Malvinas, dominós y carambolas
La filtración de un memo interno del Pentágono sugiriendo que la Administración Trump podría revisar el apoyo histórico de EE.UU. a Gran Bretaña sobre las islas Malvinas, alentó las especulaciones sobre un posible “cisne negro” -o ventana de oportunidad- favorable a nuestro país. Esta hipotética revisión estadounidense, en represalia por la falta de respaldo del Reino Unido a las operaciones de Washington contra Irán, posicionaría a las Malvinas como una inesperada ficha de cambio en las tensiones internas dentro de la OTAN.
Tal vez la lectura del Gobierno pueda estar vinculada con la ambiciosa pretensión de romper con la tradición pendular en el tratamiento del tema. Sin embargo, lo que se postula como un cambio de paradigma podría también interpretarse como un nuevo movimiento de ese mismo péndulo. En esta visión, entre el aislamiento soberanista y el pragmatismo, lo que se estaría ensayando ahora es fijar la posición en un solo extremo del tablero, combinando una re-versión de la “teoría del dominó” con una riesgosa “lógica de la carambola”.
La teoría del dominó, nacida en la Guerra Fría para evitar la caída de fichas nacionales ante el comunismo, resurge hoy en el discurso de Milei como una “barrera de valores”. Al alinearse de forma incondicional con Estados Unidos e Israel, la Argentina se estaría posicionando como la “ficha de contención” frente al avance de bloques antagónicos en el Atlántico Sur, atrayendo inversiones y modernización militar bajo el paraguas estadounidense.
En esta visión, ser el aliado más estrecho de la principal potencia de Occidente sería condición necesaria para que el mundo deje de ver a la Argentina como un país imprevisible. La presencia de Milei en el portaaviones nuclear USS Nimitz, en el marco de los ejercicios militares conjuntos en aguas del Atlántico Sur, y a pocas horas de conmemorarse el hundimiento en esas mismas aguas del Crucero General Belgrano a manos de las fuerzas británicas el 2 de mayo de 1982, es otro gesto en esa dirección.
Aquí entra “la lógica de la carambola”. Como un reclamo directo suele terminar en un callejón sin salida, se apelaría entonces a una vía indirecta: golpear primero la bola de la reforma económica para que impacte en la del alineamiento geopolítico y la afinidad ideológica entre la Casa Rosada y la Casa Blanca.
La carambola consistiría, entonces, en capitalizar el deterioro de la “relación especial” anglo-estadounidense. Mientras Londres se distancia de los objetivos bélicos de Trump en Medio Oriente e Irán, una Argentina alineada se volvería un socio más atractivo y menos conflictivo para los intereses estratégicos de la Casa Blanca.
Un atisbo de avance en las aspiraciones argentinas se alcanzaría de tal modo no por la fuerza, tampoco por la sola insistencia en el reclamo multilateral, sino por un rebote del realismo político: un Washington que, para castigar a un aliado desleal o premiar a un socio incondicional, decide finalmente dejar de considerar a las Malvinas como un enclave británico, para incluir a las islas en el mapa del hemisferio occidental, en sintonía con el corolario Trump de la Doctrina Monroe.
¿Genialidad táctica o, simplemente, otro atisbo de oscilación audaz, en un tablero internacional que no perdona los errores de cálculo? La ratificación de la amistad histórica entre Gran Bretaña y los EE.UU. en la visita a Washington del rey Carlos sirvió para recordar la diferencia entre simpatías personales o ideológicas entre los líderes y los intereses estratégicos de los estados.
Seguir la lógica de la carambola conlleva sus riesgos y posibles efectos colaterales. A 44 años del conflicto bélico en el Atlántico Sur conviene recordar adónde condujeron las evaluaciones erróneas y decisiones aventuradas.
Y una digresión final respecto del portaaviones Nimitz al que se subió el Presidente y el Crucero General Belgrano. Si bien pertenecen a épocas y tecnologías muy distintas, existen paralelismos curiosos a ambos buques de guerra a través de la historia naval.
Ambos nacieron en astilleros de Estados Unidos como símbolos de vanguardia tecnológica en su momento. El Belgrano (llamado originalmente USS Phoenix) fue un exponente de los cruceros ligeros de preguerra, sirviendo activamente durante casi 44 años entre 1938 y 1982. El Nimitz ha superado esa marca, cumpliendo más de 50 años de servicio, entre 1975 y la actualidad, representando la longevidad extrema de las plataformas navales de ese país.
Ambos buques cargan también con un peso simbólico enorme para sus respectivas naciones: El Phoenix (Belgrano) fue un "sobreviviente" de Pearl Harbor, saliendo indemne del ataque que cambió la historia de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial. El Nimitz es el sobreviviente de la era de la Guerra Fría, habiendo evitado conflictos directos de gran escala pero proyectando poder durante décadas como el buque insignia de la hegemonía estadounidense.
Aquí es donde sus historias se cruzan conceptualmente a través de la tecnología.
El Nimitz es un portaaviones de propulsión nuclear, diseñado para dominar los océanos sin depender de combustible fósil. El Belgrano fue hundido precisamente por un submarino nuclear británico (el HMS Conqueror). Este suceso marcó un hito histórico: fue la primera (y única) vez que un submarino de propulsión nuclear hundió un buque de guerra en combate.
Finalmente, el destino los une en la geografía. El Belgrano descansa para siempre junto a sus tripulantes en el fondo del Atlántico Sur, cerca de la Isla de los Estados. El Nimitz, en su viaje de despedida antes del desmantelamiento (ya lo había hecho hace dos años también), navegando por las mismas aguas donde el crucero argentino operó durante su última misión.
Ambos representan el fin de sus respectivas eras: El hundimiento del Belgrano marcó el final de la era de los grandes cruceros de artillería en combate real. El retiro del Nimitz (previsto para marzo de 2027, inicia el cierre de la clase de portaaviones más exitosa de la historia, dando paso definitivo a la nueva “clase Gerald R. Ford”: el nuevo portaviones que lo reemplazará llevará el nombre -no de Donald Trump (aunque ganas seguramente no le falten al actual mandatario estadounidense) sino- de John F. Kennedy.
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