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lanacion.com.ar · hace 13 horas · Alejandro Frenkel

Malvinas y la apuesta por Donald Trump

LA NACION

La agencia Reuters publicó una noticia sobre un correo electrónico interno filtrado del Pentágono en el que un funcionario estadounidense habría propuesto revisar el respaldo diplomático de Washington a las “posesiones imperiales europeas”, incluyendo las Islas Malvinas. La medida sería parte de las represalias contra los aliados de la OTAN que no apoyaron las operaciones militares de Estados Unidos en Irán. La noticia fue recogida de inmediato por diversos medios y recorrió el mundo.

En el caso del gobierno argentino, es muy probable que esto se celebre como una victoria propia. Es que en el ecosistema de comunicación mileísta -redes sociales, streamings, analistas de internacional y de defensa afines al gobierno- viene circulando desde hace tiempo la hipótesis de que la subordinación incondicional de Argentina a Donald Trump está abriendo una ventana histórica para que Estados Unidos interceda activamente en favor del reclamo argentino. Los escenarios van desde presiones para negociar hasta fórmulas de soberanía compartida o una base militar estadounidense en las Islas.

Esa hipótesis es, a su vez, alimentada por otros factores convergentes. Uno de ellos son las fricciones entre la administración Trump y el Reino Unido. Trump ha cuestionado públicamente el liderazgo del primer ministro Keir Starmer y viene presionando a Londres para que incremente su gasto en defensa. Starmer, por su parte, ha intentado sostener el vínculo transatlántico sin alinearse plenamente con las posiciones estadounidenses en Ucrania, Groenlandia y Medio Oriente. Algunos analistas han interpretado este clima de tensión como una señal de que la “relación especial” tiene los días contados.

A ello se suma un componente ideológico. Figuras prominentes del movimiento MAGA -con el vicepresidente JD Vance como emblema- comparten con sectores del mileísmo la teoría conspirativa del “Gran Reemplazo”, según la cual Europa occidental estaría siendo islamizada por efecto de la inmigración masiva y abandonando los valores de la civilización occidental. Esta mirada encuentra eco en la propia Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que advierte sobre un “riesgo civilizacional”. Desde esta perspectiva, si el Reino Unido forma parte de ese proceso de declive, no habría razones para que Estados Unidos preserve su alianza estratégica.

Ahora bien, cuando se la examina con detenimiento, la hipótesis del gobierno argentino parece pasar por alto una serie de fundamentos tanto históricos como coyunturales.

En primer lugar, la alianza angloestadounidense es el vínculo estratégico más duradero de Washington. Durante más de dos siglos se ha conformado una sólida arquitectura consolidada de cooperación en inteligencia, defensa y tecnología. Incluso en el actual contexto de tensión con Irán, Estados Unidos ha utilizado bases británicas para sus operaciones y ambos países acaban de firmar una alianza histórica en inteligencia artificial y tecnología militar por más de 2000 millones de dólares. A ello se suma la creación en 2021 de AUKUS, la alianza tripartita con Australia para el Indo-Pacífico, que confirma que el eje de la relación se desplaza hacia lo tecnológico-militar. Lejos de debilitarse, este entramado refuerza su solidez y lo vuelve menos dependiente de los ciclos políticos.

En segundo lugar, el Reino Unido tiene el tiempo a su favor. Trump puede ser disruptivo, pero es transitorio. Si Londres opta por resistir cualquier presión, su estrategia más simple es esperar a que llegue el recambio en la Casa Blanca. A ello se suma un dato clave: no existe en el sistema político británico disposición alguna a discutir la soberanía de las islas. Frente a episodios como la filtración del Pentágono, la respuesta del arco político británico ha sido unívoca, señalando que la soberanía no está en discusión. Mientras tanto, el Reino Unido incrementa año a año su presencia militar en el Atlántico Sur. La combinación de firmeza política, horizonte temporal favorable y fortalecimiento militar reduce al mínimo la supuesta “ventana de oportunidad” que imagina el gobierno argentino.

En tercer lugar, Londres tiene una carta para jugar que Buenos Aires no podría igualar. Aun en el escenario más favorable para la Argentina (esto es, que Trump decidiera presionar al Reino Unido) la respuesta británica difícilmente sería ceder, sino contraofertar. Desde una mayor presencia militar estadounidense en las islas hasta fórmulas de cooperación o administración conjunta, Londres está en condiciones de ofrecer a Washington beneficios estratégicos más atractivos. A ello se suma una asimetría estructural: la capacidad naval y de proyección del Reino Unido en el Atlántico Sur es muy superior a la argentina. En ese marco, las Malvinas resultan un activo más valioso para Estados Unidos bajo control británico, lo que vuelve aún menos plausible cualquier transferencia de soberanía.

En cuarto lugar, Trump está generando un reacercamiento entre Europa y el Reino Unido. El Brexit había abierto un margen al romper el respaldo automático de la Unión Europea a Londres, como se evidenció en la cumbre UE-CELAC de 2023 en Bruselas, que utilizó la denominación “Islas Malvinas/Falkland Islands”. Sin embargo, desde el retorno de Trump a la Casa Blanca se acelera un proceso de recomposición entre el Reino Unido y Europa, impulsado en buena medida por la propia incertidumbre transatlántica. A medida que Londres y Bruselas reanudan su cooperación, el apoyo europeo al reclamo argentino tiende a diluirse, cerrando una de las pocas ventanas favorables que se habían abierto en los últimos años.

En quinto lugar, el Reino Unido avanza en el vecindario estratégico de la Argentina. Mientras el gobierno de Milei muestra un marcado desinterés por la integración regional, Londres profundiza silenciosamente sus vínculos militares en el Cono Sur. Brasil y el Reino Unido firmaron una alianza estratégica 2026-2030 que incluye cooperación militar y el respaldo británico a la aspiración brasileña de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. También se viene acrecentando la cooperación en defensa con Uruguay y Chile. Esta falencia no es menor: una Argentina que se desentiende de sus vecinos mientras el Reino Unido debilita su posición en el espacio geopolítico donde más se juega la cuestión Malvinas.

En sexto lugar, el contexto interno en Estados Unidos también complica la apuesta. Incluso si se asumiera que Trump tuviera la voluntad de presionar al Reino Unido en favor de la Argentina, las divergencias al interior de su gobierno lo harían más difícil. La guerra contra Irán ha generado tensiones tanto en las Fuerzas Armadas como dentro del movimiento MAGA, evidenciando un malestar creciente frente a compromisos externos que no se perciben como prioritarios. Este cuadro no implica que Trump abandone su propensión disruptiva, pero sí márgenes más acotados para emprender aventuras geopolíticas de alto costo político y estratégico.

Por último, el Gobierno está deteriorando sus vínculos con los aliados más consistentes del reclamo argentino. China y Rusia se han manifestado históricamente favorables a la posición argentina en foros internacionales. El enfriamiento de esas relaciones, en el marco del alineamiento incondicional con Washington, puede debilitar apoyos que llevó décadas construir, a cambio de la benevolencia de un actor que, como demuestra la historia, ha optado sistemáticamente por el Reino Unido cada vez que debió elegir.

Cuando, en 1982, el general y presidente de facto Leopoldo Galtieri ordenó ocupar las Malvinas, lo hizo convencido de que Washington permanecería neutral o que, en todo caso, propiciaría una negociación con el Reino Unido. El error de cálculo fue monumental. Una década más tarde, Carlos Menem también creyó que las “relaciones carnales” con Washington y una política de seducción hacia los isleños redundarían en un apoyo estadounidense y en una mayor receptividad del Reino Unido. Tampoco ocurrió. Cuatro décadas después del primero y tres después del segundo, el gobierno de Javier Milei parece dispuesto a repetir una versión actualizada de la misma apuesta fallida, basada más en deseos que sobreestiman lo coyuntural y subestiman lo estructural.

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