¿Qué fue lo primero?
Empezó la Feria del Libro, justo la semana en que se festeja el Día del Libro, el Sant Jordi, Día de los Libros y las Rosas. Una lectora muy cercana, aventurera de la ficción, buscadora incisiva y caprichosa, me entregó una comedia de Shakespeare, la Twelfth Night, atravesada de una rosa; esa misma tarde, otro lector de pura cepa, gozoso y meticuloso, encargó a una pastelera de la calle Anchorena galletas con forma de libros y rosas. “Manger le livre” (comer el libro), clamaba el psicoanalista Gérard Haddad, explorando los ritos culinarios y la creación literaria.
A estos festejos se sumaron las encuestas: qué libro te marcó en la infancia, cómo empezaste a leer, cuáles te llevarías a una isla, la pilita de la mesita de luz, aquellos que te gusta regalar, los que nunca más volverías a leer, la nueva ciencia ficción, el rarísimo relevo de la autoayuda por la “ficción sanadora” (healing fiction, este fenómeno literario iniciado en Japón y Corea, historias reconfortantes y cotidianas diseñadas para calmar la ansiedad), y por otro lado, casi opuesto, el activismo literario, la metáfora al servicio de la denuncia, el agua que clama; el lanzamiento de nuevas novelas, la conmovedora Bali, de Federico Jeanmaire, los homenajes múltiples a Borges por el aniversario cuarenta de su muerte, invitados internacionales, las novedades de los booktubers, los concursos de microrrelatos, la inauguración esperada y tripartita: Leila Guerriero, Gabriela Cabezón Cámara y Selva Almada; en fin, todo pareciera indicar que los libros movilizan, animan al mundo, que lo primero fue el verbo.
Y, sin embargo. “Tenemos un país de muchísimos lectores que cada vez pueden comprar menos libros”, declara una librera en la tele, “antes la lectura era cotidiana, los libros se intercambiaban, te comprabas el último del autor que te gustaba, ahora es un lujo”. “No hay plata”, empezó gobernando este presidente hace dos años, un ejemplar (nada ejemplar) humano que se alimenta de números y apela a la palabra solamente para tuitear 85 veces por día provocadores lemas que lo autoconfirmen, deleznando a los demás. En nombre de la libertad, destrozando lo diverso.
No parece importarle a nuestro presidente el alimento que nos diferencia de los animales. ¿Nos quiere gordos o enflaquecidos? Gordos de corruptela, de mala alimentación, de excesos, de improperios; flacos de flaquezas, de hambre, de nerviosismo, de limitaciones. No parece saber que la literatura es un plus de vida, a ticket to ride, gracias, Beatles.
El libro libera, diferencia. Abiertos, son alas; nuestro propio vuelo. Rebotamos en las páginas hacia espacios remotos, oteamos lo nuevo, renovamos nuestra caja de herramientas: las palabras que tenemos para pronunciarnos, para dar. Sin ellas nos quedamos mudos, tiesos.
Estas mismas páginas, ¿qué título llevan? “Escritores”. No importa quiénes somos, ¿qué función periodística cumplimos? Supongo que la de escribir, ¡pero todos en el diario escriben, cada una de esas hojas está colmada de palabras! ¿Hay alguna diferencia? Quizá la perspectiva, la posibilidad de escribir lo que se nos canta, tratando de escuchar.
Gloso: “lo” que “se” “nos” canta. Aquello que se nos ofrece para nombrar. “Con esta boca, en este mundo”, decía Olga Orozco. El canto es la diferencia. Y también la de la literatura: encantar. El encantamiento del mundo.
El 23 de abril, Día del Libro, se inauguró la Feria del Libro. Fecha simbólica que coincide con el aniversario de tres encantadores: Shakespeare, Cervantes y Garcilaso de la Vega. La frase con la que comienza Cervantes su Don Quijote es una invitación al encanto. Solo dos palabras, tan simples, tan propicias. Un trampolín simbólico, incitante: “Desocupado lector”. Leída hoy, admite nuevas significaciones. Amplifica la apelación. “Desocupado”, desocupar. Una cabeza con espacio para alojar nuevas historias, recibir al desemejante, al semejante; admitir lo terrible, reparar, gozar con lo acertado, imaginado. Pero también hoy, “desocupado” es lo que invalida desocupar, en su acepción de liberar.
Hay que hacer de todo, ingeniárselas para ganar el mango, ingresar en el mundo de las plataformas, someterse al algoritmo, a la injuria de un sistema que no admite la diferencia, pretendiendo expandirse, habilitando todos los accesos, engrosar disminuyéndonos.
“No hay plata”. Esas fueron las palabras de nuestro presidente, con las que empezó y con las que seguramente va a terminar.
Otra vez, Octavio Paz: “La palabra es tiempo: trazo que es lazo”. Tiempo de enlazarnos, de trazar sin que nos tachen.