El poder del Sur Global: cómo América Latina puede liderar el nuevo orden frente al caos de Trump
SANTIAGO— Durante décadas, el poder global emanó de Europa y Estados Unidos. Esa era, ciertamente, mi visión cuando pisé por primera vez el Hemisferio Norte como estudiante de posgrado en la Universidad de Cambridge. Pero gestionar las relaciones económicas internacionales de Chile bajo el mandato del ex presidente Gabriel Boric reveló cuánto poder puede ejercer el Sur Global si decide hacerlo.
Esto es evidente no solo en los datos, sino también en la mesa de negociaciones. En 2025, viajé con Boric, otros miembros del gabinete y líderes empresariales, académicos, figuras culturales y emprendedores chilenos a la India para negociar un Acuerdo de Asociación Económica Integral. Ambas partes seguían las antiguas prescripciones de los economistas del desarrollo: diversificar los socios comerciales, abrir nuevos mercados y profundizar la integración Sur-Sur.
Pero durante el viaje, el presidente de EE. UU., Donald Trump, anunció sus aranceles “recíprocos” contra la mayoría de los socios comerciales de Estados Unidos, rompiendo las reglas del comercio mundial. Para el Sur Global, esto fue una bofetada. Nunca esperamos que el desarrollo estuviera libre de luchas y contradicciones. Pero el rumbo era claro: una mayor integración económica global potenciaría el crecimiento. Y las reglas e instituciones eran compartidas, hasta que el país que las diseñó decidió eximirse de ellas.
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Quizás lo más sorprendente es que el sistema multilateral basado en reglas funcionó para el mundo en desarrollo. En 1952, Estados Unidos, con solo el 6% de la población mundial, producía alrededor del 40% del PIB global. En contraste, Estados Unidos produce ahora el 15% del PIB mundial, mientras que China ha pasado de casi cero al 20%.
La redistribución se extiende más allá del eje EE. UU.-China. En la década de 1970, la economía de Alemania era el doble de la de India; hoy, la de India es casi tres veces mayor que la de Alemania. El economista de la City University de Nueva York, Branko Milanović, ha calificado esto como “la mayor redistribución de ingresos individuales desde la Revolución Industrial”.
Como mostraron Milanović y Christoph Lakner del Banco Mundial en un estudio emblemático, las mayores ganancias relativas de ingresos entre 1988 y 2008 fueron para cientos de millones de personas situadas en la mediana global, principalmente en países asiáticos, elevándolas a la clase media. El mismo proceso condujo al estancamiento de los ingresos de la clase trabajadora y media en los países ricos. El sistema redujo la pobreza global y desplazó el equilibrio del poder internacional.
La integración en la economía global fue una condición necesaria pero insuficiente para el desarrollo. Los países que más ganaron con la globalización tenían un plan. China es el ejemplo más obvio, pero Corea del Sur, Vietnam e Indonesia siguieron un camino similar: diseñaron estrategias de desarrollo a largo plazo e invirtieron en educación, política industrial y tecnología.
Los países que carecieron de un plan, particularmente en el mundo desarrollado, abrieron sus economías sin construir una capacidad interna para redistribuir las ganancias. Ese fracaso en la gestión de los riesgos de la globalización se ha convertido en el problema de todos, porque ha generado el descontento político que ahora envuelve a Occidente y fractura el orden internacional.
Algunos de los mayores desafíos que enfrenta el mundo hoy, como el cambio climático y la gestión de la IA, solo pueden abordarse mediante reglas comunes y colaboración transfronteriza. Sabemos que el cambio tecnológico es uno de los principales impulsores de la creciente desigualdad dentro de los países, y que los más pobres son los que sufren el impacto de la crisis climática. Ambos problemas exigen diálogo, y ninguno puede ser resuelto por el más fuerte actuando solo.
Muchos de los recursos críticos necesarios para combatir el cambio climático y potenciar la transición tecnológica se concentran en América Latina, lo que otorga a la región una nueva influencia. Pero la influencia sin coordinación crea riesgos. Y en este momento, América Latina carece de una estrategia regional.
Diseñar una no es una aspiración utópica. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático se construyó sobre el reconocimiento de que las economías más pequeñas necesitan posiciones colectivas para negociar con las grandes potencias. A medida que las reglas que antes limitaban a estas potencias se debilitan, la solidaridad regional se ha vuelto aún más importante.
Forjar vínculos más estrechos entre los gobiernos latinoamericanos, los sectores privados y las sociedades civiles ya no es una opción; es un imperativo. La última ola de globalización ilustró la importancia de políticas que distribuyan las ganancias de manera equitativa y marcos fiscales que conviertan la renta de los recursos en inversión pública. La planificación es la diferencia entre el desarrollo y la dependencia.
Cuando este periodo de desorden trumpista dé paso a la reconstrucción, el Sur Global debe llegar a la mesa con propuestas, no solo quejas. El orden que ahora se fractura se construyó en gran medida sin nosotros, pero no tiene por qué ocurrir lo mismo con el próximo. Los países que no pueden imponer sus preferencias por la fuerza deben continuar el trabajo de coordinación y colaboración para crear un sistema global donde las reglas se apliquen a todos.
(*) Claudia Sanhueza es ex viceministra de Hacienda y ex subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales de Chile.