← Volver
perfil.com · hace 7 horas · Carlos Álvarez Teijeiro *

El fin de lo excepcional

250426_byung-chul_han_cedoc_g

Aunque lo hemos olvidado, la excepcionalidad ha sido en la historia humana fascinante sorpresa con dimensiones tanto ejemplarizantes como heroicas, y siempre portadoras de luminosa belleza en alguna de sus formas. La persona excepcional no era necesariamente la más poderosa ni la más célebre: era quien portaba en su modo de existir una promesa silenciosa de lo que la condición humana puede llegar a ser cuando se la cultiva con paciencia, con renuncia y con fuego.

Lamentablemente, esa tendencia a la excepcionalidad, que nunca ha dejado de existir por esforzada y trabajosa que fuese, se está desvaneciendo en la nada ante el abrupto y hasta salvaje empuje de la cada vez más reinante metafísica de la vulgaridad y su prolífica metástasis de culturas, sociedades y personas. No es que los seres excepcionales hayan desaparecido del todo: es que el suelo cultural que los hacía posibles, reconocibles y admirados se ha ido erosionando hasta volverse estéril, incapaz de sostener raíces profundas o de reconocer su fruto cuando aparece.

Byung-Chul Han diagnostica sin miedo el mecanismo íntimo de este proceso: la sociedad del rendimiento no tolera la opacidad que requiere toda formación genuina. Lo excepcional necesita tiempo, silencio y tantas veces fracaso fecundo. La cultura de la visibilidad lo devora antes de que madure, convirtiendo el proceso en producto y la profundidad en superficie brillante lista para ser consumida y olvidada en segundos.

Por su parte, Alain Finkielkraut veía hace ya tanto tiempo en la vulgaridad algo más grave que una moda pasajera: la liquidación deliberada de la herencia. Lo excepcional siempre fue fruto de un diálogo con los muertos, de una conversación sostenida con quienes nos precedieron. Cuando esa conversación se interrumpe por indiferencia, la excepcionalidad pierde su suelo nutricio y la vulgaridad ocupa el espacio sin resistencia.

Éric Sadin añade a la anterior y profunda mirada la dimensión tecnológica: los algoritmos no están diseñados para promover lo excepcional sino lo frecuente, lo estadísticamente mayoritario. La inteligencia artificial optimiza la mediocridad porque la mediocridad es la norma. Lo verdaderamente singular no desaparece solo: es activamente invisibilizado por la arquitectura misma de los sistemas que administran nuestra atención, y Alessandro D’Avenia recuerda que lo excepcional nació siempre de una herida transformada en don. El héroe, el poeta, el maestro verdadero no llegaron a serlo a pesar del sufrimiento sino a través de él. La cultura contemporánea, que promete eliminar toda fricción y todo dolor, suprime sin saberlo la condición misma de posibilidad de la grandeza. Una vida sin resistencia es una vida sin forma, y sin forma no hay belleza posible.

También Umberto Galimberti señala que hemos construido una civilización técnica que sabe hacer casi todo, pero ha olvidado preguntarse para qué llevarlo a cabo. La pregunta revela el vacío, es verdad, pero el vacío mismo es ya una señal de que algo en nosotros sigue buscando.

Y ahí reside la esperanza, que no es ingenua sino profundamente humana. Lo excepcional no puede morir del todo porque es una exigencia de la estructura más honda del deseo. La persona no puede vivir de mediocridad sin enfermarse: lo sabe su cuerpo cuando escucha música que lo estremece, lo sabe su inteligencia cuando lee una página que lo supera, lo sabe su corazón cuando encuentra a alguien que vive con una intensidad que lo interpela y lo convoca a ser más.

En cada generación, incluso en las más grises, brotan los que dicen no a la anestesia colectiva y eligen la exigencia como forma de vida. Son pocos, como siempre lo fueron. Pero la excepcionalidad nunca fue cuestión de cantidad. Una sola llama, aun tenuemente encendida en la noche, basta para demostrar –y de la forma más poderosa– que la oscuridad no será nunca la última palabra.

*Profesor de Ética de la comunicación, Escuela de Posgrados en Comunicación Universidad Austral.

25_04_2026_riquelme_afp_g