Elon Musk y los pronósticos de un inminente postcapitalismo
Lo único que no se debería hacer con el legendario Elon es ignorarlo. Sabemos que su mente funciona a otra velocidad, que sus conexiones neuronales fluyen sin filtros y que no se trata de un predicador en la comodidad de su fortuna, ya que suele jugarse la piel (y su capital) en sus proyectos e iniciativas. Pero claro, tampoco estamos ante un profeta que revele verdades y pronósticos infalibles.
Sin dudas, Elon nos desafía a pensar. Hace ya un buen tiempo que viene generando un desafío abierto, hasta ahora muy poco correspondido por academias, círculos de innovación, líderes y organizaciones de cualquier índole. El desafío de pensar diseños posibles para ese sistema postcapitalista que podría emerger si la abundancia que promete la inteligencia artificial combinada con las capacidades humanas llega a ser el nuevo patrón de organización económica y barre con las leyes de la escasez y los modelos de mercado basados en valor y precios que hasta ahora hemos conocido.
Días atrás, Musk ha agitado nuevamente uno de los desafíos existenciales que nos convocan: una economía de abundancia motorizada por el despliegue de la IA no necesitará que todos los seres humanos trabajemos. De hecho, no habrá trabajo para todos. El Estado deberá hacerse cargo de distribuir la abundancia entre la ciudadanía y la impresión de dinero ya no tendrá el obstáculo de la inflación, dado que la oferta de bienes y servicios será infinita. Hay Elon!! ¿No tenemos demasiados líos por resolver como para que nos metas en semejante brete?
Si, tenemos una enorme cantidad de temas obsoletos o decadentes a los que debemos consagrarnos en esta tercera década del Siglo 21 en la que todo parece cambiar tan velozmente. Pero el planteo de Elon es imprescindible. Nos enfrenta a grandes preguntas que debiéramos intentar responder: ¿Podemos pensar sistemas económicos y sociales viables y justos si ese paradigma de abundancia tan disruptiva llega a ser realidad en el futuro próximo? ¿Podemos asumir el reto de pensar sistemas económicos postcapitalistas sin que ello signifique caer en etiquetas contrarias a la libertad y la creación de valor empresarial? ¿Podemos imaginar sociedades donde el trabajo humano deje de ser el principal mecanismo de acceso al ingreso, identidad, movilidad social y ciudadanía? Renunciar a hacerlo sería irresponsable, dado que es uno de los escenarios posibles hacia adelante.
El sistema capitalista, con sus variantes y matices en las distintas regiones, ha sido virtuoso para elevar el bienestar y progreso de las mayorías. Aún bajo la cuenta pendiente de la expansión de desigualdades en las últimas décadas. Es contrafáctico pero no por ello inútil preguntarse ¿Cómo podría la Humanidad haber llegado hasta acá sino hubiera sido por el concurso del capital puesto al servicio de la iniciativa privada para crear valor, empleo y progreso? Con todas sus falencias y desequilibrios, sería necio negar que personas y sociedades han logrado mayor acceso a bienes y servicios, vidas más largas y mayores oportunidades de progreso gracias a la dinámica virtuosa que la libertad, la innovación empresarial y la competencia de propuestas de valor fueron generando. Mucho más aún cuando esas dinámicas lograron ser enmarcadas y acompañadas por Estados dotados de inteligencia y transparencia.
Pero todo ello tiene sentido y mantiene vigentes las propuestas de “mejorar el capitalismo” mientras la economía siga orquestada alrededor de los eslabones de productividad, empleo, salario, consumo y crecimiento. Con buenas prácticas e instituciones bien diseñadas, el modelo siempre respondía: innovación y tecnologías mejoraban la productividad, ello disparaba crecimiento de la producción y de los salarios, baja de precios que alimentada la mayor demanda en todos los mercados y, consecuentemente más empleo. Bien implementada, la ecuación siempre empujaba al progreso.
Debemos trabajar en serio la hipótesis de que todo ello pueda estar cambiando agresivamente. Es evidente que la inteligencia artificial en este loop de innovación exponencial en el que estamos embarcados agrega un nuevo factor al sistema económico: tecnologías capaces de producir bienes y servicios de manera autónoma o con niveles variables de participación, control y supervisión humanas. En la gran mayoría de las industrias, actividades y profesiones. Y en espera aún de los niveles más avanzados de la economía agéntica, la robótica humanoide y el pronóstico de la tan mentada inteligencia artificial general que nos llevaría al escenario de la singularidad.
Para profundizar en esta hipótesis, evitando pronósticos simplistas de colapsos distópicos pero también de idílicos marcos de felicidad propulsada por vidas libres del trabajo asalariado y las presiones de la productividad, debemos ampliar la mirada y pensar al menos como podrían organizarse sociedades y economías bajo nuevas reglas de predistribución, distribución y redistribución, que fueron los mecanismos que el capitalismo moderno, aún con sus matices y pendientes, resolvió bastante bien en tantas regiones del mundo.
La predistribución es todo aquello que un sistema puede hacer, dentro de reglas e instituciones que mantengan la protección de libertades y propiedades, para evitar que la riqueza se concentre demasiado. Cuando ello sucede, condiciona el despliegue de proyectos personales y hace más difícil la disposición de oportunidades para las mayorías. En un futuro de abundancia posible, será clave pensar como diseñar participación popular en ella desde el origen. Fondos soberanos de IA, participación ciudadana en rentas generadas por la automatización tecnológica, acceso universal a “cómputos” de la IA (tokens), educación permanente financiada por nuevos mecanismos, propiedad cooperativa o comunitaria de ciertas plataformas, etc., son algunos mecanismos que requieren exploración, prototipos y marcos de posibilidad. La abundancia debiera servir para que el origen de los proyectos de vida de las personas partan de mejores condiciones para todos.
En materia de distribución, es decir en la producción y circulación del valor que el capitalismo industrial supo impulsar exitosamente, quizás sea sensato asumir que el crecimiento, la productividad, la rentabilidad y el salario, ya no sean los grandes (o únicos) motores en una economía de la abundancia. ¿Qué nos quedará entonces? No lo sabemos. Pero probablemente una mixtura creativa que habrá que develar y construir entre negocios más dinámicos montados sobre la infraestructura de la IA, servicios universales de alta calidad, mayor trabajo independiente y flexible sin salarios fijos, mecanismos de ingresos universales que se puedan financiar y remuneraciones por contribuciones sociales no tradicionales que podamos inventar: cuidado, mentoría, aprendizaje comunitario, regeneración ambiental, creación cultural, etc.
Finalmente, la redistribución también requiere nuevas ideas. Aún en un marco de abundancia habrá escaseces que arbitrar: tierra, viviendas, energía, atención humana, prestigio, poder político, infraestructura, datos, control tecnológico. Los mecanismos redistributivos, que tanto debate ideológico suelen generar, deberán ser recreados. Por ejemplo: impuestos a rentas extraordinarias de automatización, nuevas reglas antimonopólicas, financiamiento de bienes públicos, fondos de transición laboral y territorial, impuestos al uso intensivo de recursos naturales y energía, etc.
En definitiva, creamos o no en el pronóstico de Elon, tenemos la responsabilidad de pensar modelos posibles que podríamos construir a partir de ese estado de abundancia que puede llegar de la mano de inteligencias humanas y artificiales combinadas. Una economía de la sabiduría montada sobre la IA es posible. Pero no llegará como un regalo automático de la tecnología. Será una construcción institucional, cultural y política. La IA puede reducir costos, automatizar tareas y multiplicar productividad. Pero no puede decidir por sí sola qué significa progreso, cómo construir dignidad, cómo se reparte el poder o para qué queremos liberar tiempo humano. Esa es la conversación postcapitalista urgente: no cómo reemplazar el trabajo, sino cómo rediseñar la sociedad cuando el trabajo ya no alcance para distribuir ingreso, identidad y futuro.