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clarin.com · hace 17 horas · Clarin.com - Home

¿Fanáticos, cínicos o locos al poder?

John Carlin

"El mundo se convirtió en un lugar muy peligroso porque el país más potente está bajo el control de un chico de diez años,” escribía el politólogo californiano Francis Fukuyama el mes pasado. “El chico descubrió un lanzallamas en el patio trasero de su casa y ahora está disfrutando de poder quemar cosas con él. Sus padres necesitan tenerlo bajo control.”

Ya que los padres no pueden controlarlo, otro californiano recurrió a un plan más drástico el fin de semana pasado. Cole Tomas Allen viajó a Washington con el propósito, todo indica, de asesinar al niño lanzallamas.

Reflexioné un poco al ver la noticia y decidí que mejor que Allen hubiese fallado en el intento. Por varias razones. Una que, pese a que mi padre decía (en broma, creo) que el mejor sistema de gobierno era “la autocracia moderada por el asesinato”, uno debería atenerse al principio moral de “no matarás”. Dos, la probabilidad de que se desataría una carnicería de venganza en Estados Unidos, el único país del mundo que tiene más armas en manos privadas que habitantes. Y tres, que la alternativa a Trump es su vicepresidente, JD Vance.

Bueno, confieso que mis reflexiones no surgieron este orden. Mi motivo más inmediato por desear que Trump siguiese vivo era que, si no, Vance se transformaría en la persona más poderosa del mundo. Pero puede que me equivoque. Sospecho que ya me equivoqué cuando dije en esta columna una vez que prefiero a un chiflado (Trump) a un fanático (Vance) al mando del destino de la humanidad. Estoy recapacitando.

Si nos atenemos a las declaraciones y acciones de Vance no queda más remedio que concluir que va en camino del fascismo, en el sentido no figurativo sino estricto de la palabra. Es un racista, a favor de expulsar a gente de razas inferiores de Estados Unidos, que comparte con su principal mentor y patrocinador Peter Thiel el desprecio a la democracia. Thiel, un megamillonario del mundo tech y sin duda un fanático a todas luces, opina que las masas deben estar bajo el control de iluminados como él.

La cuestión es si Vance realmente se cree estas cosas o si representan una especie de traje que se pone para contentar al mundo MAGA y para seguir recibiendo dinero de Thiel con el objetivo, primordial para él, de mandar un día en la Casa Blanca. Yo creo que con tal de lograrlo Vance haría todo lo que hiciera falta. Dejaría el catolicismo al que hace siete años se convirtió y se incorporaría a otra religión, como el budismo o el comunismo, si calculase que le obtendría más votos.

O sea que, pensándolo mejor, no es tanto un fanático, lo que supone tener un sistema rígido de creencias, sino la encarnación más extrema del cinismo. Nada tiene valor, todo tiene su precio. No existe la moralidad, solo existe el interés propio.

Con lo cual, ya estoy dando marcha atrás. Me veo obligado a reconsiderar mi noción de que Vance sería peor opción que Trump. Habría que elegir entre un loco y, no un fanático, sino un cínico. De las tres opciones, prefiero un cínico en el poder. Al menos piensa. Cierta inteligencia tiene. Es un estratega, no un niño impulsivo. Por eso Vance cambió su discurso sobre Trump. En 2016 lo comparó con Hitler; en 2019 lo declaró el salvador de la patria.

Pero ahora entra en juego otro factor que lo complica todo aún más. Para una persona con un título en derecho de la Universidad de Yale y autor (él solo) de un best-seller autobiográfico, ha estado diciendo cosas increíblemente estúpidas últimamente. Dos ejemplos entre varios.

Primero, el recién converso al dogma del Vaticano dijo que el Papa “debería pensárselo bien antes de hablar sobre la teología”. Es como decir que Pep Guardiola no debería hablar de fútbol, o Ferràn Adrià de gastronomía.

Segundo, el vicepresidente de Estados Unidos dijo que el bloqueo de Irán al estrecho de Ormuz era “un acto de terrorismo económico” y agregó, en la misma entrevista televisiva, que “dos pueden jugar a este juego”. Era su manera de justificar el bloqueo posterior de Estados Unidos al estrecho, por tanto estaba afirmando -sin darse cuenta, se supone- que su país también era un estado terrorista.

La cuestión es cómo explicar el descenso a la idiotez más contradictoria de una persona dotada de la lucidez cerebral de un abogado de primera. Limitarse al cinismo ya no sirve. Yo creo que tiene más que ver con las confusiones e irreconciliables tensiones que emergen en un ser humano cuando vende su alma al diablo. Un columnista del no exactamente progresista Wall Street Journal escribió esto la semana pasada: “Todo el mundo hace concesiones morales, pero son manejables porque existe al menos cierta identidad esencial, un núcleo irreductible que es algo más que la suma de nuestros apetitos y ambiciones. Pero la trayectoria singularmente extraña de la carrera de JD Vance sugiere con fuerza que no hay identidad alguna ahí, solo los apetitos y ambiciones que se sirven de aquellos principios que mejor funcionen.”

En su absoluta amoralidad, Vance se ha contagiado de su jefe, personaje que cae por naturaleza en la incoherencia veinte veces al día, muchas veces en la misma frase o en el mismo post en redes sociales.

La absoluta amoralidad es una forma de locura, una desviación grave de lo que significa ser una persona normal. Con lo cual, para acabar con este proceso dialéctico y llegar a una nueva conclusión, tanto Vance como Trump son unos psicópatas. Trump siempre lo fue; Vance, tras la última de sus innumerables conversiones, lo es hoy.

Habrá gente que se lamenta de que Cole Tomas Allen no logró asesinar a Trump. Yo no. Lo cuerdo, lo lo lógico, lo humanitario, lo más indicado sería mandar al presidente y al vicepresidente de Estados Unidos, lanzallamas ambos con acceso al botón nuclear, a pasar el resto de sus vidas encerrados en un hospital para delincuentes con trastornos mentales.

John Carlin

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