Las nenas de Creedence
Las nenas de Sandro poco y nada tienen que ver con las nenas de Creedence. O sí. Porque cuando la música funciona, siempre es el principio de algo.
Esta historia empezó una noche de luna llena de 1980, cuando a Sandro se le ocurrió construir un castillo en Boedo para montar su discográfica. Un delirio místico que nunca funcionó.
La semana pasada tocó una banda tributo a Creedence y llegamos tarareando “Have You Ever Seen the Rain” como si eso nos diera alguna pertenencia. Íbamos a escuchar clásicos desde la platea, pero terminamos todos bailando frente al escenario.
La sala pronto quedó tomada por las “nenas de Creedence": maestras, psicólogas, contadoras -la mayoría jubiladas- que convirtieron el recital en pista. Botas, algún sombrero tejano, country line dance y, por un rato, Boedo dejó de ser Boedo.
En el centro de la escena está Cynthia Nadel, la que fundó en 2005 la primera escuela de line dance del país. Hoy tiene alumnas que empezaron a bailar con ella a los 60 y ya pasaron los 80. Una -cuenta- tiene principio de Alzheimer: se olvida de pagar la cuota, pero nunca se equivoca un paso.
Hay algo ahí: la cabeza suelta, el cuerpo retiene. Aprendieron a bailar con la memoria y la coordinación de una manera relajada, casi natural. Y verlas con la sonrisa dibujada enamora a primera vista.
Quizás por eso no sorprende que la historia de Cynthia también haya empezado con un flechazo. Fue cuando vio la película “Urban Cowboy”, con John Travolta, y se dijo: “yo quiero bailar así”. Consiguió videocasetes y empezó a sacar los primeros pasos. Después, a enseñar.
Hoy son muchas. Se organizan. Viajan. Siguen a sus bandas favoritas. Copan festivales en San Pedro, Escobar, Las Flores. Se suben a un micro como quien va a una gira íntima. Hay hombres, sí. Pero son pocos.
Una mujer de pelo blanco clava el stomp en el momento justo. Golpe seco. Avanza. Marca. Gira.
Alrededor están las otras: en filas, en cuadrículas, sincronizadas pero independientes. No buscan perfección. Buscan que el tiempo no pese.
El castillo de Sandro sigue ahí, con sus reliquias y su bar museo. Pero ya no importa tanto quién lo soñó ni por qué nunca vino Tina Turner a inaugurarlo, como él quería.
Y un grupo de mujeres que ya vivió casi todo y decide -sin decirlo- que todavía queda algo más. Un paso más.
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