Trump, Milei, la prensa y la basura bajo la alfombra
La cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, donde este sábado un hombre intentó atacar al presidente Donald Trump y a otros miembros del gobierno estadounidense, es uno de los grandes sucesos anuales de la capital de ese país.
La cita tiene más de un siglo: nació en 1921, como un encuentro interno de los periodistas acreditados en Washington. Estos habían creado una asociación en 1914, después de que surgieran rumores de que el Congreso sería el que decidiera quién podía cubrir la Casa Blanca.
Durante sus primeras décadas consistió en una reunión discreta, a la que no siempre iban los mandatarios. Las mujeres recién se sumaron en 1962, gracias a los buenos oficios de John F. Kennedy. Y fue a partir de los años 60, con la asistencia regular de los presidentes, que la cena comenzó a transformarse en un evento de alto perfil político y mediático.
Se estableció poco a poco una tradición: discursos con tono humorístico en los que los propios presidentes y comediantes invitados -estos se sumaron en los 90- ironizan sobre la actualidad política y los protagonistas del poder. Una noche relajada, distendida, que terminó convirtiéndose, cada último sábado de abril, en una vitrina para políticos, celebridades y periodistas.
Esta vez había mucha expectativa, porque en los tres primeros años de su primer mandato Donald Trump no asistió, en el otro se suspendió por la pandemia y en 2025 también faltó, así que era su debut en el prestigioso encuentro.
Como sabemos, la velada terminó abruptamente cuando el californiano Cole Tomas Allen, de 31 años, ingresó a los tiros al Washington Hilton -el mismo hotel donde en 1981 un loco hirió de gravedad a Ronald Reagan- y obligó a evacuar a todos los presentes.
El magnate republicano ha tenido una relación muy conflictiva con la prensa, más tensa que la que por naturaleza existe siempre entre funcionarios y periodistas. La expresión fake news es una de sus favoritas y ha acusado de “enemigos del pueblo” a algunos medios y comunicadores.
Incluso, en octubre pasado, su gobierno prohibió el acceso de los periodistas a la oficina de la portavoz Karoline Leavitt sin autorización previa, un sector de la Casa Blanca que hasta ese momento era de tránsito libre para los acreditados.
Sin embargo, pese a tales antecedentes (y otros), el sábado Trump fue a la cena. E inmediatamente luego del atentado dio una conferencia de prensa: aunque suele explayarse por las redes sociales, no rehúye el juego de preguntas y respuestas con los periodistas.
Difícil evitar las comparaciones con Milei: aquí la sala de periodistas de la Casa Rosada está cerrada desde el jueves pasado con un argumento banal y los acreditados tienen directamente vedada la entrada a la sede del Poder Ejecutivo.
Milei no ha dado conferencias con la prensa local en los más de dos años que lleva de mandato. Sí se sienta seguido a charlar por televisión o radio con periodistas amigos, pero eso es otra cosa.
Sus insultos a los colegas, por otra parte, van mucho más lejos que hablar de fake news, y la sigla NOLSALP (“no odiamos lo suficiente a los periodistas”) se repite en los tuits y retuits presidenciales.
Tal vez cree que todo esto impedirá que se publiquen noticias que el Gobierno preferiría ocultar.
La realidad es que hay un momento en que la basura barrida bajo la alfombra forma un bulto que resulta imposible no ver. Y es parte del oficio empezar a preguntar de dónde salió.
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