La hora de América Latina en la ONU
La Organización de las Naciones Unidas atraviesa uno de los momentos de mayor debilidad y descrédito desde su creación en 1945, cuando nació como un experimento multilateral inédito orientado a dejar atrás definitivamente la guerra y promover el desarrollo.
Si bien las críticas por la lentitud de respuesta y la ineficiencia de sus organismos frente a los grandes problemas globales se venían acumulando desde hace años, las guerras en Ucrania y en Medio Oriente terminaron por poner en entredicho su capacidad y, en particular, la del Consejo de Seguridad, para cumplir su función primordial de garantizar la paz y la seguridad internacionales.
La llamada “crisis del multilateralismo” no es un fenómeno aislado: se corresponde y, a la vez, retroalimenta el agotamiento del orden geopolítico que dio origen a la ONU hace ocho décadas. Estamos atravesando una transición incierta hacia una nueva configuración del sistema internacional, aún indefinida, pero en la que el desenlace de la disputa estratégica entre Estados Unidos y China tendrá un peso determinante.
En ese contexto, y conforme a una regla no escrita de equilibrio regional, América Latina aparece en condiciones de asumir la Secretaría General de la ONU, cargo que dejará el portugués António Guterres tras una década. Entre los candidatos de la región se destacan el argentino Rafael Grossi, la ex presidenta chilena Michelle Bachelet y la costarricense Rebeca Grynspan; fuera de América Latina, también suena el ex presidente senegalés Macky Sall.
El proceso de selección está fuertemente condicionado por el poder de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido), cuya influencia suele pesar más que los respaldos formales. En ese marco, Grossi ha logrado consolidar un perfil técnico-diplomático de alto nivel, especialmente valorado por su rol en escenarios críticos como Ucrania e Irán desde el Organismo Internacional de Energía Atómica, lo que lo posiciona como una figura de creciente consideración en el actual contexto internacional.
Más allá de los nombres propios, América Latina enfrenta una oportunidad singular para salir de un prolongado cono de sombras y recuperar una gravitación diplomática y multilateral que supo tener en otros momentos. Esta vez, no ya como espectadora, sino como protagonista en la reconstrucción de un sistema internacional deteriorado que, pese a sus limitaciones, ha sido capaz de producir avances significativos para la humanidad: desde la codificación del derecho internacional hasta la implementación de políticas concretas en múltiples ámbitos y países.
Aprovechar esa oportunidad dependerá, en buena medida, de la capacidad de la región para actuar con sentido estratégico y vocación de unidad. Más que la dispersión de candidaturas, lo que el contexto exige es la convergencia en torno a una figura que exprese con claridad los intereses y la proyección internacional de América Latina.
No se trata solo de una aspiración regional, sino de una necesidad del propio sistema multilateral: en un momento de fragmentación global, la elección de un liderazgo latinoamericano puede contribuir a recomponer equilibrios, recuperar legitimidad y aportar una mirada indispensable desde el Sur Global. La experiencia histórica así lo demuestra: el peruano Javier Pérez de Cuéllar fue, hasta ahora, el único latinoamericano en ocupar la Secretaría General (1982-1991), en un contexto también desafiante para el sistema internacional.
Un secretario general, por sí solo, no revertirá la profunda crisis que atraviesa la ONU y su sistema. Pero una conducción surgida de América Latina -la región más desigual del planeta y, al mismo tiempo, un espejo de los desafíos del desarrollo en el Sur Global- puede aportar una perspectiva renovadora y orientada al futuro.
En un escenario atravesado por divisiones crecientes y por la proliferación de esquemas de gobernanza paralelos, recuperar una visión universal, representativa y eficaz no es solo deseable: es indispensable.