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lanacion.com.ar · hace 9 horas · Julio María Sanguinetti

América invertebrada

LA NACION

Hace un siglo escribió José Ortega y Gasset su España invertebrada, intentando explicar en profundidad por qué esa dificultad de entenderse, por qué esa permanente tensión disgregadora. Dentro de varios factores, se detiene especialmente en el “particularismo”, la pasión por sentirse distinto al resto, y lo que él llama la “aristofobia”, o sea, el odio a los mejores. Hoy España es España, luego del período del españolismo a garrotazos de Franco y del nobilísimo pacto constitucional de 1978, que con Juan Carlos I, Adolfo Suárez y Felipe González lograron construir lo que aún hoy, pese a su éxito, a cada rato se amenaza.

Peor le fue a Bolívar con su sueño anfictiónico de 1826, cuando intentó una gran confederación americana, unida por nuestra lengua y tradiciones. Invitó a todos. Rivadavia, en plena guerra con el Imperio de Brasil, no estaba para congresos y los lusitanos contestaron circunspectamente, pero ni se asomaron. Los intentos posteriores los conocemos y desde la Unión Panamericana de 1890, la OEA, la Aladi y el SELA, todos de algún modo han aportado, pero sin lograr nunca una vertebración real. Nos ha pasado incluso en espacios tan análogos como el Mercosur, firmado en 1991, pero luego de 8 años magníficos nunca más logró congeniar.

Los particularismos de que hablaba Ortega juegan, pero en nuestro caso lo peor ha sido la ideología. Con EE.UU. o contra EE.UU. Con Cuba o contra Cuba. En general, con un nivel de debate en blanco y negro, sin los necesarios matices que permiten la convivencia de lo particular con lo general.

Ahora estamos de nuevo envueltos en una confusión general. La Celac, reunida en Bogotá el mes pasado, pretendía exhibir el intento brasileño de reflotar ese organismo que nació en 2010 como una suerte de OEA sin los EE.UU. Desde el primer día, como se advierte, con una carga ideológica: alejarse de la potencia del norte. Por lo mismo, nunca pasó de ser un foro deliberativo e irrelevante. Ahora volvió a desnudarse. Solo tres presidentes estuvieron presentes. Lula, Petro y nuestro presidente uruguayo, Yamandú Orsi, que recibió la presidencia y no podía faltar. Los otros dos terminan sus mandatos este año, por lo que este intento de resurrección es una “piuma al vento”.

La declaración fue de progreso manuscrito y ni siquiera pudo hacerse una referencia unánime a Cuba, porque 12 países votaron en contra de la frase que aludía al otrora faro revolucionario y hoy tristísima expresión –como si faltara alguna todavía– del fracaso del marxismo. El atraso económico, la anomia individual y la pérdida de libertades han llevado a la miseria a ese país que cuando cayó la dictadura de Batista seguía siendo el más próspero del área. Su PBI per cápita era 30% mayor que el de República Dominicana, que hoy es 700% superior. Solo tiene la suerte de que el ineficaz embargo comercial estadounidense todavía le sirve de pretexto para hablar de un “bloqueo”, cuando Cuba podía y puede comerciar libremente con todo el resto del mundo y hasta recibir ayuda de la Unión Soviética y Venezuela, que en su tiempo le permitieron sobrellevar el tristísimo fracaso.

A ese “bloqueo” se cuelgan, en un patético ejercicio de nostalgia revolucionaria, partidos y gobiernos “de izquierda” que han terminado de sucumbir a la democracia liberal y la economía capitalista, pero preservan restos de la vieja retórica. En eso está hoy Brasil, que ha fracasado estrepitosamente en ejercer el liderazgo que su poderío hace natural, que en algunos tiempos ejerció con elegancia y que bien útil fue. En vez de actuar con pluralidad amplia, solo ha intentado armar un club de gobiernos de izquierda que hoy son minoría en Sudamérica y lejos están de la ejemplaridad.

Desgraciadamente, una vez más, los EE.UU., con la incontinencia tuitera de verbos, adjetivos, amenazas y propuestas del presidente Trump, les dan razón de ser a quienes viven al margen de un tiempo que nos habla de inteligencia artificial, energías alternativas y competitividad frente a actores como China que han cambiado los equilibrios universales. Amenaza a Cuba y no termina de aclarar su dramática intervención en Venezuela, secuestro presidencial incluido, en que por ahora solo ha mostrado un multimillonario negocio petrolero, un extraño romance con el “madurismo sin Maduro” y ninguna definición sobre fecha de elecciones.

Pocos días antes de la Celac, Trump levantó otra toldería, el Escudo de las Américas, reuniendo a 12 países americanos en un programa de lucha contra el narcotráfico. También es un intento informal por generar un liderazgo alineando, en este caso, a todos aquellos que no revistan en el figurín “progresista”. Por supuesto, reivindica su hegemonía en cuanto a decisiones, pero el hecho es que, más allá de volar en pedazos cuatro o cinco lanchas, nada hemos visto.

Mientras tanto, en esa avalancha de mensajes sin precedentes, el presidente de EE.UU. se enfrenta a un papa que nació en EE.UU., pero que hizo toda su carrera en Perú, del que es ciudadano, trabajó años como misionero y terminó de obispo de Chiclayo cuando ascendió a cardenal y, un año más tarde, nada menos que a la Santidad. Un papa misionero en Perú, sin ningún perfil político hasta el momento en que la intemperancia de Trump proclamó que iba a exterminar una civilización y protestó. Lo agravió, lo declaró enemigo y, como suele pasar con los extremistas, fortaleció su figura. Hoy es un actor relevante.

En respuesta a “la derecha”, el presidente del gobierno de España, en su peor momento de prestigio personal, organiza un gran congreso “progresista”. Como en la Celac, solo comparecen los presidentes de Brasil, Colombia y Uruguay, pero esta vez aparece México y sobre esta base ya se intenta que renazca la ilusión de un reverdecer izquierdista. En su deriva antiyanqui, Sánchez llega a proponer que Europa rompa con Israel, la única democracia de la región y la avanzada de Occidente. Todo triste, desenfocado. “Particularista” y “aristofóbico”, diría Ortega.

De España heredamos una lengua maravillosa y una cultura de valor universal. También, el “particularismo” en el que vivimos sumergidos mientras entonamos el himno de una fraternidad ilusoria. Y si los del sur somos un caos, desde el norte solo se arrojan, en tormentoso descontrol, rayos y centellas.

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