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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

Chiqui Tapia volvió a burlarse del reglamento. ¿Y si lo tiran, y listo?

Gonzalo Abascal

Un detalle sin importancia, podría pensarse. Y allí, justamente en esa idea, está la trampa.

Veamos: la AFA anunció la programación de la fecha del fin de semana, que definirá ocho clasificados para los octavos de final de la Copa de La Liga.

Primera anormalidad, propia del caos. La fase inicial termina con la fecha 9 y no con la 16, como debería. Los partidos que se jugarán entre sábado y lunes próximos son los que se postergaron por el paro convocado en marzo. El paro, como se da cuenta hasta el más distraído, no sirvió para nada. Pero esa es otra historia.

Bien, el reglamento indica que los partidos que definan clasificaciones a instancias posteriores (por ejemplo, octavos de final) deben jugarse el mismo día a la misma hora para evitar cualquier posibilidad de ventaja deportiva.

Pero, también ya lo sabemos, la AFA de Tapia y Toviggino nunca no se burla de los reglamentos sobre la marcha. No vale la pena repetir la secuencia de cambios porque es conocida, pero desde 2018 a la fecha se acumulan una decena de alteraciones, entre ellos anular los descensos varias veces y en diferentes categorías, y decretar campeón a Rosario Central en una definición cargada de dramatismo en una oficina.

Frente a esto, lo de la programación de la fecha, que por supuesto no se jugará el mismo día a la misma hora, parece cosa de chicos. Pero es al revés. Porque se permiten cambios de aparente menor importancia, después los Tapia de la vida se sienten autorizados a toquetear todo. La degradación de las normas es un proceso incremental.

Acá vale la pena hacer un punto y plantearse porqué existe un reglamento. No se trata de ponerse filosóficos (no se vaya, lector), pero sí de intentar entender.

Para que un sistema de reglas fracase deben darse una serie de condiciones, entre ellas las siguientes: sancionar reglas retroactivas, convertir a la legislación en una estructura inestable y propiciar la divergencia entre lo establecido y la práctica de las autoridades. Lo escribió el filósofo jurídico norteamericano Lon Fuller en 1964. Y aunque parezca que sí, no conocía ni hablaba de la AFA. Seguramente Tapia y Toviggino tampoco conocen a Fuller, alejados de ambiciones menos tangibles que las materiales.

¿Qué pierde un sistema cuando las reglas se vulneran continuamente? Legitimidad. ¿Y qué ocasiona la pérdida de legitimidad? Desconfianza institucional.

La fecha se jugará, algunos equipos clasificarán, otros no, y luego comenzarán los octavos de final. Y todo seguirá como siempre, también podría pensarse.

Pero no. Esa es la segunda trampa. La AFA, a nadie se le escapa, es investigada por corrupción en el manejo de su dinero. Cientos de millones de dólares de origen y destino sospechosos. Es un tema de la Justicia y, si no avanza, habrá que mirar seriamente al ministro Juan Bautista Mahiques.

Pero como organizadora del fútbol, sobre todo se sostiene y toma decisiones que afectan su capital social -el más importante, porque sin el no habría dinero-, formado nada menos que por la pasión, la credibilidad y la confianza de hinchas y futbolistas, básicamente. Ese capital no se custodia en los Tribunales, pero sí se puede proteger desde las tribunas, en la posibilidad de expresar los desacuerdos con las arbitrariedades permanentes. Para ejemplificarlo futboleramente, con expresiones espontáneas como las que se escucharon en los estadios últimamente.

No son cantos para sentirse orgullosos, pero incluso quizás sean benévolos con quienes rompieron todo.

Gonzalo Abascal

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