Mala onda
Hay mucha crítica y mucha mala onda dando vuelta. Lo mismo pasó antes de las elecciones del año pasado y se generó un pánico destructivo, hasta que volvió a ganar Milei. Hay gente que quiere que a la Argentina le vaya mal porque hizo mucha plata en la Argentina del curro, del kiosco, de la caza en el zoológico garantizada por el Estado, de la venta de dólares oficiales artificialmente baratos, de las autorizaciones para importar a cambio de un soborno. Otros que quieren que nos vaya mal son los que perdieron el gobierno y quieren volver a las botoneras de la Casa Rosada, vaya a saber con qué finalidad.
Por otra parte, muchos economistas confunden absolutamente a la población poniendo el acento en un punto y no en el conjunto. Para casi toda la gente es imposible unir todos los puntos sueltos para darse una idea del conjunto y eso genera dudas negativas. Para que la economía crezca y ande bien, es necesario tener optimismo. Si todos creemos que va a andar bien, anda bien y si creemos lo contrario, eso sucede. Sencillamente por eso, los que quieren que nos vaya mal dicen que todo es un desastre y que vamos a chocar. Eso no es cierto.
La verdad es que la economía argentina está sujeta a varios shocks simultáneamente. El primero es la inflación, el segundo son pagos enormes de deuda heredada, el tercero son los efectos de políticas que destruyeron 12 millones de cabezas de vacunos, el cuarto son los efectos de políticas que destruyeron los servicios públicos de energía y transporte y el quinto es la fama de la Argentina como país que no respeta el derecho y no cumple sus obligaciones. Cinco shocks. Cinco. No uno. No un numerito en un mes determinado. Cinco shocks enormes que tumbarían a casi todos los países, pero que no logran tumbar a la Argentina, porque se están enfrentando simultáneamente.
La inflación no es un fenómeno de la naturaleza, como una tormenta de la que hay que sacar el barco. La inflación es producto de desequilibrios anteriores generados por el Congreso cuando vota gastar más de lo que se tiene, prohíbe comerciar con el exterior, viola las reglas, pone impuestos imposibles y facilita la falsificación de moneda por el mismo Estado que la crea. Para atacarla hay que hacer lo contrario a todo eso. Se está haciendo. La deuda se está pagando y los vencimientos heredados fueron y son descomunales; este año y el que viene tenemos que pagar unos 20 mil millones de dólares. En eso todos le reconocen habilidad al ministro de Economía.
Los desastres del pasado en materia de destrucción de stock ganadero y subsidios de energía y transporte, pasaron a cobrar la cuenta y le quitaron poder de compra al pueblo, lo empobrecieron, le dificultan llegar a fin de mes. El camino de salida es complicado, pero claramente estamos saliendo, atacando los problemas en vez de disimularlos bajo la alfombra para que exploten más adelante. La única verdad, diría el General, es que el consumo es hijo de la inversión productiva, que es la que genera empleos y mejores salarios. El curro no genera eso; les quita a todos y les da a los que curran.
Mi impresión es que la coalición destructiva, que fracasó en la elección pasada, está atacando a destiempo, demasiado antes de la elección presidencial, y puede llegar a la meta con el caballo cansado. El Gobierno, si quiere generar previsibilidad y confianza, tiene que tener reglas claras sobre lo que obsesiona a la Argentina: los pesos y los dólares. Es difícil enfrentar todos esos shocks sin el arma en la mano, pero las reglas son las que generan confianza. Las reglas son el respeto de los contratos, el respeto de la propiedad, los jueces imparciales (¡por favor!) y la libertad de iniciativa económica, para pasar de la economía del curro a la de la producción competitiva. La economía tiene una macro, pero la política también: estado de derecho y acuerdos mayoritarios. Frente a la falta de ideas y propuestas de los negativos, tiene que haber una coalición de los positivos. La Argentina es un gran país y estamos en un momento de mucho futuro en el mundo.