El dedo muerto
Hace unos años mi mamá empezó a quejarse de que se le desconfiguraba el teléfono celular (no eran sus palabras, claro, pero de eso se trataba). De pronto se quedaba sin sonido, o le desaparecían las pocas aplicaciones que usaba, o no podía encontrar los chats en curso). Como ella estaba (y sigue estando) “en situación de Android”, era para nosotros complicado lidiar con un sistema operativo que desconocemos en sus detalles. A veces mi hijo Tomás la ayudaba y entonces mi mamá se quejaba diciendo (injustamente, claro): “Tomás tocó....”, “Tomás hizo...”. Pronto descubrimos la causa de las desconfiguraciones: mi mamá tenía el pulgar “muerto”, es decir: cuando movía su dedo índice sobre la pantalla, el pulgar caía sin demasiado sentido y sin voluntad sobre otras secciones del menú, anulando funciones, borrando conversaciones, modificando lo que debería ser inmodificable (no entendemos todavía cómo nadie ha diseñado un sistema operativo para personas mayores).
En todo caso, el fin de semana pasado me descubrí habilitando funciones en un juego inadvertidamente: era, sí, mi propio dedo muerto. En el prólogo a mi último libro (me dicen que se vende bien), La clausura de febrero y otros poemas, escribí que “desaparecemos del todo cuando ya no queda nada de nosotras por morir”. Los oídos, los ojos, los dientes, esas primeras víctimas, empiezan a apagarse tempranamente, pero hay prótesis que disimulan o anulan el proceso de micromuerte. El dedo (cuántas veces hemos hablado del “dedo gordo” en la estela de Bataille, como emblema y clave de humanidad) se suma a esa cosecha inminente de mortandades.
Los análisis nos van mostrando el deterioro de los órganos internos (que en mi caso, por fortuna, es imperceptible), que son los que marcan el ritmo del último suspiro.
A medida que esas cosas suceden irremediablemente, empiezo a dejar morir algunos aspectos de mi vida laboral (ya casi extinta). Me escribe una chica de una editorial que publica libros míos para invitarme a la Feria del Libro, con el objetivo de “generar contenido para las redes”. Le digo que yo no genero contenido para las redes, a quién se le ocurre. Otra chica me escribe para invitarme a dialogar con una artista un sábado. Acepto a regañadientes porque quiero el lugar, pero luego me dice que la artista puede tener un zoom previo (yo no uso zoom), el día tal a tal hora. Le digo que no, que no me someto a la aprobación de personas que no conozco y que no suelo adelantar los contenidos de mis conversaciones que son, por otra parte, bastante previsibles.
Casi me siento tentado de decirles: yo estoy involucrado en los procesos de deterioro corporales y cognitivos propios de mi edad como para que me vengan con pelotudeces, pero desisto de caer en la categoría “vieja loca”, que las jóvenes me aplicarían inmisericordemente.
Arrastrado por ese impulso beckettiano, me pregunto si no ha llegado el momento de dejar morir estas, mis columnas para PERFIL. Lo decidirá mi dedo (pulgar para abajo) cuando me canse también del régimen de esclavitud de las columnas semanales.