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lanacion.com.ar · hace 8 horas · Pablo Mendelevich

Magnicidas marxistas y lobos solitarios

LA NACION

Unos minutos después de que Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, culpara al “culto de odio de la izquierda” por el atentado contra Donald Trump ocurrido en el hotel Hilton de Washington, Javier Milei se solidarizó el lunes con el presidente norteamericano en su discurso en la cena anual de la Fundación Libertad con estas palabras: “el marxismo no tiene ningún problema en matarnos si les es necesario”.

Sin embargo, el fin de semana pasado fuentes oficiales y del Servicio Secreto desestimaron la hipótesis de un complot y se pronunciaron en favor de la teoría del lobo solitario, un individuo que ataca solo, sin pertenencia a una agrupación terrorista o facción política.

El propio Trump declaró: “el tipo está enfermo”. Antes de acusar a la izquierda, la secretaria de prensa Leavitt había descripto a Colen Thomas Allen en un tuit como “un loco depravado”. Lo de depravado podría estar relacionado con un manifiesto preliminar atribuido a Allen en el que éste, que se autotitula allí con el oxímoron “asesino amistoso”, parece acusar a Trump, entre otras cosas, de pedófilo y violador.

El domingo, al ser entrevistado en la CBS por la periodista Norah O’Donnell, Trump se molestó cuando ella le leyó un fragmento del manifiesto (“estaba esperando que leyeras eso; sabía que lo harías porque sos una persona horrible”, le dijo), pero aun así el presidente respondió a la acusación. “Yo no soy un violador, no violé a nadie”. Acto seguido vinculó a la entrevistadora con los demócratas y a estos con Epstein, nombre endiablado que a partir de la palabra pedófilo sobrevolaba la conversación pero que el aspirante a magnicida no había mencionado en forma explícita en su manifiesto.

De acuerdo con las primeras investigaciones, tras su peculiar, precaria tentativa, el joven Allen dejó casi tan claro como lo hiciera hace 45 años el también californiano John Hinckley Jr. que su decisión de asesinar al presidente era algo personal, no un suceso político organizado por un grupo. Hinckley, curiosamente en ese mismo hotel Hilton de la capital de Estados Unidos, aunque no adentro sino en la puerta, en 1981 le metió un balazo (de rebote) a Ronald Reagan, quien venía del mismo salón en el que Trump estaba el sábado. Reagan sobrevivió gracias a que la bala se alojó a dos centímetros y medio del corazón. Luego el tirador explicó que su única intención era impresionar a la actriz Jodie Foster.

En el atentado también hirió gravemente a James Brady, secretario de prensa de Reagan -lo dejó en silla de ruedas por el resto de su vida-, pero Hinckley, declarado demente, no fue a la cárcel sino a un instituto psiquiátrico. Hoy, a los 70 años, goza de libertad incondicional y se dedica a la música.

Los líderes políticos muy custodiados, en teoría pasibles de que alguien quiera matarlos, obviamente tienen temor y aversión a los magnicidios pero sobre todo detestan la subcategoría lobos solitarios, que ni siquiera alcanza la estatura de enemigos motivados por pasiones políticas extremistas.

Quien mejor lo dejó en evidencia fue Cristina Kirchner con sus ingentes esfuerzos para convencer a la Justicia -sin éxito- de que el atentado del que ella fue víctima respondió a una importante conspiración política y judicial y no a una determinación autónoma de “los Copitos”, vulgar pandilla de marginales sin consistencia ideológica alguna a la que pertenecía Fernando Sabag Montiel, autor material del disparo que no salió. Quizás fue para realzar con algo tangible un momento tan dramático como políticamente hueco que el presidente Alberto Fernández dispuso ipso facto paralizar el país. “Declárase feriado nacional el día 2 de septiembre de 2022 a fin de que el pueblo argentino pueda expresar su más profundo repudio al atentado contra la vida de la vicepresidenta de la Nación”, decía el decreto de Fernández. Hasta donde se sabe, se trató del único feriado de la historia del mundo tributado a un magnicidio fallido.

Parecería ser que en la mente de un político la causalidad explica y organiza casi todo lo que sucede en el Universo, el cual se mueve, según esta concepción, debido a la inagotable, multiforme y va de suyo que a veces inescrupulosa pelea por el poder. Una conspiración representa entonces una ondulación natural del paisaje, no así las complejidades psiquiátricas de las personas, asunto que se dirime en campo ajeno. “El marxismo no tiene ningún problema en matarnos”, dice Milei sin que Marx hubiera sido mencionado con algún fundamento en el país donde ocurrieron los hechos. Claro, hay que incorporar en el análisis el factor odio. Ahí la subjetividad despliega sus alas.

La teoría dice que el odio es el caldo en el que se robustece la violencia política. Pero lo común es que los que odien sean los otros. Los presidentes que utilizan a diario un vocabulario extremista, descalificador, agresivo, nunca se hacen cargo de ningún clima ni de las consecuencias del tono que le imprimen a la conversación política ni de la mayor responsabilidad que les cabe como cabezas del Estado. Lo que para nada quiere decir que haya que reprocharles en forma directa una incitación a armarse.

La retórica intolerante de las redes podría explicar la multiplicación de asesinos de figuras públicas si no fuera porque entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX hubo en Europa una epidemia de magnicidios y entonces nadie tenía tuiter, Instagram, Facebook ni Whatsapp.

Marie Francois Sadi Carnot, uno de los presidentes más populares de Francia, fue apuñalado en 1894 en Lyon por Sante Geronimo Caserio, quien luego sería guillotinado. Antonio Cánovas del Castillo, presidente del consejo de ministros de España, fue muerto en 1897 de tres balazos por Michele Angiolillo, sentenciado al garrote vil.

A Isabel de Baviera, más conocida como Sissi, emperatriz de Austria, en 1898, mientras paseaba por el lago Leman le clavó un estilete Luigi Lucheni, quien al ser condenado a cadena perpetua exigió la pena de muerte. Como le dilataron la respuesta se colgó en su celda con un cinturón.

En 1900 el rey de Italia Humberto I fue asesinado a tiros por Gaetano Bresci. En 1901 William McKinley se convirtió en el tercero de los cuatro presidentes asesinados en Estados Unidos (los otros tres fueron Abraham Lincoln, James A. Garfield y John Kennedy). En 1908 en Portugal mataron a Carlos I y su heredero Luis Felipe. Al año siguiente en Buenos Aires, más precisamemente en Callao y Quintana, fue asesinado el coronel Ramón Falcón, jefe de la policía de la Capital mediante una bomba arrojada en su carruaje por Simón Radowitzky, inmigrante ruso de 18 años, quien por ser menor de edad evitó la pena de muerte. Pasó 21 años en prisión (la mayor parte en Usuahia), fue indultado por Yrigoyen, luchó con los republicanos en la Guerra Civil Española y murió en 1956 en México.

Todos estos asesinatos fueron cometidos por anarquistas, quienes consideraban legitimo un acto violento contra un símbolo de poder y pretendían incitar a las masas a sublevarse. Pero algunos anarquistas en forma individual vengaban actos concretos de injusticia.

El magnicidio del siglo XX con mayores consecuencias -cayeron el imperio alemán, el austrohúngaro, el Otomano y el ruso-, el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, no fue de marca estrictamente anarquista sino nacionalista. Gavrilo Princip era un serbobosnio de 19 años que buscaba liberar a los eslavos del sur del dominio austrhúngaro para unirse a Serbia.

Aunque varios presidentes argentinos sufrieron atentados -entre otros Sarmiento, Yrigoyen, Roca, Quintana, Victorino de la Plaza, Alfonsín dos veces, también Videla tres veces- sólo prosperaron dos magnicidios contra sendos expresidentes: el de Urquiza, en 1870, y el de Aramburu, justo cien años después.

Aramburu no fue asesinado por el marxismo sino por Montoneros, la guerrilla peronista. Mal que le pese a Milei, el marxismo clásico históricamente rechazó el magnicidio y el terrorismo individual como motores de cambio porque sostenía que el cambio social dependía de la lucha de masas, no de eliminar a una persona. Desde luego, eso no significa desconocer que Stalin haya mandado a matar a León Trotsky, que las Brigadas Rojas hayan asesinado a Aldo Moro o que en la Argentina no hubieran existido los atentados perpetrados contra altos funcionarios por el ERP y por otras organizaciones guerrilleras de origen marxista.

Ahora bien, ¿existen modelos acabados del magnicida? Todo el mundo sabe quién fue Lee Harvey Oswald, ícono del magnicida solitario, significativamente transfigurado con el tiempo en eslabón de una conspiración mayúscula que ahora se cree que incluyó a la CIA. Oswald, esto quizás hay que refrescarlo, fue el primer hombre asesinado en vivo por televisión, lo cual ocurrió sólo veinticuatro horas después de que fuera acusado de matar a Kennedy. Pero muy pocos se acuerdan de Hinckley y sobre todo de que antes de dispararle a Reagan fue quince veces al cine a ver Taxi driver. Estaba labrando su obsesión con Jodie Foster, quien hacía de una prostituta de apenas trece años, su edad real en el momento de la filmación.

En la maravillosa película de Martin Scorsese, Robert De Niro es Travis Bickle, un taxista que estuvo en Vietnam y que precisamente se obsesiona con una joven voluntaria de una campaña política llamada Betsy (Cybill Shepherd) a la que no consigue encantar. Frustrado, el taxista Bickle busca algo trascendental y planea un atentado contra un candidato a presidente.

Scorsese contó que el guión se inspiró en Arthur Bremer, quien sin un fin político claro, sólo imbuido de un deseo de notoriedad, pensó en 1972 en asesinar al presidente republicano Richard Nixon, pero cuando vio lo difícil que era se resignó a matar al candidato demócrata George Wallace. La pérdida de entusiasmo quedó plasmada en su diario: “ni siquiera mereceré una interrupción de la televisión en Rusia cuando se dé a conocer la noticia: nunca han oído hablar de Wallace”.

Para instruirse sacó dos libros de la biblioteca pública sobre el asesinato del senador Robert Kennedy por Sirhan Sirhan, se fue a un mitin de Wallace en Maryland, lo aplaudió a rabiar, lo vivó, y después le metió cuatro tiros. Wallace quedó paralítico para siempre. Su carrera hacia la presidencia fue cancelada. Murió en 1998. Bremer salió de la cárcel en 2007. El año pasado finalizó su libertad condicional.

Como si se tratara de un dibujo de Escher, la ficción se copió de la realidad, la realidad copió a la ficción y ya no se sabe cuál escalera sube y cuál baja. Esto sin historiar las reacciones del poder delante de cada suceso, muchas de ellas aleccionadoras. Baste una anécdota para cerrar este racconto. Según las grabaciones de la Casa Blanca que se conocieron gracias al caso Watergate, después del atentado de Maryland, Nixon y un alto asesor enviaron a un agente a la casa de Bremer a plantar literatura de izquierda para vincularlo con el ala radicalizada de los demócratas. La operación fracasó porque el departamento estaba muy vigilado por el FBI.

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