Así, los grupos organizados como los sindicatos, las iglesias y todas estas formas de intermediación política son enemigos tanto de los populistas como de los tecnócratas”.
● “Y en ese sentido, hay una complementariedad. Pero el riesgo de esta complementariedad radica en que no es casual que tanto los populistas como los tecnócratas tengan los mismos enemigos, que son esencialmente los cuerpos intermedios. No es una casualidad, porque ambos son, en realidad, formas de política desintermediada. En lugar de los partidos o de los medios, el populista apela directamente al pueblo, eludiendo esas mediaciones, en una forma de encarnación directa de la voluntad popular. Y, al mismo tiempo, el tecnócrata busca prescindir del político profesional, quiere dejar de lado a los medios que distorsionan la información y acceder directamente a la verdad. Así, mientras que el populista, de manera desintermediada o directa, representa al pueblo, el tecnócrata, también de forma desintermediada y directa, representa la verdad o la experticia”.
● “El populismo como la tecnocracia representan una superación de la idea tradicional de la democracia como una rivalidad regulada entre cuerpos intermedios, entre partidos que representan, como la propia palabra indica, partes de la sociedad, izquierda versus derecha. Tanto el populismo como la tecnocracia son formas de representar directamente el todo, ya sea el pueblo o la verdad. Las complementariedades entre populismo y tecnocracia derivan del hecho de que ambos son enemigos de la intermediación”.
● “El tecnopopulismo comienza hacia el final de la Guerra Fría, cuando el conflicto ideológico empieza a desplazarse y a disminuir, y entonces los políticos comienzan a competir en torno a la apelación al pueblo y a la apelación a la experticia (...) Si el tecnopopulismo es un fenómeno de treinta o cuarenta años, en su segunda mitad está empeorando, porque a medida que el sistema político es incapaz de canalizar los deseos de representación y el resentimiento hacia él, se manifiesta de otras maneras fuera de las formas establecidas de representación política”.
Luego desarrolla, con lucidez y sagacidad, la relación entre mediación y reconocimiento, colocando al “perdedor” (el loser en inglés y el sfigato en su lengua original, el italiano) como el sujeto político que caracteriza la época, así como el esclavo lo era para la de Hegel y el proletario para la de Marx.
La desmediatización no es solo un ilusión de la política, la encontramos en Uber, en Rappi, en Mercado Libre, entre tantos otros, comenzando por Google y las redes sociales. La fobia por la mediación se percibe en la cruzada de Federico Sturzenegger (columnista de este diario durante toda la presidencia de Alberto Fernández) contra organizaciones intermedias, muchas de las cuales quedaron obsoletas por la tecnología, pero creer que toda mediación es un curro es una supina ignorancia.
La desintermediación no siempre logra la soberanía del usuario, y el ciudadano en la política, sino que produce una reintermediación que desplaza la confianza desde las instituciones tradicionales (bancos, medios) y nacionales hacia plataformas y redes digitales internacionales.
Carlo Invernizzi Accetti agrega: “Las nuevas tecnologías están contribuyendo a una forma de desintermediación de los medios en la que todo el mundo es periodista. Lo que significa que nadie es periodista, nadie realiza el trabajo que ustedes saben hacer”.
Un mundo sin periodistas, el deseo incumplido de los autócratas de cada época, cada uno con sus métodos.