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lanacion.com.ar · hace 6 horas · Jorge V. Crisci

La religión y la ciencia

LA NACION

“Frente a todos los intentos de confundir la fe y el saber, debemos insistir con toda energía en que la religión es una esfera de valor completamente autónoma. No reposa en otra esfera de valor, sino que descansa íntegramente sobre propias bases. No nos hacemos religiosos mediante una actitud intelectual, ni mediante las reflexiones filosóficas, ni mediante estudios y lucubraciones teológicas”, esto decía en 1926 Johannes Hessen (1889-1971), teólogo y sacerdote católico alemán. Hessen, con sus palabras, niega una confrontación entre religión y ciencia, pues las considera esferas separadas de la actividad humana que de ninguna manera se contradicen.

Las contradicciones son afirmaciones mutuamente excluyentes que no pueden ser ambas verdad en el mismo contexto. Fe y razón pertenecen a distintos contextos; uno es el espiritual y el otro es el del conocimiento racional, por tanto, pueden coexistir en una misma persona. A pesar de ello, ha habido momentos de tensión entre las dos esferas. Un caso emblemático es la teoría de la evolución y su contraparte religiosa, el creacionismo. La teoría de la evolución –descendencia con modificación– está sostenida por evidencias concluyentes: el registro fósil, la unidad de la vida reflejada en que todos los organismos poseen ácidos nucleicos (ADN, ARN) como material hereditario, la evolución observada, como la reciente aparición de cepas resistentes a la mayoría de los antibióticos.

El creacionismo, que se ve a sí mismo como una alternativa científica a la teoría de la evolución, contiene una gran cantidad de variantes. Todas las variantes tienen en común la idea de una entidad supranatural, creadora del universo y en consecuencia de la naturaleza. El diseño inteligente –una de las variantes creacionistas– sostiene que ciertos rasgos del universo y de la vida exhiben una complejidad tal que no podrían explicarse por procesos naturales no dirigidos, y que, por tanto, requieren para explicarlos la acción de una divinidad. La física, la química y la biología ofrecen herramientas conceptuales que permiten explicar esa complejidad sin necesidad de recurrir a una causa final extrínseca.

La complejidad de una célula se explica por un mecanismo acumulativo y gradual capaz de generar complejidad sin necesidad de un plan previo. Mutaciones al azar producen variación; el ambiente selecciona aquellas variaciones que confieren ventajas reproductivas. Con el tiempo, en escala geológica, pequeñas modificaciones pueden dar lugar a estructuras altamente sofisticadas. La clave es que la selección natural no es puro azar. El azar introduce variación; la selección es un proceso no aleatorio que preserva lo funcional. No hay propósito consciente, pero sí direccionalidad emergente. Por otro lado, el orden cosmológico no es un agregado azaroso de átomos y se explica por leyes físicas simples a lo largo de escalas temporales inmensas.

El catolicismo ha sido una de las primeras religiones en aceptar la teoría de la evolución. El papa Pío XII en 1950, el papa Juan Pablo II en 1996 y el papa Francisco en 2014 admitieron la realidad de la teoría de la evolución y afirmaron que no amenaza a la fe religiosa. En 2006, el director del Observatorio Astronómico del Vaticano, el jesuita George V. Coyne (1933-2020), criticó al diseño inteligente por su intento artificioso de invadir el territorio de la ciencia. Finalmente, nada impide imaginar que la religión y la ciencia, lejos de excluirse, puedan enriquecerse mutuamente y cooperar en la búsqueda de una comprensión más profunda del mundo y del ser humano. En tiempos de fanatismos y certezas absolutas que amenazan la convivencia –y que a veces desembocan en guerras donde unos aportan las armas y otros el odio–, ciencia y religión podrían, lejos de excluirse, cooperar en la promoción de valores éticos esenciales: el humanismo, la empatía, la tolerancia y el respeto por el pensamiento ajeno. Tal vez convenga recordar entonces las palabras del filósofo Baruch Spinoza (1632-1677): “No burlarse, no lamentarse ni odiar, sino comprender”.

Profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata, académico de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria

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