El fin del “Fin de la Historia"
Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, el sistema internacional se basó en la premisa de que la democracia liberal y el libre mercado eran un destino inevitable. Esta unipolaridad de valores hizo que la geopolítica clásica pareciera obsoleta.
El orden internacional que emergió se construyó sobre la premisa de que el sistema liberal, basado en reglas universales y la expansión de la democracia de mercado, marcaría el fin de las disputas territoriales clásicas. Durante décadas, la unipolaridad permitió que las instituciones internacionales actuaran como los principales árbitros de la política global, bajo la creencia de que la interdependencia económica funcionaría como un antídoto infalible contra el conflicto.
Sin embargo, lo que hoy presenciamos no es un fenómeno aislado, sino la conclusión de una crisis profunda de ese sistema liberal que, al priorizar la eficiencia técnica y la globalización financiera, descuidó la resiliencia de sus propios valores institucionales y la persistencia de las ambiciones soberanistas.
El sistema internacional en transición o multilateral abrió la puerta al cambio de época: el regreso de la geopolítica. En la actualidad, la seguridad nacional y la competencia estratégica han desplazado a la ventaja comparativa como motor de las relaciones exteriores.
Las grandes potencias ya no ven en los organismos internacionales una instancia de resolución, sino obstáculos a sortear o herramientas para ejercer influencia. Esta erosión de la arquitectura liberal ha dejado un vacío que los modelos autocráticos están llenando con un pragmatismo agresivo, donde el control de los recursos estratégicos —desde minerales críticos hasta infraestructura tecnológica— se convierte en la nueva moneda de poder.
Este vaciamiento de sentido alcanza niveles de absurdo, como por ejemplo, en la reciente designación de Irán para liderar el Comité de Organizaciones No Gubernamentales de la ONU. En un giro que confirma el predominio del realismo político sobre la coherencia ética, el régimen iraní —reconocido por su sistemática represión de la sociedad civil— obtuvo el respaldo de potencias occidentales como Francia, el Reino Unido y España.
Este hecho no es solo una contradicción diplomática; es la evidencia de que los organismos multilaterales se han convertido en espacios donde los acuerdos de pasillo han desplazado la defensa de los valores fundamentales. Que una autocracia supervise el acceso de las ONGs al sistema internacional simboliza el triunfo definitivo de la burocracia sobre la libertad, permitiendo que quienes vulneran las reglas en casa terminen dictándolas.
Para América Latina, este cambio de paradigma no es una abstracción teórica, sino un desafío existencial para su estabilidad institucional. En una región con necesidades urgentes de inversión, la competencia entre grandes bloques pone a prueba la solidez de nuestras repúblicas.
El riesgo radica en que la llegada de capitales y la captura de infraestructura crítica en sectores como la energía o las telecomunicaciones puedan profundizar la dependencia externa y debilitar los controles democráticos internos.
La crisis del sistema internacional liberal nos sitúa en una encrucijada: la región puede verse reducida a un mero tablero de disputa ajena o, por el contrario, puede entender que su mejor defensa geopolítica reside precisamente en el fortalecimiento de su calidad institucional y la vigencia de sus principios liberales frente a las presiones de modelos que desprecian la limitación del poder.
En última instancia, el retorno de la geopolítica nos recuerda que las instituciones no se mantienen por inercia. La reaparición del realismo político es el síntoma de un sistema que dejó de defender sus fundamentos (libertad, derechos humanos), permitiendo que la geografía y el poder duro vuelvan a reclamar su lugar.
Para navegar este nuevo escenario, será indispensable reconstruir un marco donde la libertad económica no esté disociada de la seguridad institucional, reconociendo que, en el escenario internacional contemporáneo, la debilidad de las reglas es siempre la oportunidad de la fuerza.
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