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lanacion.com.ar · hace 8 horas · Carlos A. Mutto

Los memes y videojuegos de propaganda deshumanizan la guerra

LA NACION

Las futuras generaciones probablemente nunca le perdonarán a Israel, Irán y Estados Unidos haber atravesado el Rubicón moral que ninguna otra civilización se había atrevido a violar: deshumanizar el significado de la guerra hasta infantilizarlo y convertirlo en una especie de videojuego festivo y de apariencia inofensiva.

Es cierto que “la guerra es un fenómeno ajeno que tiene un interés relativo hasta que las bombas comienzan a caernos sobre la cabeza”, según la frase erróneamente atribuida con frecuencia a Albert Camus. Esa inexactitud no suprime la pertinencia del reproche contra esos nuevos memes o videos humorísticos que satirizan el comportamiento de los dirigentes políticos, parodian los bombardeos sobre poblaciones civiles, ridiculizan la supremacía militar o caricaturizan el temor que inspiran las amenazas. Las sonrisas o las carcajadas relegan y sepultan –la expresión es justa– las muertes y destrucciones apocalípticas que causan los bombardeos. Desde América o Europa es fácil reírse con los memes. Las víctimas, en cambio, interpretan esa frivolidad occidental como una actitud de menosprecio.

El humor fue siempre un arma de guerra, sobre todo a partir de las aventuras napoleónicas del siglo XIX. Por razones técnicas, ese fenómeno estuvo tradicionalmente limitado a la prensa escrita o los medios audiovisuales, y recién alcanzó una difusión universal con la llegada de las nuevas tecnologías y las redes sociales. “La propaganda evoluciona con los sistemas de comunicación que la vehiculan”, explicaba el famoso teórico de la alienación social Jacques Ellul en los años 1960, una época en la cual aún no existían Facebook, Twitter, TikTok ni Instagram. El gran salto, conocido como la Revolución Twitter, comenzó en la práctica con la Primavera Árabe de 2011.

Años después, en 2022, la agresión rusa a Ucrania popularizó en las redes sociales un videojuego inspirado en las hazañas de un piloto de caza denominado el “Fantasma de Kiev”, que supuestamente había sido capaz de derribar cinco MiG rusos en un solo día. El problema es que ese héroe nunca existió. La leyenda, concebida para galvanizar el espíritu de resistencia de la población, totalizó 200 millones de “vistas” en TikTok con una estética que reproducía casi con exactitud una batalla aérea real, pero utilizaba los códigos visuales y narrativos de los videojuegos profesionales. Esa experiencia inicial permitió observar los primeros deslices éticos, que llegaron a un punto crítico cuando ciertos círculos de internautas comenzaron a teorizar la “estética sensual de la guerra”.

El derrumbe de los últimos diques morales de contención, acompañado por la pérdida de respeto de ciertas normas de comportamiento, explica el tono de reality show que invadió la política, la diplomacia mundial e incluso la guerra. Algunas negociaciones cruciales se desarrollan en público, como el abyecto diálogo entre los presidentes Donald Trump y Volodimir Zelensky, transmitido en directo desde el Salón Oval de la Casa Blanca al resto del mundo. Hasta el momento en que Vladimir Putin llegó al poder en Rusia, en 2001, las amenazas o ultimátums nucleares entre potencias circulaban por canales discretos y luego permanecían en secreto durante años. El pudor político en cuestiones que ponen en juego miles de vidas desapareció a partir de la guerra de Ucrania. Desde ese momento, el líder del Kremlin lanzó “más de una decena” de amenazas nucleares (tres explícitas y seis retóricas), según un paper del Institute for International and Security Affairs de Alemania (SWP), sin hablar de las innumerables “advertencias” pregonadas por otros altos personajes del régimen, como el vicepresidente del Consejo de Seguridad, Dmitri Medvedev, el canciller Serguei Lavrov o el portavoz Dmitri Peskov.

La pérdida de pudor moral quedó en evidencia en 2022 en momentos en que el mundo vivía bajo la intimidación nuclear. Mientras los generales rusos estudiaban diferentes escenarios de ataque, la mensajería Telegram –creada en Rusia, y ahora radicada en Dubái– lanzó una iniciativa desconcertante: en caso de explosión nuclear, propuso organizar una orgía gigante de protesta antinuclear en la colina boscosa de Chtchekavitsa, cerca de Kiev, en la cual se inscribieron 15.000 ucranianos, según el sitio libertino Vice. Un código dibujado en las manos permitía indicar sus preferencias sexuales.

Pero, donde el reality show desbordó todos los límites de decencia fue en el terreno militar. Los dos años y medio de la guerra de Gaza entre las fuerzas israelíes y el movimiento palestino Hamas suscitaron una profusión sin precedentes de imágenes reales de bombardeos, atentados, ataques, operaciones armadas, represalias, destrucciones y hambruna de la población civil que –para decirlo en pocas palabras– avergonzó la dignidad humana. Todo eso fue transmitido por televisión en directo y, con frecuencia, las “victorias” eran festejadas con humor a través de memes y videos humorísticos.

El conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán propulsó al mundo al mismo paroxismo incontrolable que en vísperas de la Segunda Guerra Mundial indujo a Walter Benjamin a interrogarse sobre la naturaleza humana, capaz de haber llegado al extremo de “vivir su propia destrucción como un placer estético”. Millones de personas en todo el mundo se fascinaron con decenas de videos generados por inteligencia artificial (IA) o fusiones de IA con juegos como Arma 3 o War Thunder, en los cuales los beligerantes aparecían representados por figurines de Lego –grotescos e inexpresivos– que ofrecían una perfecta deshumanización de la guerra. En pocos días, las redes sociales fueron inundadas por imágenes de muñecos Lego que representaban a Donald Trump o al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

A un hombre como Trump, frecuentemente descrito como un psicópata narcisista, ese recurso transaccional le permite alimentar su ego desmesurado de poder, transfigurarse en rey, en papa, o incluso mostrarse sin complejos con Jesucristo. El presidente, que eludió todas las responsabilidades militares de su vida con justificativos médicos, no se ruborizó en dejarse mostrar como un émulo de Top Gun al comando de un F-18, o como personaje del film Apocalypse Now. Peor aún: en una de esas breves historias extravagantes de extremo realismo, concebidas por la IA al estilo de los videojuegos, aparece piloteando un avión que descarga toneladas de excremento sobre una concentración opositora en Nueva York. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, se dejó llevar por el entusiasmo y alardeó que los videos sobre la operación Epic Fury en Irán habían generado más de 2000 millones de vistas.

El autor británico Ben Coates fue acaso quien mejor describió la alianza obscena entre las redes sociales y los smartphones, que “desplazó la guerra a la palma de la mano”. Con mucha frecuencia, conjeturó: “El objetivo no es informar, sino divertir”.

La distracción bajo las bombas, nueva droga de ludismo participativo (gamification), es una tendencia consolidada que parece alcanzar niveles inquietantes para el futuro de la sociedad humana. Los Estados, en general, apelaron a ese recurso porque opera como un acelerador de propaganda que, por lo demás, erosiona la realidad, permite aceptar conflictos graves e insensibiliza la capacidad de percibir la guerra como un acontecimiento excepcional y trascendente porque complica la distinción entre verdad, ficción y manipulación.

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