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infobae.com · hace 4 horas · Felipe Montes de Oca

A un año de la partida de Francisco, llegó la hora de hacer lío

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Para la Argentina, la figura de Francisco no puede quedar reducida al orgullo de haber tenido un Papa propio ni a la disputa pequeña sobre si fue más progresista, más conservador o más incómodo para unos que para otros.

Francisco deja algo bastante más desafiante: una interpelación política y moral sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo.

Durante años se repitió su llamado a “hacer lío” como si hubiera sido apenas una frase afortunada dirigida a los jóvenes. Pero Francisco nunca habló del desorden por el desorden mismo. En Río de Janeiro, cuando se encontró con los jóvenes argentinos, ese llamado estuvo unido a una exhortación más concreta: no dejarse excluir, cuidar a los jóvenes y a los mayores y no “licuar” la fe.

Años después, en Christus vivit, volvió sobre la idea en un tono todavía más exigente: “hagan lío”, sí, pero también echen fuera los miedos que paralizan y no se jubilen antes de tiempo.

Leído desde la Argentina de hoy, su legado adquiere una densidad especial. En un país atrapado hace demasiado tiempo entre la urgencia económica, la fragmentación política y la incapacidad de pensar a largo plazo, Francisco deja una pregunta incómoda: si no somos capaces de reconstruir comunidad, horizonte y responsabilidad intergeneracional, ¿qué futuro común estamos defendiendo?

Francisco entendió, antes que muchos, que la gran crisis contemporánea no era sólo económica ni institucional. Era también una crisis espiritual, afectiva y antropológica. Una época con más conexión y menos encuentro; con más estímulos y menos sentido; con más opinión y menos juicio. Por eso habló tanto de descarte, de fraternidad, de escucha, de amistad social, de cultura del encuentro.

Esa mirada, además, no quedó encerrada en los temas clásicos de la doctrina social. Francisco fue una de las pocas figuras globales que intentó pensar con seriedad el impacto político y antropológico de las nuevas tecnologías. En su intervención ante el G7 en 2024 sostuvo que la inteligencia artificial es una herramienta fascinante y temible a la vez, y advirtió sobre la necesidad de preservar un ámbito de decisión propiamente humano.

Esa mirada no perdió actualidad. Al contrario, hoy se volvió más urgente. La inteligencia artificial, el desgaste del trabajo como organizador de la vida, la dificultad de acceso a la vivienda y la fragmentación del espacio público están achicando el horizonte biográfico de millones de jóvenes. Francisco no eligió ni el entusiasmo ingenuo ni el rechazo reflejo. Eligió una pregunta más exigente: ¿qué tipo de humanidad queremos preservar cuando casi todo empuja a reemplazar juicio por cálculo, vínculo por interfaz y comunidad por conexión?.

El problema es que vivimos tiempos en los que se achica el horizonte de lo posible. A una generación entera le cuesta imaginar trabajo estable, vivienda propia, comunidad duradera y proyecto de vida. Y cuando una sociedad deja de ofrecer futuro, no solo se empobrece materialmente: se vuelve vulnerable al cinismo, al sálvese quien pueda y a la resignación.

Por eso me parece que la discusión sobre Francisco no debería quedar encerrada en si fue querido por unos o resistido por otros. La pregunta más interesante es otra: ¿qué significa “hacer lío” en un país en el que la política muchas veces administra daños, la sociedad se fragmenta y los jóvenes viven entre la hiperestimulación digital y la incertidumbre material?

La primera: volver a tomarnos en serio la idea de futuro. Francisco nunca fue un nostálgico. No hablaba para restaurar un pasado idealizado, sino para empujar a la acción.

A los jóvenes no les pedía resignación ni prudencia pasiva: les pedía vida, coraje y movimiento. “no tanto con la voz sino con la vida y con el corazón”.

La segunda: reconstruir comunidad real. En un mundo organizado alrededor del rendimiento individual, insistió en el encuentro entre generaciones, en la memoria, en la amistad social y en la necesidad de no abandonar ni a los jóvenes ni a los mayores. Esa insistencia hoy tiene una enorme potencia política. Porque una democracia puede tener elecciones, partidos y procedimientos; pero si pierde la capacidad de producir vínculos, responsabilidad compartida y conversación entre generaciones, se vuelve cada vez más frágil.

La tercera: volver a unir fe y cuestión social. Y esto lo digo en primera persona, como católico. La fe, para Francisco, nunca fue un refugio íntimo para desentenderse del mundo. Siempre fue una llamada a intervenir en él. Por eso hablaba de descarte, de periferias, de tierra, techo y trabajo.

Por eso incomodó tanto: porque rechazó una religiosidad decorativa y una política sin compasión. Para los jóvenes argentinos, eso debería traducirse en una tarea concreta, la de volver a pensar empleo, vivienda, desarrollo y tecnología desde la dignidad humana, no desde la comodidad de los slogans ni desde el utilitarismo frío que reduce a las personas a piezas reemplazables.

La cuarta: perderle el miedo a la palabra “utopía”. Y acá acaso esté lo más urgente. Vivimos en una época que se presenta como realista, pero muchas veces solo sabe administrar resignación. Nos pide adaptación permanente, pero no ofrece horizonte. Nos promete eficiencia, pero no sentido. Nos conecta, pero no necesariamente nos reúne. Francisco vino a recordarnos que una sociedad sin esperanza se vuelve dócil; y que una generación sin ambición moral termina creyendo que madurar consiste en esperar cada vez menos.

Ahí, para mí, está el gran desafío argentino a la luz de Francisco. No convertirlo en estampita, no usarlo para una disputa menor, no domesticar su incomodidad. Tomarlo en serio. Y tomarlo en serio, para los jóvenes, exige algo más que admiración: exige tarea.

Si somos capaces de leer así a Francisco, entonces su legado no va a quedar atrapado en la nostalgia ni en el ceremonial. Puede convertirse en una tarea generacional.

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