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perfil.com · hace 7 horas · Santiago Silberman *

¿Por qué leer es el futuro?

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Mario Pergolini dijo hace unos meses algo que podría sonar a provocación, pero necesario para reflexionar: “No estudies sistemas, ya no te necesitamos”. El argumento sostiene que la inteligencia artificial escribe un código mejor que cualquier ingeniero, y por eso, la habilidad más valiosa pasaría a ser otra: saber preguntar. “Para tener resultados vas a tener que expresarte muy bien. Necesitamos entender lo que leemos, necesitamos tener literatura y más vocabulario del que fuimos perdiendo”, agregó el conductor televisivo. Altman, CEO de OpenAI, dijo casi lo mismo: determinar qué preguntas hacer va a ser más importante que conocer la respuesta.

En tiempos de IA nos conviene reformular la letra del tango: primero hay que saber leer, después escribir, recién después, pedir.

La paradoja local es casi cómica: a pocos días de la inauguración de la 50ª Feria del Libro -las bodas de oro con los lectores-, la Cámara Argentina del Libro confirmó que en 2025 se publicaron un 17% más títulos que en 2024, pero la tirada total cayó un 34%, al nivel de 2019. El 26% de las novedades salió con menos de 600 ejemplares. Más libros que nunca, menos lectores que nunca. Un país que edita mucho y lee poco se prepara mal para una era donde el capital más importante va a ser la palabra.

Porque si la IA es la herramienta avanzada que hace lo que le pedimos, la capacidad para saber qué pedirle depende de un rito antiguo: leer. No hay buen prompt sin vocabulario. No hay pregunta precisa sin pensamiento entrenado. Y ese entrenamiento ocurre, sobre todo, con los libros.

Pensemos en la historia de Aladín: el genio le ofrece tres deseos y entonces comienza el problema de saber qué se quiere es más difícil que conseguirlo. Aladín pide riqueza, poder, amor, y cada vez descubre que lo que obtuvo no era exactamente lo que buscaba. Lacan lo pensó así: distinguió entre demanda y deseo. La demanda es el pedido concreto; el deseo es más escurridizo, el fondo imposible que late debajo de cualquier pedido humano. Cuando pedimos, preguntamos dos cosas al mismo tiempo: el objeto y el viejo “¿me querés?”. Un chico que pide que lo lleven al parque no pide solo el parque: mide si lo quieren lo bastante como para apagar la tele y salir.

A la máquina le pedimos cosas precisas: un poema, un resumen, una traducción, y no se frustra, ni se resiste, ni tiene agenda propia. Lo que devuelve es justo lo que pediste y nada más, sin el contrapunto del deseo ajeno. Del otro lado no se pregunta “¿me querés?”, porque solo hay un comando ejecutado. Pero si no tenemos palabras para formular, vamos a pedirle cada vez menos: pedidos más chicos, más pobres, más parecidos a lo que ya teníamos.

Conviene hacer una distinción. Preguntar y cuestionar no son lo mismo: se pregunta para recibir una respuesta, se cuestiona para ponerla en duda. La IA premia al que pregunta bien y deja sin función al que cuestiona. Una sociedad que toma la palabra del algoritmo como palabra santa empieza a parecerse demasiado a la máquina que usa.

A una persona, en cambio, nunca le pedimos solo el objeto. Le pedimos el objeto y, al mismo tiempo, una confirmación de que nos quieren. Por eso, pedir puede ser muy difícil: nunca terminamos de saber si la respuesta cubre el pedido o se queda corta. El amor humano tiene ese defecto de fábrica: siempre le falta o le sobra algo; en cambio, a la máquina no. Siempre da justo lo que pediste con una eficiencia que al principio parece un alivio, pero con el tiempo puede inquietarnos. Cuando nos acostumbremos a que del otro lado ya no quede un “¿y vos a mí cómo me querés?”, va a ser necesario recordar qué se le pide a otro ser humano, que es lo único que ninguna máquina puede dar.

A cincuenta años de Feria del Libro, los libros son mucho más que eso. Lo que se celebra esas tres semanas en La Rural es un hábito viejo y cada vez más urgente: leer para pensar, pensar para cuestionar, cuestionar antes de pedir. La ironía de este momento es que la tecnología más sofisticada de la historia nos devuelve a la lección más vieja: leer es la precondición para todo lo que viene después: para saber pedirle a una máquina y, en especial, para saber pedir lo que necesitamos a otra persona.

Chernobyl serie de HBO / Chernobyl Abyss