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infobae.com · hace 3 horas · Mónica Gutiérrez

El desgaste del relato

Infobae

Manuel Adorni pasó con lo justo por el brete de su exposición en Diputados. El extraordinario andamiaje que los Milei armaron en torno de su presentación lo sostuvo de pie, pero en modo playback. El ministro coordinador se atuvo a un libreto estricto y prolijamente ensayado. Se notaron los hilos, pero no perdió pie.

El Presidente aportó el merchandising. Entró en la sala insultando a los cronistas que registraban el momento y, de salida, redobló la apuesta. Pochoclo para la audiencia libertaria. El oficialismo festejó como un triunfo que el jefe de Gabinete no derrapara arrastrado por su irrefrenable arrogancia discursiva.

De la cena de la Fundación Libertad hasta la disertación en la Expo EFI, el derrotero de la semana de Milei no encontró respiro.

El empeño por sostener a su alicaído ministro coordinador le sumó una doble tarea: la de ser vocero de su ex vocero. El desmesurado dispositivo gubernamental que cubrió la retaguardia de Manuel Adorni no evitó que le llenaran la cara de dedos.

Germán Martínez, jefe de la bancada peronista, amenazó con aplicarle una moción de censura. No sin antes hacerle saber que son sus ministros los que, por lo bajo, lo consideran un salvavidas de plomo, un collar de sandías. Figuras vulgares pero muy gráficas de la consideración que el funcionario goza entre sus pares.

El jueves por la noche, en vísperas del Día Internacional de la Libertad de Expresión, se anunció la reapertura de la Sala de Prensa de la Casa de Gobierno.

El reclamo había sonado fuerte esa misma mañana en la reunión de la Comisión de Libertad de Expresión de Diputados, que funcionó en “modo blue” porque no contó con la convocatoria de su presidente, Guillermo Montenegro, ni con ninguno de los libertarios que la integran.

La buena nueva incluye un bonus track. Manuel Adorni ofrecerá una conferencia de prensa. Empieza su tarea de rehabilitación. Todavía está por verse si recupera su musculatura política.

Manuel Adorni

El recurso del odio que despliega Milei se perfecciona con el recurso del miedo que administra Karina. Los legisladores, como los funcionarios oficialistas, saben bien a qué atenerse.

Es probable que la no tan loca idea de montar una carpa rosa en la explanada de Balcarce 50 para alojar a los acreditados arrojados a la intemperie por una decisión tan antidemocrática como arbitraria haya acelerado los tiempos y obligado a recalcular.

Los arrebatos autoritarios parecen estar encontrando límites en el país del “Nunca Más”.

Hay que reconocer que los anticuerpos de la democracia están latentes, viven en los pliegues escaldados de la piel social.

Las sucesivas entregas de la miniserie de Adorni, sumadas a una micro enrarecida, terminaron por oxidar el instrumental discursivo de la batalla cultural. Se impone ahora encontrar nuevos argumentos para alimentar la épica libertaria.

La incontinencia agresiva presidencial no pega bien con las desventuras de la economía real. En este andarivel todo cruje.

En la segunda parte de los mandatos ya no corre el asunto de la herencia recibida.

¿Quién capitaliza a los desencantados de Milei? Es la pregunta del momento. Estremece pensar en una alternancia que nos regrese al pasado: el infierno más temido.

Entre el redivivo proyecto de Kicillof y la protocandidatura del pastor que no es pastor, corren ideas de laboratorio. Los empresarios reunidos en el Foro de Llao Llao no hablan de otra cosa.

Mantener activo el “riesgo kuka” no ayuda. Es un arma de doble filo. ¿Quién invertiría bajo la posibilidad de que los logros libertarios se reviertan y volvamos al estropicio del populismo económico? Revolear el fantasma K espanta a los inversores.

¿Aparecerá alguien capaz de relevar a Milei asegurando el sostén de los fundamentals de la macro libertaria? ¿Alguien capaz de gobernar con equilibrio fiscal absoluto, ancla monetaria estricta, apertura y desregulación? ¿O solo la renovación del mandato asegura que lo hasta aquí obtenido no será tirado por la borda?

La paciencia social está cayendo. El índice de confianza en el Gobierno que mide la Universidad Di Tella retrocedió en abril a 2,02 puntos, su nivel más bajo desde el inicio de la gestión. Registró una caída mensual del -12,1% y acumula cuatro meses consecutivos en baja.

En relación con las expectativas económicas, se abre una brecha extrema entre optimistas y pesimistas.

Consultoras y analistas coinciden en algo: la macro se mantiene ordenada, pero la micro gana tensión en el día a día. Los ingresos siguen rezagados, los salarios no alcanzan a la inflación, preocupa la fragilidad del empleo y el consumo no logra recuperarse.

Luis Toto Caputo Javier Milei

Entretanto, la macro aporta señales alentadoras. Para abril se espera una inflación del 2,5%, tras el pico de 3,4% de marzo. La inflación interanual se mantiene en la zona del 31 al 33%. El tipo de cambio permanece estable, las reservas brutas subieron y el riesgo país tiende a la baja. La base monetaria continúa en contracción y se sostiene el superávit primario.

La actividad económica, sin embargo, sigue a la baja. La industria permanece en recesión.

En su exposición en la Expo EFI, el presidente libertario reivindicó su derecho a hacer uso para sí de la libertad de expresión en los términos en los que nos tiene acostumbrados. También redujo las dificultades de su gobierno a la perversión de los periodistas que tergiversan la realidad.

En un libro de inminente aparición, titulado Milei, fenómeno verbal, el escritor y periodista Juan José Becerra define a Milei como un político cuya principal herramienta de poder no es inicialmente la estructura partidaria ni la gestión, sino el lenguaje, el espectáculo discursivo y la agresividad retórica.

Becerra vivisecciona a Milei como personaje construido a través de la palabra, cuya forma de hablar modifica las reglas tradicionales del debate político.

La tesis implícita es que el éxito político de Milei se explica en gran medida por su estilo discursivo, que conecta con un clima social de enojo, frustración y deseo de ruptura.

Desde la mirada de Becerra, la eficacia de Milei no reside en la solidez argumental, sino en la intensidad emocional del discurso.

Agresivo, performático, moralizante, la palabra mileísta recurre a la simplificación extrema, haciendo uso sistemático del antagonismo y reduciendo las ideas complejas a consignas tan breves como punzantes.

Milei no discute: monopoliza la palabra. La política deja de ser deliberación para ser espectáculo.

El autor sostiene que Milei ajusta su figura a una demanda social que buscaba confrontación y dramatismo, más que explicaciones técnicas. Se autoconstruye a partir de la palabra, capitalizando el enojo, frustración y descontento social.

Si el poder de su lenguaje se potencia en el contexto social, cabe preguntar qué pasará ahora si la dirección del enojo se revierte y lo confronta.

El estilo comunicacional de Milei puso en crisis el debate democrático. Sacar del medio al periodismo profesional y a los medios que lo contienen es parte de una estrategia.

El otoño encuentra al gobierno libertario en un punto de inflexión. La retórica, hasta ahora, fue combustible político. Pero la economía real no se alimenta de palabras. Cuando el malestar social se instala, ya no alcanza con administrar el enojo ni con disciplinar voces críticas. Llega el momento en que los resultados dejan de ser promesa y pasan a ser exigencia.

Aulas, celulares y alumnos