En primera persona: qué piensan hacer los productores para sostener el trigo en un contexto desafiante
Con mejores perspectivas de lluvias para los meses clave del ciclo, la campaña de trigo empieza a mostrar condiciones productivas más alentadoras. Sin embargo, el aumento en el costo de los insumos —en especial la urea— y los alquileres elevados reconfiguran el esquema económico y ponen a la fertilización en el centro de las decisiones. Un informe de Aapresid advierte que este cruce entre clima y costos está llevando a los productores a revisar en detalle cómo, cuánto y cuándo invertir en nutrición.
De acuerdo con el trabajo, el análisis de la campaña no parte de una única variable, sino de la combinación entre información climática de largo plazo, condiciones iniciales de los suelos y un contexto económico más exigente. En ese marco, desde la Regional Justiniano Posse, en el sudeste de Córdoba, el foco está puesto en la evolución del fenómeno ENSO y su impacto sobre las lluvias.
“En la Regional Justiniano Posse, al sudeste de Córdoba, el escenario productivo se analiza a partir de las proyecciones del ENSO y su relación con las precipitaciones”, explicó Claudio Rasquin, ATR de la Regional.
El relevamiento agrega que este enfoque se apoya en series históricas extensas que permiten anticipar comportamientos. “Históricamente, estos años se asocian con más lluvias en septiembre y octubre, en etapas clave del cultivo. Bajo esas condiciones, la expectativa de rendimiento es alta”, detalló Rasquin.
En paralelo, en la Cuenca del Salado la definición de la campaña pasa por otra variable crítica: el agua disponible al momento de la siembra. Allí, según describe la entidad, la lectura es más ajustada y depende de las condiciones particulares de cada lote. “El análisis va a ser lote a lote, según la humedad disponible antes de sembrar”, señaló Federico Garello, de INTA Chascomús e integrante de la Regional.
El documento remarca que los cultivos de verano dejaron perfiles de humedad limitados, lo que reduce el margen de error en las decisiones. “Hay que asegurarse un piso de rendimiento, y eso hoy depende directamente del agua acumulada”, resumió Garello.
Aun con mejores perspectivas productivas en algunas zonas, el componente económico introduce restricciones. Según Aapresid, el aumento en el precio de los fertilizantes y los altos costos de arrendamiento generan márgenes muy ajustados, incluso negativos en determinados planteos.
En ese contexto, la fertilización aparece como una de las variables más sensibles. “El contexto introduce incertidumbre”, advirtió Rasquin. Dentro de ese esquema, hay una decisión que pesa más que el resto: el manejo del nitrógeno. “Es el nutriente que más impacta en rendimiento y calidad, y los ensayos de la última campaña volvieron a mostrar respuestas claras”, explicó Rasquin.
El trabajo advirtió que todavía existen desajustes frecuentes. “Muchas veces se subestima la dosis, ya sea por calcular mal el rendimiento esperado o el aporte del suelo”, indicó el técnico. A eso se suman refertilizaciones tardías que reducen la eficiencia del manejo.
Otro punto que mencionó el relevamiento es el impacto del cultivo antecesor. “El trigo sobre maíz puede rendir entre 400 y 1000 kilos menos que sobre soja, y necesita unos 40 kilos extra de nitrógeno”, detalló Rasquin.
En la Cuenca del Salado, el diagnóstico incorpora, además, limitaciones en el uso de herramientas. “El análisis de suelo está presente solo en la mitad de los lotes”, señaló Garello.
La entidad agregó que la adopción de tecnologías de monitoreo es aún menor: apenas un 5% utiliza sensores o índices como NDVI, mientras que la mayoría de las decisiones se basan en la experiencia acumulada.
A partir de esta situación, se está avanzando en la generación de información local para mejorar los modelos de recomendación. “Se vienen usando modelos de fertilización calibrados para otras regiones”, advirtió Garello.
Un caso concreto es el del nitrógeno anaeróbico (Nan). “Con los modelos actuales, parecería que no hay que fertilizar. Pero en el campo la respuesta está”, explicó.
Según indicó, el problema no está en la herramienta sino en su calibración. “Estamos viendo que los niveles de mineralización en la zona son menores. Ajustar eso puede cambiar mucho la toma de decisiones”, concluyó.
Mientras tanto, el fósforo aparece como otra variable relevante, aunque con menor visibilidad. En Justiniano Posse, su rol está vinculado directamente con la productividad. “El fósforo es clave para sostener rendimientos y mejorar la eficiencia del nitrógeno”, señaló Rasquin.
En la Cuenca del Salado, en cambio, el problema es estructural. “Son suelos deficientes. Y con los rindes que estamos teniendo, estamos exportando más de lo que reponemos”, advirtió Garello.
El trabajo explicó que este desbalance se produce porque la fertilización se planifica en función de un rendimiento esperado que luego es superado, lo que deja un saldo negativo de nutrientes en el sistema.
Frente a este escenario, empiezan a definirse nuevas estrategias. En Justiniano Posse se evalúa avanzar hacia esquemas de fertilización fraccionada. “Probablemente se vean esquemas de fertilización dividida: una parte a la siembra y otra en macollaje, esperando mejores condiciones de mercado”, indicó Rasquin.
En la Cuenca del Salado, el enfoque se orienta hacia otra lógica: el manejo por ambientes. “Va a ser clave el manejo por ambientes”, sostuvo Garello.
Según el relevamiento, la disponibilidad de herramientas tecnológicas no es el principal limitante, aunque su adopción es dispar entre regiones. Mientras en algunas zonas el manejo se apoya en análisis de suelo, datos climáticos y mapas de rendimiento, en otras la incorporación es más gradual.
En ese proceso, empieza a crecer el uso de ambientación y dosificación variable, impulsado en parte por una mayor disponibilidad de maquinaria. “La ambientación y la dosificación variable están creciendo”, explicó Garello.
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