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perfil.com · hace 9 horas · Daniel Guebel

El hambre

Daniel Guebel

Alguien, alguna vez, será capaz de apreciar mis movimientos de cabeza, la noble torsión de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, el giro estrábico de mis pupilas abarcando el territorio, mi elegancia en la busca de fuentes de alimento. A veces paso días sin conseguir cosas blandas. Mis dientes se gastan quebrando huesos que trabajo con cuidado. Hay ejemplares de mi condición que fallecieron atravesados por astillas puntiagudas como lanzas. Los de mi especie nos preciamos del pudor en la agonía, llegado el momento preferimos escondernos de la luna y que la muerte nos encuentre bajo trapos sucios. Es bello morir así, en gloria de denigración, en un acto que resume nuestro destino.

Pero todavía no es mi momento. Pasaron tantos años que ya no llevo la cuenta de la duración de este ciclo de mi existencia. A veces pienso que mi suerte es distinta a la de mis semejantes. En mis recorridos me cruzo con los hijos de los hijos de los hijos de aquellos que nacieron y crecieron conmigo. Es posible que hayan muerto. O tal vez no los reconozco al encontrarlos en los caminos o escarbando entre las ruinas. Cuando esto ocurre, los miro de soslayo, estudio sus expresiones, busco un signo que corrobore mi diferencia y solo veo lo de siempre, la fijeza en la mirada. Pero esa fijeza no tiene más propósito que concentrarnos en la búsqueda de comida. Debido a la escasez de fuentes de alimento adecuadas, a veces los veo. Miembros de mi especie, esparcidos en la llanura, consumidos, los cuerpos retorcidos por las contracciones del hambre.

Antes, cuando encontrábamos los restos de un semejante, cavábamos un pozo y los enterrábamos. Es cierto que hubiera sido mejor elevar túmulos, encenderlos, incinerar a nuestros hermanos para que su humo se disipe en la abertura del cielo, pero esto ya no ocurre o no ocurrió nunca. No somos buenos en el manejo del fuego y huimos de su proximidad por lo que su luz denuncia de nosotros. Y también porque, a causa de lo corto de nuestros pescuezos, alzar las cabezas es imposible, es imposible ver cómo la carne se vuelve ceniza, todo intento nos despierta un dolor intolerable.

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