María O'Donnell y su historia de Montoneros: asesinatos, el día que Perón los echó, la advertencia de Rodolfo Walsh y el "sectarismo maniaco" de Firmenich
¿Hay una romantización de los Montoneros? ¿Quiénes eran en realidad esos jóvenes que prometían dar la vida por Perón? ¿Los que saltaron a la fama por asesinar a Aramburu tras un juicio popular? ¿Los que sacudieron al mundo al secuestrar a los hermanos Born y cobraron uno de los rescates más impactantes de la historia?
¿Los que lucharon por el regreso de Perón al país pero después mataron al líder de la CGT, José Ignacio Rucci, hombre de su confianza? ¿Los que fueron echados de la Plaza de Mayo y rompieron con el gobierno peronista en apenas cuatro años de existencia?
¿Los que pasaron a la clandestinidad y creían que el golpe de Estado era bueno para sus objetivos políticos? ¿Los que castigaban el adulterio y cuestionaban la homosexualidad, se manejaban bajo una lógica interna brutal y condenaban a muerte a sus propios integrantes por supuestas traiciones nunca probadas?
¿Los que lanzaron desde el exilio una contraofensiva suicida que llevó a una muerte anunciada a miles, pero jamás a su cúpula? ¿Los que aún hoy no piden perdón?
Qué son los Montoneros y por qué en 2026 hay sectores de la política en donde se los sigue reivindicando como una juventud maravillosa. Aún a pesar de que hubo integrantes como Rodolfo Walsh, que escribió un sinnúmero de cartas a sus jefes pidiendo reflexión porque los iban a masacrar. O Juan Gelman, que abandonó la orga denunciando el "sectarismo maniaco" de sus líderes.
Desde un rol enciclopédico, María O’Donnell reconstruye en su último libro Montoneros, una historia visual el derrotero de la organización guerrillera peronista y su década de fuego, desde el Aramburazo hasta el momento en que ya no quedaba nada.
En base a un detallado relato, la autora de Born, Aramburu y Quieto y Born rescata ilustraciones, fotos, documentos, canciones, publicaciones gráficas y pintadas de la época a lo largo de 320 páginas, donde lo que resulta central es el texto, que en cada página suma elementos gráficos que pintan la década ganada/perdida de Montoneros. Del apogeo a la derrota.
"Yo ya tenía como 10 años de leer cosas de Montoneros y la idea era hacer breve historia, que a priori sonaba fácil, pero cuando me metí, me agarró más el historiador Hernán Confino, que es súper exigente, y me mandó a leer, leer y leer. Y en un momento era como un repaso de toda la bibliografía, más todo lo que hay de nuevo, y hay mucho trabajo académico, todo. Entonces fue una locura el último año de trabajo", le dice a Clarín O’Donnell desde el escritorio de su casa, donde hay una biblioteca entera dedicada al fenómeno Montoneros y la década del 70.
Rodeada de fotos familiares que se entremezclan con recortes de época, pilas de libros y revistas peronistas, la periodista explica que pensó en las nuevas generaciones, las que no vivieron los 70, a la hora de escribir.
"Me daba la sensación de que Montoneros es un debate que vuelve y vuelve y vuelve; en un momento como que toda la última bibliografía del tema tendía mucho más, a veces con intención o no, a iluminar un episodio particular, que es válido, yo lo he hecho, pero yo pensaba en las nuevas generaciones y este tema como un punto de confusión. Digo: ¿qué fue Montoneros? ¿Qué hizo Montoneros? ¿De dónde nace Montoneros? ¿Qué evolución tiene Montoneros? Porque no es lo mismo el Montoneros del 73 que el Montonero del 75. Entonces, también pensaba en tener un lugar, como ambición, en el que se pudiera tener el desarrollo de la historia en su contexto y que los episodios estuviesen descriptos en en torno al desarrollo de la organización", marca.
"Sentía que había habido toda una especie de nuevos insumos para pensar la historia de Montoneros a partir de mucho trabajo periodístico y académico de todas estas décadas que es muy rico. Entonces quería hacer un pantallazo de eso, sin quitar nada", agrega en una entrevista con Clarín.
─¿Te parece que hay una suerte de romantización del fenómeno Montoneros? Sobre todo después del kirchnerismo.
─Hay muchas etapas, ¿no? De la democracia para acá siempre fue una discusión muy grande las organizaciones armadas. Alfonsín también juzgó a Firmenich y compañía, no es que solo juzgó a los militares, por eso a veces se olvida. Después hubo, bueno, todo el momento del perdón de Menem y creo que el kirchnerismo hizo simultáneamente dos cosas: por un lado, un trabajo muy importante en materia de memoria, juzgar, reabrir juicios que estaban obturados y demás, pero sí también acompañado por una especie de visión muy edulcorada respecto de lo que había sido este Montoneros y la juventud maravillosa representada en Montoneros.
─Montoneros arranca con el asesinato de Aramburu, el expresidente de facto. Es como que se hacen conocidos a partir de eso, digo, con un asesinato.
─Total. Ese nacimiento está marcado por eso, como decís, o sea, en el 70, una pequeña organización asesina a Aramburu. Eran jóvenes de veintipico de años, católicos, de clase media, eh, era una guerrilla muy rara porque no eran de izquierda. Algunos habían pasado por Cuba, sí, pero no eran comunistas, ni de izquierda, eran peronistas católicos, muchos de familia con formación nacionalista, o sea, siempre fue una guerrilla... Además, la izquierda siempre había mirado con desconfianza al peronismo, estaba la idea que el peronismo era más un obstáculo que un camino a la revolución porque contentaba a los obreros con ciertos beneficios.
─Claro. Entonces cuando aparece Montoneros en ese acto condensa 15 años de la resistencia peronista, ¿no? Cuando aparece eso, Perón lleva 15 años en el exilio. Había estado la dictadura de Onganía, el Cordobazo. Era un momento que el país también era una olla a presión. Ya funcionaban otras organizaciones guerrilleras. Cuba era un factor de agitación en todo el continente, el movimiento dentro de la Iglesia, los curas de la opción por los pobres. Entonces nace con un asesinato que, bueno, un poco lo dice Beatriz Sarlo: se entiende como un acto de venganza hacia el pasado, pero que tuvo la característica también de poner en marcha la dinámica que iba a traer a Perón de vuelta a la Argentina. Fue muy particular como hecho fundante, también porque condensaba todo lo otro. Y después tuvieron un momento muy político de inserción electoral en el proceso de Héctor Cámpora, ¿no? Que eso también fue nuevo.
─Yo digo, y muchos me critican por eso, que fue la guerrilla más importante de América del Sur. Otros me dicen, "Bueno, Sendero Luminoso, las FARC en Colombia", pero esas tenían mucho más control territorial por mucho más tiempo, pero a lo que me refiero yo es la cercanía que tuvo a llegar al poder.
─De alguna manera también, digo, en ese estilo que tenía Perón de la rama femenina, la cuota sindical, la parte para la juventud y demás, tuvieron su parte de poder, quizás no todas las que creían que merecían en el gobierno de Cámpora, pero la tuvieron.
─Ellos idealizaron un Perón que después no conocieron o al que luego desconocieron, mejor dicho. Por eso termina como termina...
─Yo creo que el equívoco estuvo desde el inicio, o sea cuando ellos matan a Aramburu, Perón dice "encomio lo actuado". Lo primero que hace Perón es avalar y se da cuenta de que ahí hay una fuerza que lo puede traer de vuelta a la Argentina. Les dice: "Bueno, ustedes van a funcionar como formaciones especiales". O sea, les da un estatus dentro de un movimiento muy verticalista, a pesar de esa tensión que había con el sindicalismo. El sindicalismo que, mientras Perón estaba fuera del país, estaba siempre a 3 minutos de traicionarlo. Entonces le da a Montoneros la posibilidad de tener cierto margen de maniobra como formaciones especiales, pero a medida que se acerca la vuelta de Perón, él pretende que se encuadren y, sobre todo, que dejen las armas. Y el objetivo de Montoneros no era la vuelta de Perón y de la democracia, punto.
─Hubo un movimiento que era la Tendencia, que era mucho más grande, que abarcaba todo, que movilizó a toda una generación de jóvenes, que no todos formaban parte de lo que iba a ser después la organización militar de Montoneros. De hecho, Montoneros después se rompe con Lealtad, con los que decían "no, che, nosotros no estamos para confrontar con Perón". También es cierto que vuelve un Perón con Isabel y López Rega.
─Fue un vínculo que... Perón dice algo muy premonitorio en Actualización doctrinaria. Él dice "la tragedia es que yo ya estoy muy grande y ustedes son muy jóvenes" cuando habla del trasvasamiento generacional, ¿no? Montoneros se inserta dentro del peronismo hablando del socialismo nacional. En un primer objetivo coincidieron: la vuelta de Perón. Que volviera Perón al país. Pero a partir de la vuelta de Perón no querían que volviera cualquier Perón.
─Querían al Perón de ellos, del que se habían enamorado al decir "La vida por Perón"...
─ Querían que se diera la posibilidad del encuentro con la clase obrera. El Cordobazo: estudiantes y movimiento obrero juntos. Si la identidad obrera era una identidad peronista, ¿cómo se podía ir contra el peronismo si quería generar ese encuentro? Yo tiendo a pensar siempre el primero de mayo como la escenificación increíble de eso.
─En Plaza de Mayo, cruzándose insultos, la plaza quedando mitad vacía, la atención previa, los cantos que intercambiaban con los sindicatos, después cuando se empiezan a gritar con Perón. Todo eso es el resultado de una expresión de algo que ya estaba jugado a esa altura, no es algo que pasó en la Plaza el primero de mayo.
─¿Cómo transitaba la gente de a pie el fenómeno montonero? Lo veía como como algo peligroso o tenía cierto consenso social...
─Yo creo que hubo dos momentos bastante claros, ¿no? Que lo que ellos llamaban el engorde, también ese crecimiento exponencial que tuvieron en la previa del triunfo de Cámpora...
─Sí. Es un momento de incorporación masiva a las universidades, era un momento de extensión en muchos campos, de crecimiento, de sacar a la juventud a la calle, tuvieron un momento de mucho crecimiento político de superficie, como lo llamaban ellos. Después, cuando empiezan las peleas con Perón y sobre todo con la vuelta a la clandestinidad, se vuelve una organización mucho más militar que del componente político. Siempre la discusión era si habían nacido como una organización político-militar. ¿Cuál era el componente que prevalecía? Bueno, sobre todo en el 75, la militarización de Montoneros y el enfrentamiento con Perón genera, por un lado, la salida de Lealtad y también una organización mucho más pequeña y mucho más alejada de una sociedad. Sí, a partir del 75, sobre todo con alguno de los atentados de Montoneros que generaron una enorme conmoción en la sociedad. El asesinato de Cesáreo Cardozo, el jefe de la Policía Federal, que era un tipo muy importante de la Dictadura y muy cercano a Videla, que lo mata una compañera de estudio de la hija, que estudiaban juntas para ser maestras. Era una chica de clase media alta, criada en zona norte, y ahí Neustadt decía "¿Usted saben qué están haciendo sus hijos en este momento?". Aparece la idea del miedo.
El 1975 es un año de muchísima violencia. Por un lado Montoneros, ya desde la clandestinidad, realizaba atentados y secuestros. Por el otro, la Triple A de López Rega instauraba el terror paraestatal, y en esa pelea previa al Golpe, dice O’Donnell, hay también un deslizamiento de la represión hacia la ilegalidad, con la paulatina incorporación de los militares al combate a las guerrillas. “Hay un grado de violencia en el 75 que aísla muchísimo a la sociedad toda, digamos, a las clases medias de lo que era Montoneros”, resume.
─Sí, hay mucho debate interno, porque es el momento en el cual Rodolfo Walsh y todos ponían reparos. Había una discusión fuerte dentro de la conducción sobre si convenía el Golpe. O sea, si el escenario del Golpe era deseable o no, si la dictadura que venía era igual a otras o los iba a masacrar en poco tiempo, que es lo que finalmente pasó.
─Bueno, es lo que les dice Walsh, ¿no? La idea de que ante una dictadura todos se iban a replegar sobre el montonerismo y que el peronismo ya no existía, porque el gobierno de Isabel había terminado en un desastre y hasta la CGT le había hecho un paro. Esa es la discusión grande que daba Walsh poco antes de morir. El decía: "Los pueblos se repliegan a lo conocido. Se están replegando al peronismo, nosotros no hablamos con nadie". Él decía que en lugar de estar hablando con dirigentes opositores que estaban sufriendo la represión, los Montoneros se estaban aislando.
─Se terminó convirtiendo en una organización medio paranoica, ¿no? Vos un poco lo contás: los juicios que hacían, el código de conducta, esto de no podés ser infiel si sos montonero.
─Sí. Todas las organizaciones guerrilleras de lucha armada clandestina tenían códigos internos de conducta, dado que se movían en un ámbito donde tenían que cuidar su seguridad en términos de que todo contacto con personas no integrantes de la organización, incluso de parejas, podía suponer riesgos.
─Claro, la mujer de Quieto no era montonera. Entonces, como además era una opción de vida que comprometía una cantidad de cosas, tendían a alentar vínculos dentro de la organización, pero a la vez con un sesgo especialmente montonero muy moralista, digamos, muy católico. Un determinado tipo de familia. Siempre fueron organizaciones muy poco tolerantes a la diversidad sexual y demás.
─Hay un episodio con el Frente de Liberación Homosexual, que se pelean con ellos, ¿no? En la Plaza diciéndole: "Necesitamos hombres".
─Bueno, el famoso "No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de las FAR y Montoneros". Lo que pasa ahí también es que, en la medida en que la represión se vuelve más violenta, más sistemática y más ilegal, aparece el dilema de cómo enfrentar la tortura, que era un dilema muy complejo. Ellos primero establecen una regla que tenían otros que era aguantar 48 horas para que la organización pudiese ver cómo poner a resguardo a las personas o las casas operativas que pudiesen quedar al descubierto. Después empiezan con que la tortura se puede aguantar en cualquier momento y circunstancia. Y al final establecen repartir la pastilla de cianuro como método para que no cayeran vivos y eventualmente que no hablaran con la tortura.
─Vos en varios pasajes del libro mencionás juicios revolucionarios, como el de Quieto.
─Fue el más emblemático. Era el número dos de la organización, es uno de los primeros desaparecidos de democracia. O sea, eso muestra también como ya estaba muy montado el aparato represivo. Es diciembre del 75 y lo secuestran y nunca más aparece. Pero así y todo ellos le hacen un juicio revolucionario y lo condenan a muerte. Y a partir de ahí empieza la decisión de repartir la pastilla de cianuro.
─Sí, ahí también empieza toda esa discusión, sobre todo después de 75. Montoneros tenía mucha plata vinculada al secuestro de los hermanos Born. Entonces Galimberti empieza a decir: "Bueno, hay que repartir plata porque la vuelta a la clandestinidad dejó a los obreros vinculados a la JTP [Juventud Trabajadora Peronista]", que eran los vinculados a Montoneros o a La Tendencia que eran conocidos en la fábrica, muy expuestos. Muchos de las listas de desaparecidos son trabajadores obreros y entonces también esa fue otra discusión, ¿no? La cúpula se va al exilio a fines de 76 y ya de entrada arranca una pelea fuerte con Galimberti planteando que hay que proteger a los que se quedaron en el país, que eran cada vez menos.
─Juan Gelman habla de que había un "sectarismo maníaco" en la cúpula que dirigía Firmenich. ¿Había una cuota de locura dentro de Montoneros?
─Hay un grado creciente de desconexión con la realidad de lo que estaba realmente pasando. O sea, creo que Walsh hace una advertencia. A él lo matan a comienzos del 77, pero ya a fines del 76 venía diciendo "Nos están masacrando". Y ahí Firmenich, en un famoso reportaje con García Márquez, dice: "Bueno, hicimos nuestros cálculos de guerra...”, como diciendo que la pérdida de mil y pico de combatientes estaba en el costo que estaban dispuestos a asumir. El costo fue mucho mayor y ni hablar después con la contraofensiva, con la idea de que alcanzaba con hacer algunos atentados para mostrar que la dictadura estaba frágil y que ellos seguían vigentes, como provocar un alzamiento popular en el 79 ni el 80. Terminó con otra masacre.
Nota al márgen: en el reportaje con García Márquez, en el que el grandioso escritor colombiano comparó al líder guerrillero con un gato enorme, la respuesta de Firmenich, de apenas 28 años, es -según Gabo- “arrogante, precisa y elocuente”. Leerla hoy marca no solo un error de cálculo, sino que desnuda un síntoma de lo que era Montoneros en ese entonces.
“Desde octubre de 1975, cuando todavía Isabelita Perón estaba en el gobierno, ya sabíamos que en un año habría golpe. No hicimos nada para impedirlo porque, en definitiva, también el golpe formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista. Pero hicimos nuestros cálculos, cálculos de guerra, y nos preparamos para sufrir, en el primer año, un número de bajas humanas no inferiores a 1.500 unidades. Nuestra cuenta era ésta: si lográbamos no superar este nivel de pérdidas, podíamos tener la seguridad de que, tarde o temprano, venceríamos. ¿Y qué pasó? Pasó que nuestras bajas fueron inferiores a lo previsto. En cambio, la dictadura perdió aliento, ya no tiene salida, mientras nosotros gozamos de un gran prestigio entre las masas y somos en Argentina la opción política más segura para el futuro inmediato”. En ese contexto, llegó la contraofensiva.
─Me parece que una cosa también fue Montoneros en tanto organización militar y ese devenir que tuvo cada vez más aislado de la realidad. Y otra cosa fue claramente el momento inicial, de masiva movilización de los años del camporismo hasta la vuelta de Perón.
─Sí, porque era la cúpula insistiendo desde La Habana, en un momento donde ya la militarización había llegado al punto de exigir el uso de uniformes, en un contexto en Argentina en que un papel te incriminaba.
─ Eran condiciones de absoluta clandestinidad acá en la Argentina. Habían salido las denuncias de las organizaciones internacionales de Derechos Humanos en el 78, los primeros sobrevivientes de los centros clandestinos empezaban a dar una dimensión de lo que era realmente el aparato represivo que habían montado las tres fuerzas armadas y que excedía mucho, digamos, lo que era el combate a las guerrillas, que rápidamente ya a comienzos del 77 el propio Videla dice: "Terminamos con la amenaza a la subversión". En el 78, en el Mundial, seguía la ESMA funcionando, pero en 79 y 80, cuando deciden la contraofensiva, ahí ya había mucha evidencia de la fortaleza del aparato represivo. Hubo preparativos en México, en España, entrenaron algunos en el Líbano y todo, era muy expuesto también en términos de la difusión que eso tenía en los círculos del exilio.
La figura de Mario Firmenich monopoliza la última parte del libro de O’Donnell. "Él todavía cree que puede dar cátedra en lugar de explicaciones", sentencia la periodista, que el próximo sábado 2 de mayo presentará su obra en la Feria del Libro.
"Firmenich admite un único error. Él dice: ‘No debimos haber pasado a la clandestinidad en el gobierno de Isabel’. Era un gobierno democrático y salen a combatir a un gobierno, peronista encima. Se habían peleado con Perón y fueron a disputar con Isabel la herencia de Perón, ¿no?, a ponerse como los verdaderos herederos de Perón con la viuda. Y ahí en plena democracia retoman abiertamente las armas y todo el 75 es muy violento. Y entonces ese es el único error que admite Firmenich”, rememora O'Donnell.
"Los Tupamaros, a los que Montoneros admiraba mucho, con Pepe Mujica, que pasó 10 años preso, tuvieron una visión como muy crítica de lo que habían sido las organizaciones guerrilleras", dice la autora. "El sandinismo inicial, que ellos [Firmenich y sus seguidores] apoyaron, tuvo una primera etapa de reinserción en el sistema democrático. Fue a elecciones, perdió, ganó. Ahora tiene una deriva totalmente a una dictadura, pero qué sé yo, si uno ve otras guerrillas se insertaron en procesos democráticos. Y el caso de Firmenich fue imposible”, sigue.
─Firmenich dice que él ha sido demonizado y yo creo que uno de los problemas también para conversar sobre Montoneros es que tenga un jefe como Firmenich, que Firmenich haya tenido el grado de dificultad que tiene para conversar en términos democráticos. Él seguramente va a justificar en su contexto lo que pasó porque fue protagonista de eso, pero la forma en que lo plantea genera incluso mucho rechazo entre muchos exmontoneros, en términos de ser frío, calculador y poco empático con las muertes propias. Porque ahí hay mucho dolor, mucha muerte, mucho sacrificio, de gente que creyó en ese contexto que tomar las armas era el camino para una sociedad mejor.
─Porque habla con un grado de soberbia que lo único que genera es rechazo. Entonces él dice, me mandó una carta, un mail en el libro anterior cuando lo contacté, él dice: "Sólo logro alimentar ese ogro que quieren hacer de mí". Fijate que incluso el kirchnerismo nunca lo abrazó. Hubo muchos dirigentes que habían tenido un paso por Montoneros que se integraron al gobierno K, pero no es el caso suyo, que siempre tuvo una actitud de sentirse que él era el ogro elegido para ser demonizado, pero es incapaz de ver cuál es su propio rol en eso. Por eso, nunca publicó hasta ahora un libro.
─Tengo entendido que lo que ofrece nunca es suficientemente interesante, porque es alguien que todavía cree que puede dar cátedra en lugar de explicar. Y yo creo que, incluso dentro de Montoneros, hay muchos importantísimos integrantes de mucho peso que terminaron sancionados o relegados de la cúpula, sobre los cuales nunca hicieron introspección. O sea, sobre lo de Quieto, Firmenich dijo “Bueno, había evidencia de que había entregado información". ¿Qué evidencia? ¿Cuál? ¿De qué gravedad? A Paco Urondo lo trasladaron porque era un bohemio y le gustaban las mujeres.
─Aparentemente no quería ir porque era muy conocido y al poco tiempo cae. Walsh le manda muchas cartas a la conducción. Se va toda la conducción, pero no Walsh. Iban a cuidar a sus cuadros más importantes y Walsh era uno de los cuadros más importantes. Dicen que él no se quiso ir. O sea, hay muchas cosas, preguntas... El propio Sabino Navarro, que es muy desconocido pero que, después de que lo matan a Abal Medina, fue jefe durante unos 10 meses. Y también aparentemente después de una cita más vinculada a cuestiones sentimentales que a una cita por su militancia dentro de la organización, lo mandan a Córdoba, y al poco tiempo también cae. Desde el día uno la conducción de Firmenich fue una conducción refractaria y expulsiva de toda disidencia que invitaba al debate. Todo atisbo de querer tener una discusión era muy rápidamente obturado con un verticalismo muy severo de parte de Firmenich.
"Son muchas las explicaciones que debe dar Firmenich", repite María O'Donnell, cuya mirada a lo largo de las páginas es bien descripta por Ernesto Tenembaun en el prólogo del libro. "Aunque se puede deducir qué opina de las cosas, en ninguna parte de sus textos se vislumbra la necesidad de imponer una moraleja. En todo caso, no es el problema de la autora sostenerla, ni defenderla, no siquiera sugerirla: eso correra por cuenta del lector", apunta. "Ella expone hechos. Y que cada uno concluya lo que le parezca".
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