Historia, vigencia y patetismo de la obsecuencia política
Esa costumbre exhibicionista de aplaudir, de adular, de exaltar y de no contradecir jamás al que manda es tan antigua como la política, y tan patética como la servidumbre voluntaria.
El que adula busca su propio beneficio, no el del destinatario de sus dogmáticos y enfáticos elogios.
Los obsecuentes compiten por consentir, buscan la manera cerril de ostentar la triste teatralidad de todo chupamedias.
Incitatus, el caballo de Calígula, recibía altivo el aplauso del Senado romano. El emperador había comprendido que el poder absoluto arraiga en su perversa capacidad para humillar.
Calígula construyó una villa para Incitatus, ornamentos de marfil rodeaban a ese corcel con destino mitológico de cónsul; el emperador lo había ungido como sacerdote del imperio.
Los senadores acariciaban a Incitatus, lo mimaban ante la mirada siniestra de Calígula, brindaban con copas de oro clamando honores al cuadrúpedo impávido ante tanto fasto, lo premiaban acercándole las yeguas más espléndidas, y el caballo, más discreto que sus sirvientes senadores, solo relinchaba.
Cada copa levantada en honor de Incitatus era una pequeña abdicación de la dignidad senatorial, un ensayo de obediencia incondicional.
Los alcahuetes configuraron una dimensión esencial de la historia, y ahora tampoco faltan: procuran dispendiosas alabanzas a cualquier jamelgo designado ministro, por ejemplo, siempre y cuando haya sido ungido favorito por la ditirámbica cúpula del poder.
Es un gran momento para la obsecuencia digital. Florecen mil flores virtuales en las redes: coloridos piropos a cada decisión de las jefaturas, y también visibles insultos, estampados agravios a los adversarios del oficialismo.
Lo fundamental: que las autoridades los observen así, arrodillándose. Los prosternados quieren las mieles de las cortes jerárquicas; a veces algo de la dulzura del poder los beneficia, y otras veces solo pueden, ávidos, libar migajas.
Acontece así una ecuación de gran frecuencia. El ADN profundo de la obsecuencia es la traición. Si vislumbran debilidad en el líder, los primeros en denunciar sus excesos son aquellos que más fuerte aplaudieron.
Cuando hablaba Stalin, los aplausos se extendían hacia la eternidad: diez minutos de pie, veinte minutos, treinta, hasta que el tirano decidía dejar el escenario.
Luego decidía a cuál de los aplaudidores habría de ejecutar. Traicionan los aduladores, y a ellos los traiciona el líder paranoico.
Hay que distinguir el elogio sincero de la lisonja interesada, que tanto se cultiva en estos tiempos, como en casi todos los tiempos.
La corte cambia de escenografía, pero no de gramática: donde antes había togas y mármoles y un caballo beatificado, ahora hay micrófonos y cámaras de celulares; donde antes se besaba el anillo, ahora se retuitea la consigna. Los procedimientos varían, la disposición de los cuerpos no.
En el siglo XXI, la obsecuencia argentina alcanzó un nivel profesional. El kirchnerismo perfeccionó la figura del "intelectual obsecuente": académicos y artistas que, bajo el paraguas de programas como 678, se dedicaron a limar cualquier arista crítica. Aquí la sumisión no era solo al líder, sino al "Relato". Se aplaudían índices de inflación falsos y se justificaban fortunas inexplicables con una gimnasia mental envidiable.
La obsecuencia se volvió colectiva y ruidosa: una muralla de gritos para no escuchar la realidad.
Esta semana, en el Congreso, ocurrió un procedimiento conocido y lejano. Para sostener al Jefe de Gabinete, el recinto se pobló de aplaudidores. La revolución era cambiar de hinchada.
Cuando un ministro entra en crisis, lo que vuelve a funcionar es que la barra brava acaudille las tribunas, que la bancada sea la 12, que salte loca en el paravalanchas de los alcahuetes haciendo flamear los mismos trapos que ayer agitaba el kirchnerismo.
Ahora la soldadesca digital de las Fuerzas del Cielo apresura sus teclados con una velocidad que marea. La obsecuencia del presente es instantánea y viral: es el miedo a quedar fuera del clipping matutino del presidente.
La tropa digital de hoy desconoce que pertenece a una cofradía milenaria. Cree inaugurar el género cuando solamente lo recicla: tuitea con la misma servidumbre con que el senador romano acariciaba al caballo cónsul, con la misma fervorosa entrega con que el militante aplaudía índices apócrifos en cadena nacional.
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